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El salón de baile se extiende como un río de piedra y madera pulida. Sus muros altos de cobre, rematados por ventanales, dejan entrar la luz de la luna, proyectando franjas rojas sobre las losas brillantes. Grandes candelabros de hierro forjado cuelgan del techo, cada uno repleto de velas que parpadean como diminutas estrellas.
A lo largo de las paredes, tapices bordados con escenas de victorias y leyendas del reino añaden color y solemnidad, mientras pequeñas columnas de mármol sostienen jarrones con flores frescas, cuyo aroma se mezcla con la fragancia de los platillos recién preparados.
A cada lado de la estancia, mesas largas cubiertas con manteles bordados en hilo rojo están cargadas de copas de cristal, candelabros y fuentes rebosantes de manjares: frutas brillantes, carnes glaseadas y pasteles que desprenden un aroma dulce. En el centro, un piso de madera pulida refleja tenuemente la luz de las velas, invitando a bailar la música que fluye por el salón.
Y al fondo, sobre un pequeño estrado, está situada la mesa principal, con trece sillas ribeteadas de terciopelo rojo. El emblema de la Corte Dione cuelga de la pared trasera.
Czarina avanza por el silencioso y amplio salón bajo la atenta y desconcertada mirada de los nobles invitados, que la señalan en medio de cuchicheos.
—¡Mira sus orejas!
—¿Has visto el brillo de su piel?
—¿Son esas hebras doradas en su cabello negro o es un adorno?
Deteniéndose frente a la tarima en la que están sentados el rey y la reina junto a siete de los ocho Lores, Czarina hace una reverencia como le enseñaron las lingéries.
—Espera —la detiene Lady Veritia cuando se gira—. Estás aquí porque deseamos verte.
Czarina vuelve la mirada hacia los siete Lores. Excepto Lord Dragos, cuya expresión está oculta por su capucha, los demás la observan con el mismo desconcierto que los nobles, pero con un brillo calculador.
En la cara del rey hay un desprecio mayor del que ha sido testigo nunca.
Czarina va vestida con unos colores y estilo que evocan al Dominio de las luciérnagas y eso es algo que el rey tolera incluso menos que sus rasgos de aeterno.
—¿Y no podéis analizarme mientras voy a la mesa a disfrutar de la cena? —pregunta Czarina.
Kailani y Elirain se tensan visiblemente a su espalda.
Lord Knox ríe en voz alta, sus ojos llenándose de aprobación.
Lord Temple, sin embargo, suelta un sonido de censura.
—Me sorprende que poseas semejante insolencia habiendo crecido en esa sucia Torre.
—Una princesa es una princesa sin importar dónde crezca —interviene Lord Knox guiñándole un ojo a Czarina.
—Y una ramera es una ramera sin importar que viva en un palacio —responde Lord Temple, su postura cuidadosamente garbosa y elegante.
Risitas poco disimuladas estallan entre los nobles que le dirigen a Lord Knox miradas cargadas de malicioso regocijo.
—Por favor, no habléis de vuestra mujer así, querido Temple —recrimina Lord Knox, sonriéndole a la bella mujer sentada junto a Temple—. Ya sabéis que Zenis fue una de mis favoritas. Tratadla bien por mí.
La cara de Lord Temple enrojece mientras las risas se vuelven en su contra, esta vez camufladas con toses.
—¡Bastardo! —exclama poniéndose de pie—. ¡Cómo te atreves!
—¡Calmaos! —exclama el rey dando un puñetazo en la mesa y haciendo que en la estancia reine de nuevo el silencio.
Mirando con reproche a Czarina como si la culpara de la animosidad entre los Lores, ordena:
—Si los Lores desean contemplar tu inmundicia, te quedarás ahí de pie sin decir ni una palabra toda la noche hasta que queden satisfechos.
—Si no jugaseis a matarla de hambre, majestad, tal vez estaría más interesada en nosotros que en la comida —dice Lady Veritia, observándola atentamente con sus pálidos ojos—. Ve a comer, Czarina. Tenemos mucho tiempo para verte durante el Feridae.
Sin perder tiempo, Czarina hace otra reverencia y se dirige a la mesa. Kailani y Elirain la siguen cabizbajas.
Indiferente a la curiosidad y renuente fascinación que causa en la multitud, recoge un plato de carne y lo coloca en el suelo.
—¡Oh, Dios mío! ¿Creéis que va a comer en el suelo?—susurra alguien.
—Debe de estar acostumbrada a eso —otra voz responde entre risas.
—¡Qué lamentable!
Un suave rugido parece cortar el aire.
Vhagar desfila por el salón, el collar de oro en su cuello capturando la luz de las velas.
Un grito estalla, seguido de exclamaciones de terror. Algunos nobles retroceden; otros se cubren la boca, incapaces de apartar la mirada.
Ignorándolos, Vhagar se detiene frente al plato y empieza a devorar la condimentada carne.
—¡¿Qué es esa bestia?! —pregunta alguien a gritos mientras el salón enloquece.
—¡SILENCIO! —brama el rey.
—Tranquilos —dice Lord Knox elevando la voz—. Es solo una pequeña mascota. Véanlo como un perro grande o un lobo.
Los nobles le lanzan miradas incrédulas al sonriente Lord, pero algo aún más inquietante que el negro animal aparece, causando que su miedo cambie de foco.
Czarina recoge un fruto rojo de una de las fuentes y le da un mordisco inclinando la cabeza hacia la puerta, curiosa por lo que causa tal efecto en los nobles, incluso superando a su fiel compañero.
El suspiro de Kailani es casi una premonición. Como la súbita frialdad que recorre el salón.
La gran estancia parece empequeñecerse por su aparición.
En lugar de estar engalanado con sus mejores y más lujosas prendas como el resto, lleva una armadura negra con detalles de remaches y guantes de malla que dejan ver sus dedos.
Sigue siendo tan imponente como en su primer encuentro. La diferencia es que esta vez no lleva el yelmo.
Su largo cabello de base oscura posee mechones color gris ceniza. Sus patillas y un trazo del lateral de su cabeza están afeitados. Desde la raíz hasta caer por su espalda, lleva rastras y trenzas intrincadas y adornadas con pequeños accesorios metálicos. La mitad recogidas en un nudo bajo en la parte superior de su cabeza, dejando varios mechones ondulados, oscuros y grises, cayendo por su rostro.
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Editado: 10.01.2026