Eklipso: La maldición de las Siete Lunas

Luna del Susurro

🌗

Vhagar corre con entusiasmo por el valle, saltando entre las grandes rocas con sus largas y fuertes patas.

—¿Qué tipo de animal es vuestra mascota? —pregunta Selke mirándolo con el ceño fruncido.

—No es una mascota —responde Czarina mientras caminan por el sendero que lleva a las Colinas Aurorae—. Tampoco creo que sea un animal.

Selke le da una mirada incrédula.

—¿Entonces qué es?

Czarina se encoge de hombros.

—Vino a mí cuando era niña y me sentía miserable. Fue como si respondiera a un llamado en mi interior y parece haber un hilo de unión entre nosotros.

—Es una interesante historia —comenta el Basilisko con un tono que Czarina siente condescendiente.

—Entiendo si os resulta difícil asimilarlo, Lord Velkan —dice sin mirarlo—. Una conexión tan profunda debe resultar ilusoria para alguien que jamás ha tenido una.

El silencio vuelve a apoderarse del grupo hasta que llegan al inicio de las colinas.

—¿Has visto suficiente? —pregunta el Basilisko.

Czarina lo ignora, su mirada paseándose por los picos de la cordillera.

—Deberíamos volver —suspira Selke—. Hay que preparar todo para nuestra partida.

Elirain mira a Czarina.

—Yo estoy un poco cansada.

—Yo también —apoya Kailani.

—Entonces vámonos —sentencia Mark, su mal humor creciendo por momentos.

Un gruñido grave que pone los pelos de punta resuena con eco entre las colinas.

Vhagar, con el pelaje erizado, mostrando sus enormes colmillos afilados, clava sus ojos rojos en la profunda oscuridad de la arboleda donde la luz de la luna, por alguna razón, no ilumina.

—¿Qué fue eso? —pregunta con nerviosismo Elirain.

—Shh —chista el Basilisko.

Casi como respuesta, un profundo silencio inunda el valle, pareciendo congelar incluso el viento.

Seis respiraciones aceleradas suenan de pronto demasiado alto.

El gruñido de Vhagar se vuelve más grave.

Las sombras de la oscura arboleda parecen deslizarse al son de un chirriante sonido.

Los tres guerreros llevan las manos a sus espadas.

Las sombras dan forma a una extraña criatura. El cuerpo de una bestia medio esquelética, medio descompuesta, a dos patas y con largos brazos terminados en forma de garras. Lleva sobre la cabeza el esqueleto de un extraño animal con dos grandes cuernos en forma de rama.

El grito de horror de Elirain y Kailani hace que la criatura fije sus ojos inyectados en sangre en ellos. Echando la cabeza hacia atrás, abre su boca llena de dientes afilados y, soltando un aullido, empieza a correr hacia ellos.

—Llévatelas de aquí —ordena el Basilisko a Selke mientras desenvaina su espada.

—Nosotros lo distraeremos —añade Mark sujetando dos espadas curvas.

—¡Vamos! —exclama Selke empujando a las tres chicas hacia el sendero mientras toma su arco.

Otra criatura igual a la anterior sale de la arboleda y va tras ellos, pero Vhagar se interpone en su camino lanzándose sobre ella. Selke cambia de dirección y las dirige a la protección de las cerradas cordilleras.

Una de las criaturas lucha salvajemente con Vhagar mientras la otra es contenida por el Mark y el Basilisko, cuyo humo blanco grisáceo no para de elevarse por su armadura.

Selke guía a las chicas por el camino entre colinas cuando una sombra cae sobre la luna ámbar, tapando su reflejo y provocando una profunda oscuridad.

Un frío súbito los hace temblar.

—¿Qué está pasando? —pregunta asustada Kailani—. ¿Qué es esa cosa?

—Tranquilas —calma Selke—. Manteneos cerca de mí; no dejaré que os pase nada.

—Vale —contestan al unísono las dos hermanas, aferrándose a él. Sus corazones golpean como tambores.

—Tú también, Czarina —dice el guerrero rubio dándose la vuelta.

Es entonces que los tres se dan cuenta de que no está.

—¡¿Czarina?!

—¡Czarina!

Pero por más que gritan en la oscuridad, no obtienen respuesta.

En el interior de una oscura cueva, Czarina ignora los gritos de fuera, sin prestar atención a nada más que a la pared de piedra llena de extraños dibujos.

Hasta que sobre los gritos escucha el susurro de una espeluznante voz.

Czarina, ven a mí.

Dejando la intrigante pared, se adentra en la cueva hacia la bifurcación de donde proviene la voz. A medida que avanza, la asalta el olor a estanque.

Entre una montaña de huesos y cráneos de seres conocidos y desconocidos, se sienta una huesuda anciana de largo cabello gris que cae enredado sobre su camisón blanco que brilla extrañamente, siendo la única luz en la tétrica escena.

Me buscabais, princesa.

Su voz susurrante cruje como si se hubiera roto una y otra vez.

—Tú eres la que me ronda —responde Czarina sintiendo un frío tan profundo que le llega a los huesos.

La anciana sonríe, su boca más larga de lo que debería.

Acercaos.

Czarina mira los huesos amontonados por todo el espacio de la cueva.

—No, gracias.

No os preocupéis, princesa. No sufriréis daño alguno por mi mano.

Czarina no saborea ninguna mentira, pero aun así mira a la anciana con sospecha.

—¿Las criaturas ahí fuera responden a ti?

La anciana asiente y su sonrisa se profundiza hasta límites anormales.

No matarán a nadie, solo los distraerán mientras charlamos.

Sin más opciones, camina apartando los huesos para acercarse a la anciana.

Cuando la tiene en frente, la anciana estira su huesuda mano de largas uñas amarillentas para agarrar su barbilla y acercarla aún más. Los ciegos ojos de la anciana parecen temblar mientras sus rostros se alinean.

Czarina siente su fétido aliento golpear en su cara cuando habla.

Ojos de maldición, ojos de tragedia, ojos de muerte.

La anciana la suelta y comienza a jugar con sus enredados mechones. Sus dedos chasquean a cada movimiento que hace.




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