el Acecho

Capítulo 4

Leo abrió los ojos de golpe, cuando un clic eléctrico se escuchó. Las farolas habían recobrado su brillo amarillento. El alivio duró un segundo. El hombre estaba allí, a escasos metros, observándolo con una fijeza inhumana. Leo miró hacia la última casa, procesando cómo aquel ser había acortado la distancia sin emitir un sonido. Sus piernas flaquearon al notar que había mutado: ahora se alzaba más alto, estirándose hacia el cielo como una sombra líquida. Intentó convencerse de que era un truco de la luz, pero la lógica se estrellaba contra la evidencia: ningún hueso humano podía expandirse así.

La vulnerabilidad se multiplicó. No estaba solo; sentía otras presencias, entidades invisibles que lo asfixiaban con su atención. Un chispazo eléctrico le recorrió la espina dorsal. Sus piernas reaccionaron y echó a correr, buscando el refugio de la calle principal. Sin embargo, el aire cobró masa. Se saturó de un hedor a carne podrida que le revolvió las entrañas, provocándole arcadas violentas.

La realidad se combó como un vinilo expuesto al fuego. Las luces se estiraron en hilos de mercurio y el tiempo se volvió un lazo asfixiante. El hombre del sombrero no solo acortaba la distancia; estaba devorando el presente.

El asfalto se transformó en la alfombra raída de una sala vieja. Y el olor a podrido mutó en café recalentado. Allí estaba su primo Juan, con la piel del color de la cera, caminando como un animal enjaulado. Leo, desde el sofá, sintió el peso de la angustia hundiéndole el pecho.

—¡Ya no resisto más, Leo! Esto se sale de control —dijo Juan. Se detuvo para mirarlo con ojos hundidos.

—Juan, cálmate. No piensas con cabeza fría —respondió Leo. Luchaba para que su voz no temblara.

—No me vengas con eso. Tú también percibes cosas extrañas, lo veo en tu mirada —le espetó Juan, señalándolo con un dedo tembloroso.

—Sí, pero no estoy seguro de lo que he visto —admitió. Tenía un nudo en la garganta.

—¡Vamos! Esto es real —gritó Juan—. Esa cosa me acecha. No soporto ver esa cosa sin rostro… me está volviendo loco.

El ambiente de la habitación se volvió gélido.

—¿Crees que tiene que ver con…? —empezó Leo, pero Juan lo cortó.

—Estoy seguro. Desde que fuimos a jugar con Ignacio en esa casa y pasó... bueno, ya sabes. Me siento observado a donde voy, pero ahora todo se desborda —sentenció Juan.

De pronto, un frío sobrenatural les atenazó los huesos. Leo vio con horror cómo una sombra se deslizaba por el suelo de la sala, abalanzándose hacia ellos. El impacto lo devolvió de un sobresalto a la realidad de la calle.

El choque fue el de un tren contra un muro. Leo trastabilló. Tenía los pulmones ardiendo y el sabor de la bilis en la garganta. La calle seguía allí, bañada por una luz de sodio enferma, color ictericia, pero el frío de la visión no se había marchado. Se llevó la mano al pecho en un intento de contener su corazón.

Al levantar la vista, el mundo se inclinó. A pocos metros, la figura del sombrero era una herida abierta en la noche. Se balanceaba con un movimiento orgánico, repulsivo, como algas en una corriente negra. Leo recordó el terror líquido en los ojos de Juan y comprendió que el pasado no era un refugio, sino una puerta que ellos mismos habían dejado entornada en casa de Ignacio Santiago. Los susurros subieron de volumen hasta ser un siseo estático, el sonido de mil insectos frotando las patas.

—No es real. Es el miedo —masculló. Sus palabras sonaron huecas, como monedas de madera.

La figura dio un paso. No fue un movimiento humano, sino un deslizamiento fluido que borró la distancia. Leo lo supo: no era un loco disfrazado ni una alucinación. Estaba frente a algo que recordaba el sabor de su miedo desde que era niño y se había cansado de esperar en el umbral.




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