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Czarina es escoltada por el largo pasillo que lleva al estudio. Cuando entra por la puerta abierta, el guardia la cierra, dejándola en la oscuridad iluminada por candelabros.
Los ocho Lores se sientan en sillones que forman una media luna. Cada uno vestido del color que representa su territorio. El rey y la reina se sientan en un sofá en medio de ellos.
Puede sentir el peso de cada una de sus miradas en ella mientras se detiene frente a ellos.
—Bonito vestido —dice Lord Knox, contemplando de manera apreciativa el vestido ámbar—. Combina con ese inusual colgante. ¿Es cierto que te lo dio la sacerdotisa que nos maldijo?
—Estamos aquí para tratar otro tema —interviene Lord Temple irguiendo la espalda.
—Cierto —concuerda Lady Veritia—. Esta reunión es para hablar del lienzo que fue pintado por Czarina. Una supuesta visión del futuro de nuestro reino.
Lord Ransom se aclara la garganta.
—Quería aclarar que mi mujer lo desveló en la fiesta por un error. Un sirviente confundió las pinturas al estar cubiertas por telas similares.
—Esa es una mentira muy poco inteligente —declara Czarina, causando que la miren con diferentes grados de sorpresa y algo de indignación.
—¡¿Quién te ha dicho que podías hablar, engendro?! —exclama el rey; su cara roja delata su estado de ebriedad.
Czarina ignora sus palabras y mantiene su atención en Lord Ransom.
—El lienzo estaba escondido en el desván que me disteis como alcoba, detrás de un tapiz —informa—. ¿Cómo hizo vuestro sirviente para encontrarlo?
—Lo vio mientras limpiaba —explica Lord Ransom, tenso—. Al ver el horror pintado allí, se lo llevó para mostrárnoslo a mi esposa o a mí, pero con todo el revuelo no encontró el momento y lo guardó en una cámara segura sin darse cuenta de que allí estaba el otro.
Lord Knox suelta una carcajada.
—Mi alcoba solo la limpiaba Madele —contradice Czarina—. Incluso era ella la que llevaba mi comida. Si ibais a inventar una historia, por lo menos deberíais haber averiguado eso.
La mirada del Basilisko se llena de aprobación mientras la expresión de Ransom se vuelve pétrea.
—Tú no estabas siempre allí, no puedes saber con seguridad eso.
—En realidad sí puedo —asegura causando más interés—. Había algo muy especial detrás del tapiz además de mi obra. Si vuestro sirviente realmente lo vio, debe habéroslo comentado.
Las miradas se clavan con expectación en Ransom, que se queda mudo.
—¿Cómo podemos saber que no te lo estás inventando y detrás del tapiz no hay nada? —interroga la reina.
—Podéis oír la verdad en mi voz —dice Czarina—. Desde que era niña no he podido pronunciar mentiras. Sus majestades lo saben bien.
La reina tuerce el gesto al escuchar eso.
Un silencio reflexivo se instala en la estancia. Jugando su última carta, Czarina añade:
—Y si eso no es suficiente, podéis llamar al heredero de La Corte Dione. Él ha visto lo que hay detrás del tapiz.
Czarina disfruta del shock en la cara de Ransom.
—Entonces, ¿sabéis o no lo que oculta el tapiz? —pregunta Lady Veritia, sin mostrar misericordia por la cara pálida del otro Lord.
—Yo... —comienza, luego traga saliva—. No.
—Entonces vuestra mujer actuó deliberadamente —concluye Lord Lykaios—. Sabía perfectamente lo que estaba enseñando y el efecto que tendría.
Lord Temple niega con la cabeza.
—Qué decepcionante, Ransom.
El rey da una patada a la mesa mientras se pone de pie.
—¡¿Desde cuándo tiene derecho a interrogarnos?! —escupe furioso, su saliva salpicada por su túnica—. ¡¿No era esta reunión para ordenarle que haga lo que deseamos antes de mandarla de vuelta a la Torre?!
—No, majestad —dice Lady Veritia inalterable—. Lo que hizo la Lady de la Corte Dione es una infracción de nuestras reglas y, por supuesto, que tendrá castigo. Estar en una posición de poder no significa que puedas abusar de él sin consecuencias. No en esta Asivva.
La amenaza subrepticia flota en el ambiente. El rey aprieta los dientes y, tras recoger de la mesa su jarra de cerveza medio derramada, le da un trago y se sienta.
—Creo que otro punto importante —interviene Lord Winslow—. Es el hecho de que ella lo pintara y lo dejara escondido donde pensó que nadie lo vería.
Czarina se tensa en cuanto escucha su voz, pero se fuerza a mantenerse en control.
—Es cierto —acuerda Lord Temple—. Si esto es una visión del futuro destruido de Asivva, ¿por qué no nos la muestra?
Czarina los observa a todos. Lord Dragos posee una inmovilidad tan antinatural que es fácil olvidar que está ahí, observando atentamente detrás de su capucha negra.
—¿Por qué lo haría? —pregunta—. ¿Para proteger mi vida de prisionera o para proteger la vida de mis carceleros?
Un instante pasa antes de que alguien vuelva a hablar.
—Podemos entender que no desees salvar al rey —dice Lord Lykaios, su fría mirada juzgándola—. Pero las personas inocentes del reino. ¿No te importa salvarlas a ellas?
Czarina lo mira directamente a los ojos.
—¿Dónde están esas personas inocentes? No deben estar participando en el Feridae porque no las he visto. Todo lo que ven mis ojos es vuestra maldad.
El rey suelta un bufido de risa.
—¿Lo veis? —señala con satisfacción—. Os he dicho muchas veces que defendéis al enemigo.
—¿Quién me convirtió en el enemigo? —pregunta Czarina—. ¿Quién convirtió en su enemigo a todos los aeternos? ¿Quién destruyó la magia que protegía al reino? La sangre que pinté en el lienzo proviene de vuestras manos. Esa maldición es el pago de vuestros crueles actos.
—¿CÓMO TE ATREVES? —brama el rey fuera de sí—. ¡MALDITO ENGRENDRO!
Apartando la mesa de un golpe como si la locura le redoblara las fuerzas, se lanza a por ella. En cuanto sus manos se cierran en su cuello, un doloroso grito resuena por el palacio.
—¡Mihai! —grita la reina al reconocerlos.
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Editado: 10.01.2026