Quince minutos después, el chillido de unos neumáticos viejos profanó el silencio. Alonso bajó del coche antes de que el motor terminara de toser su última bocanada de humo. Tenía el rostro pálido y sudoroso, una máscara de angustia bajo la luz de los faroles. Empuñaba una linterna pesada; un rayo de luz tembloroso que cortaba la penumbra como un bisturí oxidado.
—¡Leo! —gritó. Su voz no produjo eco. La oscuridad absorbía el sonido antes de que tocara las paredes.
Caminó con el latido martilleándole en los oídos. El haz de luz tropezó con algo brillante en el asfalto. Se arrodilló, con las articulaciones crujiendo, y recogió el teléfono. La pantalla estaba muerta; un cristal negro y fracturado que reflejaba su propio terror. Al levantar la linterna, el estómago se le hundió: naciendo justo donde el teléfono había caído, una línea de sangre fresca trazaba un camino húmedo sobre el pavimento. No eran gotas; era un rastro continuo, la marca de algo arrastrado con fuerza.
Siguió el rastro con pasos mecánicos. El aire se volvía rancio, parecido al aliento de una cripta. La luz recorrió el letrero oxidado del «Barrio San José» y se detuvo en la entrada del túnel. La sangre se internaba allí, desapareciendo en una negrura que ninguna bombilla humana podría iluminar. Alonso se detuvo en el umbral. El vello de los brazos se le erizó bajo una certeza primitiva: debía darse la vuelta.
Desde el fondo del túnel, más allá de la luz, surgió un sonido. No fue un grito. Fue el clic-clic-clic rítmico de algo rozando el techo de piedra. Luego, una voz que usaba las cuerdas vocales de Leo con una precisión aterradora:
—Papá… —dijo la sombra, con una entonación plana, sin alma—. Papá, ya no hace frío aquí dentro.
Alonso dejó caer la linterna. El cristal se rompió contra el suelo. Antes de que el filamento se apagara, solo pudo ver una mano larga, demasiado larga, asomando desde la oscuridad para invitarlo a pasar. Luego, la noche reclamó lo que era suyo.