Eklipso: La maldición de las Siete Lunas

Luna del Renacer

🌒

El Velo se apagaba, pero el Feridae no.

Inconscientes del desastre que se gestaba en las fronteras de Asivva, el reino continuó celebrando como si nada amenazara su calma. A pesar de que con cada movimiento de las manecillas del reloj, algo tenebroso se arrastraba inexorablemente hacia ellos.

Décima Semana del Equinoccio

En el comedor del palacio, el copioso desayuno es saboreado con pomposidad y ceremoniosa lentitud por los nobles de la Corte Skadi.

En la mesa principal, Lady Laurel alza la voz para ser escuchada por encima de las conversaciones.

—Después del desayuno hemos planeado una visita a los Jardines Primavera —anuncia poniendo la mano cariñosamente en el hombro de su hija—. Fueron construidos en honor a nuestra preciosa Airlia.

—Entonces deben ser fascinantes —dice el joven príncipe ajustándose el cuello de su lujosa túnica para asegurarse de que las anormales cicatrices en su cuello estén cubiertas.

Airla le sonríe, aunque algo incómoda por la intensidad con que la mira.

—He oído que hay animales sueltos ahí —comenta la reina con obvio disgusto.

—Mi hija ama profundamente a los animales —dice Lady Laurel, con una sonrisa tensa—. Pero no os preocupéis, ninguno es peligroso.

—De hecho —dice Airlia, mirando a Czarina que desayuna en silencio junto al Basilisko—. Creo que deberíais llevar a vuestro... amigo allí. Es una lástima que pase los días encerrado en el palacio en lugar de corriendo fuera.

—Tenéis un gran corazón para preocuparos por esa fea bestia —declara Mihai clavando en Czarina una mirada cargada de desprecio—. Ya que ella lo ha pedido, más te vale complacerla.

Czarina asiente en silencio y lanza una sutil mirada al Basilisko, que le devuelve un gesto apenas perceptible.

Selke, sentado al otro lado del Basilisko, nota el intercambio y se inclina hacia su hermano.

—¿Qué tramas ahora? —pregunta en voz baja.

—Lord Ransom ha decidido interferir en el juego —responde el Basilisko.

Justo en ese momento, Lord Ransom charla con su hija mientras ella lanza miradas al rey con la cara sonrojada.

Selke sonríe, divertido.

—¿Has dado con la horma de tu zapato?

—Hace tiempo —murmura el Basilisko mirando en dirección a Czarina.

Helas también la mira. Cuando sus miradas se cruzan, él le sonríe, pero ella aparta la vista con un pequeño dolor en el pecho.

El desayuno concluye con los incómodos intentos de ser seductor del príncipe mientras charla con la dulce Airlia y el esfuerzo de los nobles por no disimular sus risas.

Nadie puede apagar una luz que brilla dentro de ti.

La magia que habitaba en las venas de los Fae era un reflejo de su esencia más íntima: luz y voluntad entrelazadas.

Al canalizar su fuerza, su piel se convertía en un lienzo viviente. Símbolos antiguos que latían y brillaban con la intensidad de sus emociones y de la energía que desplegaban. Cada marca era única: líneas finas, arcos o círculos entrecruzados. Todas, igualmente efímeras.

Cuando su voluntad se cumplía y la energía se disipaba, las runas se desvanecían lentamente, como si no hubieran estado allí. Esta desaparición no era solo un cierre, sino un acto de humildad. La luz retornaba al Velo, y la piel del Fae volvía a su palidez ligeramente resplandeciente.

Algunos relatos hablan de runas que perduraban por segundos más allá de lo habitual, testigos dorados de una hazaña heroica o de una ira que nada podía contener. Quien observa estas marcas debe comprender que lo que ve es la esencia misma del ser Fae: no solo fuerza, sino identidad.

Las runas doradas pueden ser efímeras, pero la oscuridad que las enciende nunca lo es.

25

—¿Os habéis fijado en los gestos que hacía Mihai? —pregunta Kailani, imitando exageradamente al príncipe entre risas—. ¡Es tan obvio que le gusta Airlia!

—Yo creo que hacen buena pareja —responde Elirain—. Ella podría ser una buena reina.

Czarina cepilla el pelaje de Vhagar mientras él ronronea complacido.

Elirain comprueba su peinado en el espejo.

—¿Cuándo crees que se comprometan? —pregunta.

—Seguramente antes de irnos de la corte —contesta Kailani acercándose para mirarse también—. Lord Lykaios querrá celebrar la boda aquí.

Abriendo la puerta de la alcoba, Madele entra y observa a las tres chicas.

—¿Estáis listas? El grupo ya se ha reunido en el vestíbulo.

Czarina se pone en pie.

—Vamos.

Seguida de Vhagar y sus camariel, que aún cuchichean sobre bodas, Czarina baja la larga escalera de caracol. Cuando alcanza el vestíbulo, se encuentra con un grupo conformado por el Lord y Lady de la Corte, sus tres hijos, la reina y el príncipe, Lady Veritia, Lord Knox y Lady Delia acompañada de sus dos adorados hijos mellizos.

—Pongámonos en marcha —dice Lord Lykaios animando al grupo a moverse hacia la enorme puerta.

Helas se rezaga ligeramente para caminar junto a Czarina, provocando que sus camariel suelten risitas contenidas.

Avanzando bajo el resplandor de la luna verde y las lucernas que iluminaban el camino de malaquita, el grupo se detiene frente a un largo puente donde las ramas de varios árboles se entrelazan para formar un bello arco.

—Todo esto fue creado por un artista muy talentoso —explica Lady Laurel con orgullo—. Quisimos plasmar el espíritu lírico y bondadoso que siempre ha tenido nuestra Airlia.

—A mí me recuerda a un mágico lugar en el que estuve hace mucho tiempo —interviene Lord Knox mirando de manera obvia a Czarina—. ¿Puede ese artista haber tomado algo de inspiración de ahí?

—¿Qué insinuáis, Lord Knox? —increpa Lord Lykaios.

Sin perder su juguetona sonrisa, Lord Knox responde:




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