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—Es aquí.
—¿Aquí? —pregunta Helas analizando la pared de la antigua bodega.
—Sí, observa —dice Anere girando un casi inconfundible tirador de cobre.
La pared tiembla y un segundo después se abre mostrando un corredor oculto.
—Puedes ir a cualquier lugar del palacio sin que te vean por este pasadizo secreto —explica—. Incluso a la parte trasera para ir a la aldea sin que nadie te vea.
—Mmm... —murmura el chico aguantándose la risa—. Pero sabes que no debes ir a la aldea tú sola, ¿verdad?
La niña asiente firmemente con las manos ocultas en la espalda.
—¡Claro que no!
Ocultando su sonrisa, Helas se agacha para entrar en el pasadizo y, después de que la niña entre, mueve un barril vacío para ocultar el hueco de la pared.
—Guíame, Ani —pide a su media hermana ofreciéndole la lucerna de aceite.
Feliz, Anere lo lleva por un largo túnel lleno de polvo y telarañas. Tras subir algunos tramos de escaleras, finalmente la niña se detiene.
Presionando otro tirador de cobre, la puerta se abre para dejar ver un grueso tapiz borgoña. Apartándolo, Helas deja entrar al desván primero a la niña y luego entra él.
—Está muy oscuro —susurra Anere asustándose al entrar en la estancia en tinieblas—. Y hace mucho frío —arruga la nariz—. Y huele raro.
Él suspira con pesar.
—Ella no debería quedarse aquí.
Anere lo mira confundida.
—¿Pero... dónde está?
Tomando la lucerna de manos de la niña, Helas alumbra cada esquina de la habitación sin verla.
—¿Se escapó? —murmura para sí mismo.
De pronto, la niña suelta un grito ahogado y lo abraza.
—¿Qué pasa, Anere?
Ella lo mira con miedo sin soltarlo.
—Pisé algo raro.
Helas mueve la luz de la lucerna al suelo de madera y descubre una extraña mancha negra que parece filtrarse entre las tablas.
Un extraño olor metálico lo envuelve.
—¿Qué demonios...
Su frase se ve interrumpida por unos fuertes tirones en su túnica. Frustrado, se gira hacia su media hermana para reprenderla, pero ella, con los ojos muy abiertos, señala algo.
Boca abajo en el suelo hay un cuerpo inmóvil.
Tragando saliva, Helas se inclina y lo voltea lentamente.
—¿Qué le pasa? —pregunta Anere con los ojos llenos de lágrimas.
—No lo sé —responde Helas, un segundo después zarandeando el cuerpo—. ¿Czarina? ¿Me oyes?
Minutos pasan sin que Czarina reaccione o se mueva.
Anere llora hasta hipar.
—¿Qué hacemos?
—Tendremos que llamar a alguien —contesta el chico sintiendo deseos de echarse a llorar también.
Enderezándose, se gira para dirigirse a la puerta, pero un brusco agarre en su pie lo detiene.
Su corazón golpea con fuerza en su pecho cuando ve a la chica tirada en el suelo parpadeando con los ojos finalmente abiertos.
—Estoy bien. No llames a nadie.
—¡Czarina! —gritan ambos hermanos con alivio.
Como si no hubiera pasado nada, Czarina se incorpora con un movimiento firme.
—Necesito pintura y un lienzo.
✦
La luz de la solitaria vela tiembla formando sombras en las paredes.
Czarina permanece inmóvil ante el lienzo en blanco.
Cerrando los ojos, busca en su mente.
El mundo se abrió como una herida luminosa. Colinas ennegrecidas por el fuego fatuo, un cielo atravesado por presagios cromáticos y, en el centro, una figura cuya silueta se desdibujaba entre niebla y ceniza. La imagen latía, viva, exigiendo ser liberada antes de difuminarse.
Al abrir los ojos, su mano ya está en movimiento.
El pincel danzando sobre el lienzo con una urgencia casi dolorosa. El olor de los aceites y el óleo cubre momentáneamente el hedor a polvo y madera húmeda del desván.
Sumida en una obsesiva compulsión, ni siquiera pestañea al plasmar su obra.
Cada pincelada extrae un fragmento de la visión en su mente y lo fija allí.
Cuando las siete campanadas anuncian un nuevo día, el pincel por fin se detiene.
Sus dedos manchados tiemblan, pero no de cansancio.
Czarina observa la pintura en silencio. No es solo una imagen: es una advertencia. Una promesa. Un camino del que ya no puede apartarse. Un escalofrío le recorre la espalda al reconocer en los colores y las formas algo que aún no ha sucedido... pero es inevitable.
Usando la sábana que cubre un mueble viejo, tapa el lienzo y lo oculta detrás del tapiz borgoña.
Después se dirige a la puerta y empieza a golpearla con el puño.
Unos minutos transcurren antes de que escuche pasos corriendo hacia la puerta.
—Czarina —dice Madele con su voz agitada, audible a través de la puerta—. ¿Qué ocurre?
—Abre la puerta.
Un instante pasa, antes de la temblorosa respuesta:
—Sabes que no puedo.
—Abre —repite, esta vez con más inflexión.
El sonido del cerrojo retumba en el silencio, esta vez liberador.
La puerta se abre. Madele la observa con una profunda preocupación grabada en su rostro.
—Czarina, ¿qué vas a hacer?
Pasando a su vieja niñera, se dirige a la escalera de espiral.
—Voy a buscar comida.
✦
Las lucernas del palacio apenas están siendo encendidas, pero Rogan ya lleva un par de horas quitando la nieve del camino con una pala.
—¡Rogi! —grita la niña que sale corriendo del castillo—. ¿Por qué estás aquí afuera en lugar de en el comedor?
—Ya sabes que a lady Delia no le gusta que desayune allí —contesta el chico deteniéndose para mirarla.
—Hace frío —se queja Anere frotando sus manos cubiertas de guantes granate.
—Entonces no vengas, Ani. Entra y desayuna, sé que te encanta esta época del año.
La niña se sienta en una gran piedra cerca de él.
—Pero no me gusta que estés aquí solo.
Rogan suspira soltando vaho y se inclina para seguir quitando la nieve.
—Eres muy pequeña para preocuparte tanto.
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Editado: 10.01.2026