el Acecho

Capítulo 5

Pero el miedo es un viejo sabueso que sabe dónde morder. Le devolvió el rostro de Ignacio Santiago, una imagen sepultada en una cripta. Los rumores sobre los Santiago no eran cuentos para niños; eran cicatrices que goteaban sangre en las conversaciones a media voz. Decían que su casa era un órgano digestivo donde el tiempo se detuvo en 2010. Quienes miraban por las ventanas rotas hablaban de siluetas cenicientas repitiendo gestos agónicos en una película de celuloide quemado.

—Estás lejos de esa zona —se dijo. Su voz fue el piar de un pájaro ante un huracán—. ¡Cálmate!

Se aferró a la geografía con la desesperación de quien cuenta los peldaños mientras cae al vacío. «La casa está al otro lado del pueblo», razonó. Buscó aire y solo encontró vapor rancio. Miró las farolas. La primera parpadeaba rítmicamente. Clic. Oscuridad. Clic. Luz. En cada intervalo de sombra, el hombre del sombrero estaba más cerca. No caminaba; el mundo se encogía, empujando la pesadilla de los Santiago directamente hacia su garganta.

El hedor subió de tono. Se volvió una mortaja invisible que se le pegaba a la lengua. El farol sobre su cabeza soltó un chasquido eléctrico y la luz vomitó una silueta: un cuerpo encorvado, con la ropa hecha jirones, a solo tres metros. Fue un fogonazo que desapareció en el siguiente pulso de sombra. Leo parpadeó. Su esternón comenzó a ser bombardeado. El sudor, ácido y frío, le escocía en los ojos. Se limpió con la manga. Al recuperar la vista, las sombras se despegaban de las paredes y el suelo con una tridimensionalidad obscena. La noche estaba pariendo monstruos.

—¡Mierda! —gritó. Su voz fue devorada por la densidad del aire—. ¡¿Qué está sucediendo?!

Aceleró el paso frente a una estructura desgastada. Tras el cristal, una mujer de una serenidad espantosa cerró las cortinas. Sus movimientos eran ceremoniosos, como si preparara un ataúd. En cuanto la tela se juntó, la luz murió. El efecto dominó fue instantáneo: un interruptor gigante bajó y todas las luces de los porches se extinguieron con un chasquido seco. La calle quedó sumergida en una negrura de tinta. Solo un par de faroles agonizantes luchaban por mantener charcos amarillos en mitad de aquel océano.

En el vacío, el silencio pesaba tanto que Leo oyó el crujido de las sombras a su espalda. Rash… rash… La lógica le gritaba que corriera, pero sus pies estaban hundidos en cemento fresco. Lo supo con una certeza animal: el apagón no era una falla eléctrica; era una invitación.

El mundo era ahora un hospital de pesadilla al aire libre. Las sombras terminaron de desprenderse para transformarse en figuras densas, una procesión de condenados que deambulaban por el asfalto. Eran cuerpos que arrastraban una muerte inacabada, con rostros deformados por la agonía. Su pecho se estremeció como un motor al borde del colapso. El sudor y el polvo formaban una cortina de sal que le quemaba las pupilas.

Entonces, el pavimento le tendió una trampa. Una raíz gruesa y retorcida asomó por una grieta. El tropiezo fue brutal. Sintió el impacto seco de las rodillas y las palmas contra el suelo. Se quedó allí, mordiendo el polvo. Las figuras sombrías detuvieron su marcha errática y se giraron hacia él. Avanzaron con lentitud sádica, saboreando su desesperación. El dolor irradió desde sus articulaciones como una descarga eléctrica, clavándolo al suelo.

—¡Esto no puede ser real! —el mantra brotaba de sus labios como una oración a un Dios que había abandonado el barrio.

Luchó contra la inercia del miedo. Obligó a sus músculos a reaccionar con movimientos torpes, espasmódicos. Parpadeó con furia para desgarrar la neblina que le empañaba la vista, rezando para que la calle recuperara su aburrida normalidad de jueves. Pero la neblina se espesaba. Con cada parpadeo, las siluetas estaban un paso más cerca, cerrando un círculo de frío que le erizaba hasta el último vello.

Deseó que aquello fuera un cortocircuito en su cerebro, una mala pasada del hambre, pero la realidad se negaba a romperse. Los cuerpos seguían allí, moviéndose con esa cadencia asíncrona de los seres que ya no tienen lugar a donde ir. Arrastraban los pies sobre el asfalto con un siseo seco, como papel de lija, dejando una estela de agonía tan densa que el aire se sentía sólido.

Al levantar la vista desde el suelo, se topó con el abismo. Los ojos de aquellas figuras eran cuencas vacías, pozos de una desorientación eterna que le devolvían una ceguera espiritual. Eran orificios negros que absorbían el poco color que quedaba en el mundo. Sus brazos, cubiertos por una piel que recordaba al pergamino mojado, se alargaban hacia él con lentitud agónica. No eran ataques, sino súplicas mudas; dedos largos y nudosos que buscaban asirse a su calor, a su pulso, a cualquier rastro de la vida que les habían arrebatado.

El instinto le gritaba que, si un solo dedo rozaba su piel, el ciclo se cerraría sobre él. Lo integrarían para siempre en esa procesión de sombras que reclamaban su lugar bajo la luz.




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