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El vestido celeste se refleja en la negrura del agua como su pálida piel mientras permanece hundida en un profundo mar.
Lejos de la superficie, una extraña luz empieza a surgir hasta convertirse en un espejo ovalado frente a ella.
El reflejo del espejo muestra una hermosa chica de cabello y ojos dorados.
Repentinamente, la superficie del espejo se ondula y una blanca serpiente de ojos ciegos sustituye a la chica.
Su mano se estira en el agua, pero cuando toca el frío cristal, la serpiente sale del espejo siseando y mostrando sus venenosos colmillos; nada a su alrededor.
Su viscoso cuerpo la enfría.
—¡Czarina!
Una voz la llama a la vez que una mano la agarra del brazo y la impulsa a la superficie del agua.
—¿Qué quieres? —pregunta apartando su pelo mojado.
El Basilisko la mira con algo que no sabe si es preocupación o sospecha.
—Estuviste mucho tiempo bajo el agua.
El resoplido de Czarina resuena por la cueva de turmalina verde.
—¿Pensasteis que me iba a ahogar en un lugar donde el agua me llega por la cintura?
—Hablando de morir... —murmura el Basilisko mirando con intención a su pecho desnudo.
Czarina observa la cicatriz con ramificaciones en el centro de su pecho.
—Agradeced que solo os deje una cicatriz.
Tras decir eso, camina en dirección a las piedras donde están sus cosas.
El Basilisko la sigue.
—Si tu bestia hubiera matado al príncipe, el rey lo hubiera usado para acusarte de traición.
—Y me hubiera encerrado para siempre —termina Czarina por él—. Ya que no puede matarme.
Ágilmente, sale del agua para subir al suelo de piedra de la cueva y suspira.
—Debería ir con Vhagar al mundo de fuera y dejaros a vuestra suerte.
—No lo harás —asegura él saliendo del agua y alzándose sobre ella.
Czarina inclina la cabeza para mirar directamente a los ojos del Basilisko.
—¿En algún momento se os pasó por la mente que en lugar de restaurar el Velo podría crear algo para protegerme solo a mí? ¿O confiasteis en mi espíritu heroico?
El Basilisko observa las gotas de agua resbalando por su brillante piel.
—Esa es una de las razones por las que me quieren cerca de ti.
—¿Ellos? —se burla Czarina—. Tú formas parte del Consejo incluso si te gusta fingir que no.
—Cierto —dice el Basilisko—. Estoy más que dispuesto a mantenerme a tu lado.
—A mi lado, pero no de mi lado —responde Czarina con algo de amargura.
Él inclina la cabeza hacia ella hasta que sus respiraciones se encuentran.
—Todo lo que hago tiene un propósito —confiesa—. Incluso si ahora no lo entiendes.
Su respiración se acelera, un extraño calor envolviéndose en su interior.
—¿Esa frase me tiene que llevar a creer que os importo de alguna manera?
El Basilisko responde en una voz baja, profunda.
—Me importas.
Durante un tiempo todo lo que hacen es mirarse el uno al otro, mientras en la pequeña laguna de la cueva solo se escucha el sonido de la suave brisa golpeando las olas del mar que aguarda fuera.
Czarina toma aire para calmar el latido de su corazón; la cercanía del calor del cuerpo del Basilisko causa que su carne se ponga de gallina.
Él enarca una ceja, pareciendo ligeramente divertido.
—¿Tienes frío? —pregunta como si supiera la respuesta.
Czarina niega con la cabeza.
Todo rastro de diversión se borra de su expresión cuando ella apoya su mano en su pecho.
—Es como si os hubiera marcado —susurra rozando la cicatriz que destaca sobre las finas líneas de ceniza.
El Basilisko da un paso hasta que solo los separa un suspiro.
—Hace tiempo —afirma deslizando la mano por su cuello hasta sujetarlo.
El aire a su alrededor parece vibrar mientras él se inclina apenas dándole un instante para respirar antes de que sus labios se encuentren.
Czarina ni siquiera hace el intento de resistirse o se plantea si lo que está a punto de hacer está mal.
Algunas cosas son simplemente inevitables.
El calor de su beso es increíblemente intenso. La hace estremecer de arriba a abajo, acelerando su sangre. Sus cuerpos mojados están tan pegados que ni el aire puede interponerse entre ellos.
El mundo entero parece reducirse a ese instante.
—¿Qué es esto? —pregunta retirándose un poco con la respiración acelerada.
Sus corazones laten al mismo ritmo.
—Un beso —responde el Basilisko—. Uno de verdad.
Tras decir eso, vuelve a besarla una vez más. Su mano resbala por su espalda, siguiendo la curva de su columna como si memorizara cada centímetro, antes de pegarla aún más a su cuerpo.
Sus respiraciones se mezclan, cálidas, irregulares. Czarina desliza sus manos por su pecho, sintiendo su sangre más cerca de arder que nunca.
El Basilisko alza la otra mano para sujetarla del cabello, no con brusquedad, sino con una presión justa, íntima, que la obliga a inclinar la cabeza mientras sus labios se mueven en perfecta sincronía, como si estuvieran hechos para eso.
El aire a su alrededor comienza a cambiar. Bajo su piel, justo donde su mano la toca, algo parece despertar. Una marca tenue, casi invisible, brilla por un instante, siguiendo el trazo de una espiral delicada.
Separándose apenas un suspiro, él apoya la frente contra la suya. Sus respiraciones irregulares resuenan en la cueva.
Lo primero que nota Czarina es que el corazón del Basilisko late con tanta rapidez como el suyo.
Lo segundo, que de sus cicatrices de ceniza se eleva humo blanco grisáceo.
—¿Hay algún peligro cerca? —pregunta sorprendida.
Él se aparta para mirarla, sus pupilas verticales completamente dilatadas.
—Hay muchos tipos de excitación que pueden hacerme entrar en fase berserker —explica.
—Oh —dice Czarina, sus mejillas enrojeciendo.
Su intensa mirada se vuelve metálica.
—Después de besarme a mí, no puedes volver a besarlo a él —advierte sin soltarla—. Ni a nadie más.
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Editado: 10.01.2026