Leo miró hacia atrás. En ese instante, una serie de pasos resonaron en todas direcciones: clac, clac, clac, clac. Los faroles parpadearon y fallaron, sumiendo todo en una penumbra inquietante, mientras los cuerpos articulaban sonidos grotescos. No era un lamento humano; era el ruido de una maquinaria oxidada, un coro de cuerdas vocales secas intentando recordar cómo gritar.
Su mirada se detuvo en el extraño que se abría paso entre la multitud. A diferencia de los otros, él se movía con una fluidez sobrenatural. Los muertos se apartaban, no por respeto, sino por una repulsión instintiva hacia el depredador que los pastoreaba.
Leo observó, con los ojos casi fuera de las órbitas, cómo aquel cuerpo aumentaba de tamaño. La figura se retorcía y crujía; los huesos se rompían para dar paso a algo más. Las extremidades se alargaban de manera antinatural, el torso se desfiguraba y el cuello giraba en ángulos imposibles. Ya no era un hombre, sino una columna de oscuridad que se bebía la poca luz que las bombillas lograban escupir. Su presencia eclipsó a las sombras menores, dejando a Leo como el único punto de luz biológica en un desierto de estática negra.
—¡Dios mío! —El nombre de la divinidad sonó como una blasfemia en aquel lugar.
Su mente era un disco rayado que gritaba: «Corre». Intentó una maniobra desesperada, pero un golpe seco lo estampó contra el suelo. El asfalto le arrancó la piel. Con el ojo izquierdo nublado, Se puso en pie a trompicones mientras un líquido carmesí dictaba un mapa sobre su rostro.
Dobló la esquina en un último intento de perder a la entidad, y al descender por la calle, los cuerpos se esfumaron. Las casas simularon cadáveres; Ni un brillo, ni un rumor, ni una grieta que ofreciera refugio.
Una cruz blanca se alzó. Aquel monumento no traía paz, solo exponía su vulnerabilidad. Era un contraste obsceno entre la pureza del símbolo y la podredumbre del acechador, como si el bien y el mal se hubieran fundido en una sola pieza.
Bajó las escaleras a ciegas. Cuando las luces de un porche se encendieron, una chispa de esperanza le incendió el cerebro. Se lanzó contra la madera, golpeándola con los puños sangrantes.
—¡Ayúdenme… por favor! —La voz se resquebrajó en un gallo—. ¡Por favor, abran! ¡Alguien que me ayude!
Esa vulnerabilidad desenterró un nuevo recuerdo, una astilla de memoria que se hundió en su conciencia para arrastrarlo al abismo. Se vio años atrás, en los baños del colegio. El aire estaba viciado. El silencio solo lo interrumpía el goteo rítmico, frenético, de una tubería rota. Se acercó al lavamanos, abrió la llave y hundió las manos en un chorro de agua tan denso que parecía querer coagularle la sangre.
«Tuve que hacer algo más para ayudarlo», pensó. La amargura le sabía a hiel. Se tragó un llanto que le oprimía el pecho.
El fétido hedor a descomposición se le posó en el rostro como una gelatina aceitosa. Al levantar la mirada al espejo empañado, el horror cuajó: una sombra más oscura que la noche materializándose a su espalda. La entidad estiró un brazo, queriendo clavar sus dedos de madera muerta en su piel. Él corrió hacia la salida y se colgó del pomo con fuerza, pero el mecanismo estaba muerto.
Golpeó la madera. Gritó hasta que el estallido de sus nervios actuó como un detonante. El dolor lo arrancó de la visión. Lo devolvió violentamente al presente, frente a la puerta de aquella casa, con las manos ensangrentadas y el eco de su grito vibrando en los dientes.
Nadie salió. La casa permaneció muda, fría como un mausoleo de concreto. Se alejó con el sabor del abandono en la lengua.
Con cada escalón, el tiempo se deshilachó. El brillo del monumento se volvió cegador; una luz que no revelaba la salida, sino que devoraba el entorno. En esa distorsión, Leo perdió el paso e impactó contra la baranda. Respiró fuego. Al mirar atrás, con los ojos empañados por lágrimas y sangre, descubrió que la figura se había esfumado. Se limpió el rostro y bajó los últimos escalones con la lentitud de un hombre que ha envejecido décadas en una sola noche.