el Acecho

Capítulo 2

El frío no solo lo golpeaba; Lo mordía. Cada ráfaga era una cuchilla que le lamía la piel con una lengua de hielo. Se abrazó a sí mismo, clavándose los dedos en las costillas, reteniendo el último rastro de calor. Miró la puerta cerrada, esperando que la madera cediera y el rostro de su padre volviera a aparecer. Pero al girar la cabeza, el aire se le atascó en la garganta.

A unos metros, recortada con el resplandor de una ventana, una silueta rompía la lógica. Era un hombre, o algo que fingía serlo. Un chasis de huesos, extremidades estiradas como sombras largas y, un sombrero que cercenaba el rostro. Leo no podía ver sus ojos, pero sentía la mirada como agujas de escarcha clavadas en la base del cráneo. El viento cambió; trajo un hedor dulce: tierra de cementerio y carne vieja. La figura permaneció estática. No era un descanso, sino asecho.

Se estremeció Y no por el frío, sino por una sensación obscena, similar a mil patas arrastrándose por debajo de la piel.

Su respiración se rompió mientras un puño interno golpeaba sus costillas. Giró sobre sus talones y echó a correr. Se obligó a mirar atrás, esperando el hachazo, pero solo encontró el hueco negro de la calle. El terror no se quedó atrás; se instaló en su pecho como un parásito.

En ese momento, un recuerdo lo asaltó con la violencia de una hemorragia. Se vio años atrás, refugiado en su cama, devorando un libro mientras el mundo exterior se disolvía. De pronto, el aire de la habitación se volvió aceitoso. Un vacío se instaló, provocando que el tictac muriera justo antes de que el pomo de la puerta girara.

La madera cedió con lentitud agónica. De la negrura emergió una prolongación anatómica, una aberración de extremidades distendidas. Donde debía haber facciones, solo persistía un vacío.

La entidad se inclinó hacia adelante, desafiando la gravedad, y Leo sintió un frío absoluto emanando de aquella nada anatómica.

Cuando la criatura se abalanzó, Leo soltó un grito que le desgarró las cuerdas vocales. El estallido de su voz actuó como un mazo contra un espejo: hizo añicos la visión y lo devolvió al presente. Se encontró jadeando en la calle, con el pecho ardiendo y el eco del terror vibrando en sus dientes.

Retrocedió con pasos cortos, sintiéndose desnudo bajo aquella mirada. Recordó, que ya se había topado con algo así. La sensación de ser una presa lo envolvió una vez más.

«¿Quién demonios es?», pensó, hundiéndose en la chaqueta mientras el frío le mordía las costillas. Estaba tan sumergido en el pánico que no notó cómo la oscuridad devoraba las farolas. «¿Y por qué viste así? Nadie usa un sombrero tan grande. Es ridículo»

Sus músculos se soldaron. El aire cambió, no solo era frío, ahora traía un hedor pútrido que le golpeó el rostro. Era un olor a vísceras al sol que se le filtró por la nariz. El silencio murió bajo una serie de gorgoteos viscosos, un sonido húmedo, repulsivo, como el de alguien ahogándose en su propia sangre. Leo lanzó miradas frenéticas a ambos lados. Sus piernas, convertidas en pistones, aceleraron la marcha.

Esa… esa sensación se infiltró en su cráneo con la persistencia de un parásito. Se alimentaba de la grieta que su padre había dejado abierta. Cada pensamiento coherente era saboteado, diciéndole que, el abandono era su único estado natural. Y entonces cedió ante algo que sabía dónde golpear.

Los recuerdos emergieron y se desintegraron al tacto como papel quemado. Rememoró las cenas en silencio, los gritos de su madre y la mirada derrotada de Alonso. Eran fragmentos de una vida deshaciéndose en cenizas. Cada intento de paz terminaba en un desgarro, dejándolo expuesto a una noche que conocía sus puntos de quiebre.

Una marea gélida reclamó su aliento. Los pulmones se contrajeron, y justo cuando sus músculos se tensaron para estallar en una carrera ciega, un espasmo eléctrico le sacudió el muslo.

—¡Maldición! —el grito salió como un graznido.




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