Un alivio momentáneo, dulce y peligroso, lo inundó. Sus músculos —tensos como cuerdas de piano a punto de reventar— se relajaron por primera vez en una eternidad. Lanzó una mirada fugaz al monumento. Sacó el celular y marcó el número de su padre, el único anclaje en un mundo sin sentido.
—¡Papá! —soltó. Su voz era un jadeo rasposo que apenas perforaba el aire denso.
—¡Hijo, ¿dónde demonios estás?! —La voz de Alonso llegó cargada de estática, una mezcla de alivio y una preocupación que bordeaba la furia—. ¡Tu madre está fuera de sí, Leo! ¡Está furiosa!
—¡Papá, escúchame! —intentó decir, pero las palabras murieron.
El farol de sodio sobre su cabeza soltó un chasquido eléctrico y se encendió con un brillo amarillento y enfermo. La luz reveló la pesadilla: el hombre del sombrero estaba allí.
—¡Oh, Dios mío! —logró jadear.
—¡¿Qué sucede, Leo?!
Leo intentó gritar, pero una masa sólida y fría se le instaló en la laringe, estrangulando el sonido. Abrió la boca en una mueca desencajada que la noche devoró con indiferencia. Sus piernas, convertidas en plomo, se negaron a obedecer. Anclado al asfalto, vio cómo el espectro se abalanzaba sobre él.
—¡¿Hijo, responde?! —La voz de su padre seguía brotando del teléfono que Leo, en un espasmo de puro pánico, dejó caer contra el suelo.
La oscuridad lo envolvió. El instinto animal le gritó que corriera, pero antes del primer paso sintió el agarre. Una presión de hierro enfriado que se cerró alrededor de sus tobillos. Eran garras. Lo apresaron con una fuerza inhumana, haciendo que su corazón soltara un latido y se quedara suspendido en un vacío.
—¡Leo, ¿dónde estás?! —Alonso gritaba desde la pantalla agrietada—. ¡Hijo, responde!
Pero Leo ya no podía. El suelo cobró vida. Con un tirón seco, fue arrastrado por la calle. Sintió el roce áspero del pavimento. El mundo se convirtió en una lija infinita; una pista de asfalto que le arrancaba jirones de ropa y piel en cada sacudida. Sus manos, ahora garras de carne viva y nervios expuestos, buscaban una grieta, un borde, algo sólido. Solo encontraban sombras. El roce contra la superficie le provocó un dolor agudo, una quemadura constante que le recordaba su impotencia. Cerró los ojos con fuerza, tratando de bloquear la realidad, pero el terror se filtraba en su mente como un fluido espeso.
—¡Leo, responde, por favor! —La voz de su padre llegó pequeña y metálica, como desde el fondo de un pozo seco.
Leo forzó cada fibra. Sus músculos se tensaron hasta el punto de ruptura, luchando contra la presión helada que lo anclaba. Entonces, con un esfuerzo que hizo crujir sus articulaciones, el hielo cedió. Logró soltarse. Pero la libertad era un espejismo. Se arrastró sobre el vientre, con los pulmones silbando, en un intento agónico de alcanzar el brillo del teléfono.
Sus manos desgastadas rasguñaban el asfalto, dejando marcas de sangre que brillaban bajo la luz de sodio como pintura fresca. Las lágrimas surcaron el polvo de sus mejillas. Su mente, reducida a un ruego infantil, suplicaba: «Déjame ir, por favor». Pero antes de que sus dedos rozaran el cristal, el frío regresó. Fue apresado de nuevo.
—¡No, por favor… ayúdenme…! —el grito escapó al fin, desgarrado, perdiéndose en el silencio de una calle que ya había decidido su final.
En medio de la agonía, Leo vio un detalle: un letrero de metal oxidado, con los bordes desconchados como piel muerta, que rezaba: “Barrio San José”. Por un segundo, la palabra «San» encendió una chispa de esperanza; un recordatorio de que existían lugares con nombres de santos donde el mal no debería entrar. Pero la realidad era una amante cruel. La entidad soltó una vibración: una carcajada silenciosa que retumbó en el cráneo de Leo, una burla que sabía a vinagre y ceniza. El cuerpo del muchacho, convertido en un fardo de ropa sucia, fue arrastrado hacia la garganta del callejón con la lentitud de un gourmet ante un banquete.
El callejón se cerró sobre él como un ataúd de ladrillos. Las paredes sudaban una humedad rancia. El hedor a abandono se volvió un muro de aire podrido que conducía directamente al túnel. Aquel agujero negro se abría ante Leo como una boca insaciable; unas fauces que no prometían una muerte rápida, sino un abismo sin retorno. Los gritos de Leo —alaridos nacidos en el fondo de los intestinos— resonaron en la noche, rebotando en ángulos imposibles hasta ahogarse en la penumbra.
—¡No… no… no…! —suplicó, pero el eco le devolvió sus palabras convertidas en burlas distorsionadas.
Con un último aliento, como el silbido de un pulmón perforado, el cuerpo de Leo fue engullido por el túnel. La sangre, cálida y espesa, dibujó un rastro húmedo sobre el asfalto; una línea roja que era el único testimonio de su paso. Sus gritos se degradaron a un susurro, una súplica gutural que se extinguió por completo. El silencio que siguió no fue paz; fue un vacío absoluto, una ausencia de sonido más densa que la misma muerte.
Y allí, en el centro de la calle, quedó el teléfono. Un rectángulo de plástico y cristal, inerte como un fragmento de meteorito. A través del auricular, el lamento de Alonso seguía fluyendo; el sonido desgarrador de un hombre aferrado al vacío, gritando un nombre que ya no tenía dueño. En un acto de crueldad final, la pantalla titiló, un espasmo de corazón eléctrico. Entonces, con un destello azulado y frío, la luz murió. La pantalla se volvió negra, llevándose la última chispa de esperanza y dejando a la calle «El Mamón» sumergida en una oscuridad que no conocía el amanecer.