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Los fuegos artificiales terminan y la multitud de invitados en el llano aplaude emocionada.
En el embarcadero bajo el puente, Czarina observa con menos entusiasmo cómo el bote se acerca.
Kailani se mantiene cabizbaja mientras el Basilisko lo detiene.
—No hace falta que pregunte quién era el chico —ironiza mientras se baja del bote y ata la cuerda.
Kailani baja también y se coloca al lado de Czarina.
—Yo...
—Vamos —dice secamente el Basilisko cortando sus palabras—. Ya habéis celebrado bastante.
En un tenso silencio cruzan el puente y el Basilisko las guía directamente al carruaje.
—Esperad aquí —ordena, su mirada advirtiéndolas de no desobedecer.
En cuanto él se va, Czarina se gira hacia Kailani.
—¿Qué ocurrió?
—Lo esperable —suspira Kailani, desanimada, aunque no tan devastada como se podría esperar—. Se enfadó cuando se dio cuenta, me rechazó y luego nos quedamos en silencio. Fue bastante incómodo.
Czarina vuelve a notar ese sabor ponzoñoso en su boca.
Como si una luz la alumbrara, de pronto lo entiende.
Es la amargura de la falsedad.
Algo de lo que dijo Kailani es mentira. ¿Pero qué?
Pisadas crujen en la nieve y una avergonzada Elirain aparece junto a un ceñudo Mark y un gélidamente molesto Basilisko.
El viaje de vuelta al palacio es tan animado como una procesión fúnebre.
Cuando se detienen frente al palacio, Mark se lleva el carruaje sin palabras de despedida.
Entran al vestíbulo y, sin encontrarse con la mirada del Basilisko, Elirain le hace una reverencia.
—Nos retiramos, buenas noches —dice tirando de su hermana hacia las escaleras de servicio.
Czarina las observa hasta que desaparecen.
—¿Se ha enfadado Mark con Elirain? —pregunta.
—No solo con ella —aclara el Basilisko—. No le ha gustado ser presa de las maquinaciones de tres chicas que ni siquiera han alcanzado la mayoría de edad.
—El orgullo puede ser una cárcel para los hombres —murmura Czarina.
El Basilisko enarca una ceja, el aro sobre ella captando la luz de las lucernas.
—¿Ni siquiera muestras un grado de arrepentimiento por tu engaño?
Czarina se encuentra con su mirada de frente, sin un parpadeo.
—¿Engaño? ¿Somos amigos? ¿Esposos? —cuestiona—. Sujetáis mis cadenas públicamente, dándome un estatus de trofeo. ¿Qué sinceridad o fidelidad os debo?
La expresión del Basilisko se vuelve completamente neutra.
—Ninguna —responde en un tono carente de emociones—. Buenas noches.
Con una ligera inclinación, el Basilisko se gira y vuelve a salir del palacio, dejándola con la inquietante sensación de que es ella la que le ha hecho daño a él.
La puerta se cierra tras él y su suspiro resuena en el silencioso vestíbulo.
—Czarina —pronuncia una nerviosa voz.
Incluso los pasos de Rogan suenan inseguros cuando se le acerca.
—Pequeño lobo, ¿no estabas en el valle?
—Sí —confirma—. Pero Anere y yo regresamos antes.
Bruscamente extiende algo hacia ella.
—Para ti —explica mientras un lindo sonrojo se extiende por sus mejillas.
Czarina sonríe mientras acepta el regalo envuelto en un pañuelo. Un lobo tallado en cobre.
—Gracias.
Rogan asiente firmemente y se gira.
—Buenas noches —dice por encima del hombro antes de salir del vestíbulo a grandes zancadas.
Riéndose en voz baja, Czarina sube las escaleras y camina hasta su alcoba.
Una vez allí, se quita la capa y los guantes. Esa es una de las raras noches en que Vhagar no se queda con ella.
Sentándose en la cama, deja sobre la mesilla sus tres regalos.
El libro de Faelúria, el lobo tallado y la pequeña bolsa de terciopelo rojo que Helas puso en sus manos antes de dejarla en el embarcadero con unas intrigantes palabras:
"No tienes que responder ahora, no te estoy pidiendo una promesa, solo que pienses en ello".
En su vida nunca hubo algo tan mágico como el amor. Ni siquiera hubo afecto o cariño.
Solo la amabilidad que provenía de la inocencia de tres niños.
¿En qué tenía que pensar?
Sus destinos ya están escritos.
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¿Cuál es el secreto de la magia?
Creer en ella.
El Dominio de las Luciérnagas fue forjado por los brillantes seres cuyo poder formó el Velo de Lúmina que protege el reino de Asivva de los peligros del desolador mundo infernal en el que los mortales nacimos.
El término luciérnagas se les dio porque, en su verdadera forma, sus cuerpos no eran más que pequeñas esferas de luz. De esos deslumbrantes seres descendían muchas razas que se nombraron Fae. Y dieron nombre al Dominio. Faelúria.
Entre las razas Fae había una especialmente poderosa, la raza reinante. Siendo las mujeres más poderosas, era siempre una la que recibía el título de princesa regente. El hombre con el que se casara recibiría a cambio el título de consorte.
Aquel Dominio era el único territorio de Asivva que no estaba bajo el gobierno de los Wyvern, pues, a pesar del pacto que existía entre ellos, también había una mutua desconfianza.
Los mortales no teníamos permitido visitar Faelúria, pero podíamos disfrutar de muchos de los beneficios de su magia, pues los Fae estaban dispuestos a ofrecernos la divinidad de sus dones.
Uno de los más solicitados era el de la sanación, que llegó a curarnos de cosas que hoy nos matarían. Muy temido a la par que solicitado, también era el don de la clarividencia, que solo unos pocos poseían.
Aquellos que nacían como "oráculos" eran venerados y siempre escuchados, pues era sabido por todos que nacían con la incapacidad de pronunciar falsedades.
La última princesa que reinó en Faelúria fue Naiare I de Ondinas junto a su leal consorte Pyrece.
No hubo reinado más amado que el de ella, pues se convirtió en consuelo para todos los mortales que sufrieron los largos años de miseria que trajo la extensa guerra. Su retrato estaba en todos los puestos, en todas las casas, en todas las iglesias, junto al del ahora rey Fenion. Siendo símbolo de esperanza y piedad. De libertad.
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Editado: 10.01.2026