Extrajo el teléfono con dedos que sentía como salchichas torpes y heladas. La pantalla se encendió, hiriéndole los ojos con un brillo clínico. «Mamá», leyó. Por un segundo, el nombre le pareció el de una desconocida de otro planeta.
—¿H-hola?
—¡¿Dónde demonios estás?! —la voz de su madre saltó del auricular como un latigazo. La estática sonaba a dientes rechinando. No era preocupación; era esa furia controlada que precede al desastre. Leo se sintió, una vez más, como un animal acorralado por un cazador que conoce todos sus escondites.
Desde que Leo descubrió el amorío con el panadero, su madre se había transmutado. La mujer de su infancia fue devorada por una entidad de bordes afilados. Su necesidad de control era ahora una patología insaciable, como si al manipular cada movimiento de Leo pudiera sepultar la podredumbre de su propia culpa.
Su sonrisa era una mueca seca que no alcanzaba los ojos. Las palabras se habían afilado hasta ser dardos. Había algo mecánico en su indiferencia ante el daño; para ella, Leo ya no era un hijo, sino un cabo suelto que debía ser atado. Su única meta era blindar el secreto, aunque para ello tuviera que reducir a cenizas los restos del hogar.
—Voy en camino, mamá —articuló Leo. Su voz sonó pequeña contra la inmensidad de la noche.
—Tenías que haber llegado hace quince minutos —rugió ella. Leo imaginó sus dientes apretados al otro lado de la línea—. Tú y el inútil de tu padre conocen la hora. No me obligues a llamar al abogado.
Leo guardó silencio. Apretó el teléfono hasta que los nudillos le blanquearon. Luchó por tragarse la bilis; una palabra fuera de lugar bastaría para que ella volara los puentes. Se quedó allí, atrapado entre un horror que no comprendía y una madre que entendía demasiado bien.
A pesar del maltrato, Leo se aferraba a la esperanza con las uñas. Se negaba a que su voluntad fuera triturada. El sueño de vivir con su padre era un santuario que ella aún no lograba profanar. Sin embargo, cuando Alonso solicitó el divorcio tras la confesión de su hijo, algo se rompió en la mujer. No emergió dolor de la traición expuesta, sino un despertar vengativo. Una promesa silenciosa de convertir la vida de ambos en un corredor de tortura.
Ella lo había ejecutado con precisión quirúrgica. Al recibir la demanda de divorcio, fabricó una denuncia por maltrato; una infamia que el sistema judicial engulló sin masticar. Esa mentira le otorgó la custodia total y el arma perfecta para amputar el vínculo entre ellos. Lo mantenía bajo su bota, obligándolo a respirar bajo sus reglas. Pero Leo, en la soledad de su mente, mantenía una luz pequeña y trémula: el pensamiento de regresar con su padre.
—¡Lo sé! —soltó Leo. Su voz cargada de un fastidio que apenas ocultaba el pánico.
—«¡Lo sé!» —le devolvió ella, imitando su tono con una mueca cruel que él sintió a través del auricular—. ¡Maldita sea! Es la misma respuesta de imbécil que me das cada jueves. Estoy harta de este teatro.
—Pero...
—¡Nada de peros! —rugió. Leo oyó el castañeo de sus dientes—. ¡Te quiero en casa ya o juro por Dios que la próxima vez que veas a tu padre será tras los barrotes de una prisión!
—¡Pero mamá! —Su madre cortó de golpe. El eco metálico del clic final vibró con la contundencia de una sentencia.
Leo cerró los ojos y tragó un aire que sabía a ceniza. La llamada, saturada de bilis, dejó una estela de amenazas que se hundían en su conciencia como plomo.
En ese instante, el sector «El Mamón» se difuminó. El mundo se contrajo hasta que solo quedó él, suspendido en un vacío donde el único sonido era el eco de su madre.