Eklipso: La maldición de las Siete Lunas

Luna del Desafío

🌑

Se extendió como la pólvora.

El rumor de lo que ocurrió esa noche se convirtió en leyenda.

La noche que la maldición tomó nombre y forma.

Un eklipso ocurrió en los ojos de la última descendiente de los Fae.

El oráculo pintó la destrucción de Asivva.

Salvación o ruina, nadie lo sabía todavía.

Una vez más, sus destinos le pertenecían a un aeterno.

—¡NO LO PERMITIRÉ!

El rey tuvo que ser arrastrado fuera del salón por sus guardias tras uno de sus peores ataques.

Czarina fue trasladada a su alcoba, cuya puerta permanece bajo la vigilia de los Aren.

—Esta reunión es para decidir qué vamos a hacer a partir de ahora con Czarina —dice Lady Veritia presidiendo la larga mesa de roble—. Para que nos pongamos de acuerdo sobre la mejor manera de actuar después de lo que ocurrió anoche.

—¿Qué hay que decidir? —pregunta la reina Rasha, arrogante—. El cuadro que pintó ese engendro habla por sí solo. Mi esposo, el rey, tenía razón sobre ella todo este tiempo. La dejaremos encerrada en la Torre para siempre y se acabó el problema.

—Dudo que sea tan fácil —responde Lord Knox con una sonrisa burlona—. Ella no fue quien lanzó la maldición, así que dudo que encerrarla la neutralice. Cuando la brecha ocurrió, ella estaba en esa Torre ¿no?

Las miradas vuelan hasta el Basilisko, el único que permanece de pie junto a la ventana.

—La causa de la brecha es la debilitación del Velo de Lúmina por falta de magia de la que nutrirse. Esa maldición sí que es real y se la podemos agradecer al rey.

El rey aprieta los puños sobre la mesa, todavía consumido por la rabia a pesar del paso de la noche.

—¿Qué queréis decir? ¿Me estáis recriminando haber eliminado a esos malditos traidores?

—¿Os sorprende que esté en contra de eliminar a toda una raza por las acciones de unos pocos? —Una sonrisa helada eleva las comisuras de la boca del Basilisko—. Si pensase de esa forma, ya estaría planeando la extinción de los mortales.

La cara del rey enrojece visiblemente, una vena latiendo en su frente.

—De cualquier manera, la maldición no es algo que desconociésemos —interviene Lord Lykaios, rompiendo el tenso duelo—. No sabemos qué o si pasará. Nuestra primera prioridad debería ser lo que sí sabemos. El Velo se debilita cada día que pasa; debemos encontrar una solución a ese problema.

Lord Temple echa las mangas de su túnica hacia atrás y se endereza para hablar con majestuosidad:

—Ella puede ser nuestra salvación.

—¡¿Qué demonios estáis diciendo?! —exclama el rey clavándole la mirada iracundo.

—Cuando extinguisteis a la raza Fae, también destruisteis la única magia que quedaba en Asivva —expone serenamente Lady Veritia—. Y la magia es lo único que puede salvarnos.

—¿Existe posibilidad real de que posea magia? —pregunta Lord Lykaios—. ¿Había dado muestras antes de anoche de ello?

Fenion y Rasha intercambian una mirada antes de que él conteste:

—No, nunca.

Lord Ransom fija la mirada en sus manos cruzadas.

—Quizás está deprimida —conjetura Knox—. Viviendo en esa Torre y recibiendo desprecios e insultos todos los días, ¿quién creería en la magia?

—¿Tendría que haberla tratado entre seda y algodones? —ironiza el rey.

Knox ríe.

—Eso podría haber ayudado.

—No estás tan desencaminado —dice Lord Lykaios—. Tal vez nunca ha usado magia porque nunca ha creído que fuera posible.

—O porque nadie le ha enseñado —añade Lord Temple.

El rey golpea la mesa con el puño.

—¡No hay que darle poder a un aeterno! ¿No hemos aprendido nada de nuestra historia?

Lord Winslow suspira.

—No es la misma situación. Ahora solo queda un aeterno, no razas enteras como antes.

—¡Uno solo es suficiente! —insiste el rey—. ¡No podemos dejarla libre! Si descubre nuestras debilidades, las usará para destruirnos.

—Yo tampoco confío en ella —admite Lord Lykaios—. Pero es nuestra única opción; ya hemos agotado todas las demás.

Un silencio reflexivo sigue a sus palabras.

—¿Soy el único que va a comentar acerca de su voz? —pregunta Knox—. Es obvio que es un oráculo. Nunca escuché hablar a uno, pero sé lo que se decía de ellos. Si la chica lo es, eso significa que no puede decir mentiras.

—Sus ojos y su collar se volvieron dorados repentinamente —comenta Temple—. Algo típico de los Fae.

Knox aparta su velo de seda de un golpe delicado.

—¿Entonces es ambos? ¿Un oráculo y un Fae? Pensé que los aeternos solo pertenecían a una facción.

—Teniendo en cuenta su nacimiento, no es extraño que sea una excepción a la regla —responde Lykaios—. Es una realidad que ella podría ser nuestra mejor opción.

—¿Y cómo lo haríamos? —pregunta Lord Winslow—. ¿Sin confiar en ella, pero dándole los medios para volverse poderosa? ¿Y esperando que nos salve al hacerlo? ¿Qué pasa si no quiere? ¿O si no puede?

—Interesantes preguntas —dice Knox—. Seguro que las respuestas también lo son.

—La controlaremos —responde Lady Veritia—. Si posee algún poder o magia que ayude con el Velo, dejaremos que aprenda a usarlo. Si colabora, le ofreceremos integrarse en el reino. Con libertad vigilada, pero con condiciones mucho mejores de las que tenía. Tal vez termine siendo mucho más útil para nosotros de lo que creemos.

—¿Y cómo la controlaremos? —pregunta Lord Fenion, hablando por primera vez.

—Mediante un guardián. Alguien que pueda embaucarla sin ser conmovido y con poder suficiente para neutralizarla si es necesario.

Lord Knox suelta un fingido grito de sorpresa.

—¿Y quién es esa misteriosa e increíble persona? —pregunta con tono dramático.

—Yo.

El rey lo mira con sospecha. Incluso el silencioso Lord Dragos parece sorprendido.

—¿Por qué tú?

El Basilisko ni se molesta en mirarlo cuando responde:




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