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—Entra.
Czarina observa desde el rellano la lujosa habitación de Lord Knox, que espera con las cejas alzadas.
—¿O prefieres que hablemos en otro sitio?
Czarina entra y se detiene en medio de la estancia. Vhagar la sigue y se coloca delante de ella, protegiéndola con su poderoso cuerpo.
Knox sonríe y se dirige a la mesa donde sirve agua en una copa.
—No tienes que tener miedo, no voy a hacerte nada.
—No tengo miedo.
Al oír las palabras de la chica, Knox siente algo extraño.
No exactamente en sus palabras, sino en su timbre. Su voz parece estar recubierta de una capa de honestidad, como si no pudiera pronunciar mentiras.
Volviéndose con una especulativa mirada, le pasa el vaso de agua.
—Supongo que tampoco te han dado nada de beber.
Arrebatándole la copa de la mano, la bebe de un trago. La vista de eso remueve algo incómodo en el interior de Knox.
Compasión. Un sentimiento que mata.
Un golpe suena en la puerta.
—Pasa.
Ante la orden de Knox, la puerta se abre y una sirvienta cabizbaja entra llevando dos bandejas que deja sobre la mesa antes de retirarse.
—Puedes comer, yo no tengo hambre.
Sin dudar, Czarina va hasta la mesa y comienza a tomar puñados de comida, llevándoselos a la boca y tragándolos sin molestarse en masticar demasiado.
Knox aparta la mirada, no asqueado, sino incómodo por los recuerdos que pasan por su mente.
Tras un corto suspiro, se dirige a la mesa y, tras sentarse, rellena otra copa de agua que deja frente a la chica de pie. Apenas deteniéndose, ella la bebe de un trago para bajar la comida y después continúa.
Cuando las bandejas están totalmente vacías, bebe una tercera copa de agua y se limpia la boca con la manga de su túnica.
—¿Cuántos días llevabas sin comer?
Czarina lo piensa, haciendo un recuento mental.
—No comí nada durante el viaje. Tampoco el día anterior, así que... es el quinto día.
Knox frunce ligeramente el ceño.
—¿Eso es normal o es un castigo?
Czarina se encoge de hombros.
—Como cuando Madele se acuerda de llevarme comida. A veces pasan días porque está ocupada en el castillo.
—Ya veo —responde mirando su túnica desgastada y la trenza sucia que cae por el frente de su pecho—. ¿Y los baños también son tan infrecuentes?
—A veces Madele trae un cubo de agua para que me limpie.
—Mmm —murmura, pensativo—. ¿Qué hay de la ropa? ¿Sueles usar túnicas como estas?
—Esta es la única túnica que tengo. Tenía una de niña y, cuando crecí y ya no me servía, me dieron otra.
—Y nunca te dieron zapatos —afirma más que pregunta.
—No.
Knox observa a la chica inusualmente serena. No puede ver su rostro y su tono de voz no revela nada de sus emociones. Solo una total franqueza.
—¿No estás enfadada por todo eso?
Un segundo de silencio.
—Por supuesto que lo estoy.
Y por primera vez Knox percibe un pequeño quiebre en la impenetrable coraza que Czarina ha sido forzada a construir a su alrededor.
—Bueno... entonces pongámosle solución a algunas de esas cosas.
Czarina lo mira confusa, pero el hermoso Lord se limita a sonreír sin aclararle nada.
—¿Dónde está tu alcoba?
—En el ala oeste.
Knox levanta una ceja.
—¿En esa ala hay dormitorios?
—Es un desván.
Su sonrisa disminuye un poco.
—¿Tienes algo que recoger de ella?
Czarina niega con la cabeza.
—Bien, quédate aquí. Volveré en un rato y podemos buscarte una ubicación más adecuada.
Sin decir nada más, el Lord se retira dejando a la chica y el animal solos.
—¿Aliado o enemigo? —susurra Czarina, su mirada encontrándose con los ojos rojos.
Vhagar enseña sus colmillos en una mueca muda.
—Sí, ya veremos.
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—Con todo respeto, majestad —dice Lady Delia—. Creo que deberíamos sacrificarla.
—¡Madre! —protesta Helas.
—Me refiero a la bestia, obviamente —aclara elevando la barbilla—. Será una buena lección para ella.
—No creo que sea necesario llegar a tanto —contradice él observándola con el ceño fruncido—. Es un animal que estaba hambriento y no se le puede culpar por seguir su instinto.
—Hermano —reclama Dianthe sollozando—. ¿Cómo puedes defenderla después de que matara a Sparkly?
—No vamos a sacrificar a un animal por comerse a otro —declara Lord Ransom con voz cansada.
Su esposa suelta un bufido indignada.
—Claro —ironiza—. Mejor esperemos a que se coma a una persona.
—Con todo respeto, milady, no creo que ninguna bestia piense en comérsela —interviene Knox apareciendo en la puerta del salón—. Se quedaría con hambre.
La reina se tapa la boca con la mano para sofocar su risa mientras Delia lo mira indignada.
—Necesito que mandéis a preparar una alcoba —pide antes de que ella pueda responderle—. ¿Os queda alguna libre que no sea otro desván?
Lady Delia abre la boca, pero su esposo se adelanta:
—¿Es para la chica?
Knox da un corto asentimiento.
Ransom comparte con el rey una sutil mirada antes de contestar:
—Todas las alcobas ya han sido asignadas, pero mi esposa se encargará de que el desván se convierta en una perfecta, ¿verdad?
Lady Delia asiente a regañadientes y sale del salón con la espalda rígida.
—Tengo cosas que preparar, no os interrumpo más —se despide Knox con una reverencia.
Y la estancia vuelve a quedarse en silencio.
El rey continúa bebiendo de su jarra de cerveza, sumido en sus pensamientos. Ransom suspira pesadamente y pasa su mano por su pelo, despeinándolo.
Helas se levanta para dejar el salón. Dianthe, al verlo, va tras él.
—¿Cómo puedes ser su amigo? —pregunta agarrando su brazo para detenerlo.
Helas observa los ojos grises arrasados de lágrimas de su melliza y suspira.
—Tú no la conoces, Di.
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Editado: 10.01.2026