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La luna roja crea un extraño reflejo de fantasía en el amplio claro escondido en el corazón del jardín laberíntico.
Rodeado por rosales rojos y blancos que se entrelazan, sus espinas ocultas bajo los pétalos perfectos. La nieve se funde al calor de las antorchas bajas, formando un lecho húmedo de pétalos rojos que se adhieren a la tierra oscura como sangre sobre mármol.
De las columnas ornamentadas y arcos delicados cuelgan velos traslúcidos que se mecen con la brisa nocturna. Rojos profundos, marfiles suaves y destellos plateados se superponen, creando capas de color que difuminan las siluetas de los invitados, que comienzan a llenar el claro envueltos en carmesí. Sus ropas brillan con bordados oscuros y joyas discretas; todos llevan medias máscaras de filigrana plateadas que ocultan lo justo para permitir la ilusión de ser invisible.
Los músicos tocan una delicada melodía; un murmullo de emoción vibra en el aire.
La fiesta ha empezado, y con ella, el último acto de estancia del Feridae en la Corte Dione.
Czarina, ataviada con una media máscara plateada y un etéreo vestido de color rojo intenso con mangas anchas semitransparentes y cintura ceñida por un cinturón de lazo, es fácilmente reconocible.
Acompañada de sus camariel, se detiene frente a una de las fuentes bajas rebosantes de vino oscuro, tan denso que parece negro bajo la luz de las lucernas. Copas de cristal tallado descansan a su alrededor. El aroma es embriagador: rosas, hierro, especias dulces y algo más antiguo que no tiene nombre.
—Lady Delia ha puesto mucho empeño en esta velada —comenta Elirain.
Czarina observa lo que señala su camariel. Entre los rosales hay tótems florales y estatuas efímeras, construidas con metal, madera y flores frescas. Representan a los vencedores del Certare: figuras estilizadas, idealizadas, más símbolo que persona. Honra y propaganda entrelazada como todo en el Feridae.
En el centro del claro, sobre una tarima, se alza una pintura del Basilisko en una de sus gloriosas batallas en la arena del Certare.
Unas sonoras carcajadas atraen la curiosidad de los invitados.
De buen humor gracias a una enorme cantidad de vino, el rey celebra brindis tras brindis junto a los nobles que lo rodean como hienas.
—Y un brindis por el Lord del Umbral y su victoria —exclama al ver a los hermanos Trykga—. Y por su hermano, que ha nacido para ser el eterno segundón —concluye entre fuertes carcajadas que los nobles siguen hasta que la fría mirada del Basilisko los hace callar.
—Gracias, majestad —responde Selke alzando su propia copa de vino—. Es un honor haber llegado hasta el final del torneo. Respecto a mi hermano, bueno... dicen que nadie puede superar al Basilisko, pero un hombre debe tener algo con lo que soñar —bromea tratando de aligerar el tenso ambiente.
—Yo podría —asegura el rey con arrogancia, bebiendo más vino y derramando un poco sobre su flamante túnica—. Tenéis suerte de que ahora sea rey y no caballero, pues en mis tiempos os habría hecho besar la arena a ambos.
—Sin duda, majestad —acuerda Selke con una sonrisa educada.
—Por supuesto —dice el Basilisko—. Solo necesitarías una mano de la Sombra y un montón de fe.
Los nobles miran estupefactos al Basilisko mientras su hermano suspira cerrando los ojos con fuerza.
—Cuidado, Basilisko —advierte el rey, su rostro enrojeciendo tras la media máscara—. No olvidéis con quién habláis. No soy solo vuestro rey, soy quien terminó con el reinado de los aeternos. Los miternios vivís en paz y libertad en Asivva por mi voluntad.
—Fue gracias a los miternios que ganaste esa guerra —replica el Basilisko—. Sin ellos jamás hubierais tenido una oportunidad contra los Wyvern. Igual que no tendrías oportunidad contra lo que habita ahí fuera. Esa es la razón por la que nos aceptas. De no ser por eso, seríamos un montón de cenizas tras una muralla.
—¡Velkan! —exclama Selke deseando poder contener la lengua viperina de su hermano.
El rey da un paso tambaleante hacia el Basilisko dispuesto a retarlo, pero antes de que la sangre llegue al río, Lord Ransom sube a la tarima y da golpes a una copa para llamar la atención.
La música se desvanece poco a poco, como si alguien hubiera pasado una mano invisible sobre las cuerdas. Las conversaciones se apagan. Las copas se detienen a medio camino de los labios.
—Damas, Lores, invitados de la Corte Dione —dice, con una tensa sonrisa que no llega a sus ojos—. Esta noche celebramos la victoria, el honor... y el equilibrio que aún sostiene a nuestro reino.
Lord Ransom hace una pausa dramática mientras los invitados cuchichean.
—El Certare Escarlata no es solo fuerza —continúa—. Es un pacto antiguo entre la sangre, la voluntad y la historia que lo alberga. Y como dicta la tradición... el vencedor debe recibir un otorgamiento digno de su victoria.
La expectación recorre el público.
—Por decreto del Consejo —prosigue—. Y con el consentimiento del rey, el vencedor del Certare Escarlata recibe la posesión del último aeterno de Asivva...
Czarina siente el impacto en el pecho antes incluso de procesar las palabras.
—...durante todo el tiempo que dure el Feridae.
El murmullo estalla: sorpresa, diversión, reserva. Algunos brindan. Otros bajan la mirada.
Todas las miradas se clavan en Czarina y en el rey, cuya mandíbula está rígida como granito.
—Durante este período —continúa Lord Ransom, con voz agotada—. Czarina dejará de residir bajo custodia directa del Trono para pasar a estar bajo la potestad del vencedor, sin que ello altere su estatus legal ni los derechos del rey sobre su prisionera una vez concluido el Feridae.
La precisión de las palabras es quirúrgica.
Están exhibiendo su cambio de jaula.
Haciendo un espectáculo de poseerla.
Lord Ransom gira entonces hacia el guerrero.
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Editado: 10.01.2026