Eklipso: La maldición de las Siete Lunas

Luna del Vínculo

🌓

La alegre música y la algarabía en las calles parecen fuera de lugar.

Su mundo se está saliendo cada vez más rápido de control.

Hace una semana estaba encerrada en la Torre bajo el amparo de su vieja túnica.

Ahora camina ante los ojos de toda una villa con el rostro descubierto.

De la mano del guerrero más temido del reino.

Czarina mira su ancha espalda cubierta por una capa gris oscuro y luego baja la mirada a su mano todavía sujeta por la suya.

—¿Has comido algo? —pregunta el Basilisko girando ligeramente la cabeza hacia ella.

Cuando ella niega con la cabeza, la conduce a uno de los puestos del que los mortales salen huyendo.

Czarina observa la comida arrugando levemente el entrecejo.

—¿No te gusta? —pregunta él.

—No lo sé —responde Czarina—. No suelo comer nada de esto.

El Basilisko observa las tartaletas de hojaldre, los crepes de crema batida y los pudines de chocolate.

—¿Nunca has probado nada de esto?

Czarina puede ver por el rabillo del ojo al comerciante del puesto tragando saliva, incómodo.

—¿Qué menú pensáis que me dan en la Torre?

Sin responder, el Basilisko recoge una cesta y la llena de postres. Tras darle un par de monedas de plata al comerciante, siguen andando hasta llegar al final de la calle y giran por varios callejones.

—¿Dónde vamos? —pregunta Czarina rompiendo el silencio.

—¿Tienes miedo?

Czarina echa un vistazo a Vhagar, que los ha seguido por todo el camino.

—No.

Sin aclarar nada, el Basilisko la lleva por un sendero que sale de la villa y da a un puente entre sauces cuyas ramas de flores rojas cuelgan formando una cortina sobre el estanque de nenúfares bajo el reflejo de la aurora roja.

Un paisaje que podría ser romántico si no tuviera un matiz inquietante.

Deteniéndose en mitad del puente, el Basilisko finalmente libera su mano y Czarina se apoya en la barandilla. En el agua cubierta de nenúfares, los peces de colores nadan entre ellos. Vhagar se distrae por el vuelo de las mariposas.

El Basilisko le pasa la cesta en silencio y ella la recibe de la misma forma. Elige una tartaleta y se la come bajo su atenta mirada, que parece no perderse ni uno solo de sus movimientos.

—¿Me diréis por qué me disteis ese brazalete? —pregunta Czarina rompiendo el intenso silencio.

—¿Por qué crees que te lo di?

Czarina suspira irritada porque su respuesta sea una pregunta.

—Por lo que he oído, parece ser un símbolo de protección... o un reclamo.

Su verde mirada se pasea por sus rasgos.

—No te gusta esa idea —adivina.

—Deseo ser libre, Lord Velkan —declara Czarina sin rehuir su mirada—. No otro candidato a ser mi dueño.

—En este mundo no hay nadie que sea libre, selah —hay una ligera insinuación en su voz—. Todos tienen cadenas.

—¿Eso os incluye?

—Sí —responde el Basilisko sin dudar.

—Entonces quiero toda la libertad que pueda conseguir.

—¿Y no crees que yo pueda dártela?

Una pequeña sonrisa curva la boca de Czarina.

—Lo que no creo es que vayáis a ofrecérmela por la pura bondad de vuestro corazón —declara sin rodeos—. Si es que poseéis uno.

—¿Y qué posees tú? —pregunta el Basilisko, apoyándose en la barandilla para quedar de frente a ella—. Para estar tan segura de que quiero algo de ti.

—Lo que sea que el Consejo de Lores os haya ordenado conseguir.

Un atisbo de sorpresa cruza por sus singulares ojos; la ceja en la que lleva un aro se enarca.

—¿Crees que me he acercado a ti porque me lo han ordenado?

Czarina aspira el aire de la noche, el floral olor de los nenúfares haciéndole cosquillas.

—Como dijisteis, nadie en este reino es libre —su sonrisa se amplía con ironía—. También tenéis una correa atada en el cuello. Incluso si la vuestra es de un bonito metal pulido.

Algo más oscuro cruza ahora por los ojos del Basilisko.

Czarina deja escapar una risa, aunque no alegre.

—No soy la tonta que esperáis. Tanto empeño en recordar lo que soy y tan fácil olvidan que los aeternos son seres superiores. Lamento decepcionar vuestras expectativas, Lord Velkan, pero esta no va a ser la historia de una chica frágil y necesitada de afecto a la que manipuláis y dejáis con el corazón roto.

El Basilisko se inclina hacia ella; su cabeza roza las ramas de flores rojas.

—Me parece que estás un poco paranoica o tal vez eres tú la que se ha hecho demasiadas expectativas.

Czarina cierra su mano sobre la barandilla, molesta de que el Basilisko sea una de las pocas personas con las que debe inclinar la cabeza para mantenerle la mirada.

—¿Entonces debo asumir que os enamorasteis de mí? ¿En nuestra primera conversación? ¿O ahí sentisteis compasión? ¿Al verme sola en la muralla y cubierta de suciedad? ¿O tal vez fue cuando me ignorasteis en el salón? ¿Bajo el romántico reflejo de la luna en el gazebo? Decidme, ¿cuándo desperté un sentimiento tan intenso en vuestro interior que os impulsó a protegerme sin esperar nada a cambio?

Las pupilas del Basilisko se dilatan de manera extraña.

—Nunca dije que no quisiera algo a cambio —responde—. Lo que niego es que tengas la menor idea de qué es.

Ni el viento helado que recorre el puente enfría el fuego que Czarina siente bullir en su sangre.

—Estoy dispuesta a lo que sea por ser libre. No hay necesidad de sondearme o fingir amabilidades —declara señalando tanto la cesta como el vestido—. Por diecinueve equinoccios he sido encerrada, insultada y humillada.

Un brillo metálico absorbe el verde de los ojos del Basilisko, acorazándolos.

Sintiendo como si algo contenido en su interior se desatara, Czarina continúa:

—Jamás habéis movido un dedo para impedirlo y ¿pretendéis que crea que de repente os importa? Decid lo que queréis y os aseguro que, por imposible que sea, lo conseguiré a cambio de mi libertad. Dile eso al Consejo.




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