El Admirador de las Estrellas.

II.

Resulta que acerté al asumir que hubo una equivocación. Daniel no es el lobo que persigue a la luna. Es de los lobos que no son nada bobos.

“Dime con quien andas, y te diré quién eres”, reza el refrán, y el hecho de que yo siempre ande con Vanessa y Catherine no ayuda mucho a mi reputación. Ellas, que tienen esa fama de ligeras que también me ha salpicado a mí, no han hecho nada por acallar esas bocazas. Muy al contrario, viven muy alegres sus vidas sin prestar atención a los chismes de pasillo.

Yo, que tuve un solo novio por más de tres años, y ahora llevo tres meses sola y sin dar motivos para que me difamen, ¿por qué tengo que soportar que le den a Claudio esa fama nada denigrante de gladiador tumba galanes, y yo tenga que ver a Danny Altuve en tan buenas migas con la beldad de Cindy Miller?

Me sorprendí de mí misma. Jamás creí que yo sentiría unos celos tan violentos por alguien tan opuesto a Claudio. A lo mejor fue mi indignación, mi decepción por hacerme ideas tan distintas a la realidad. El caso es que el refrán, en el caso de Danny, no mintió. Si a él le gustan tanto las beldades y sus sucias mentiras, entonces él no ha de ser muy distinto a Claudio ni a ninguno de esos bichos de uña vocingleros y chismosos.

Pero no puedo negar que eso me dolió. Otra vez choqué con la dura realidad. Otra vez me di de lleno con las espinas cuando lo que quería era acariciar los pétalos.

La depresión en la que me sumí fue profunda, pues me hice serias ilusiones. Sobre mis hombros llevo el enorme peso de ser lo único que queda de la Wendy original, aquella que me enseñó mis primeras letras en latín, el idioma con que se nombran a las estrellas, la que me enseñó que el cielo nocturno, con su manto infinito de luceros, es la belleza magistral primigenia de quien todo lo bello en el universo aprendió a ser bello. La que me enseñó que el amor llegó a la tierra en un meteorito con forma de lágrima que cayó del cielo cuando una súper nova explotó el mismo día de San Valentín en el que le dieron su primer beso.

Amar en la forma avasallante como amaba Wendy no es tarea fácil. Era tan adicta al amor, de una manera tan ardiente y furibunda, que a todos asustaba. Creí que yo podía poner esa gran responsabilidad en las manos de Danny. Él tenía el requisito básico; ser un admirador de las estrellas. Pero lamentablemente me equivoqué.

Así que, derrotada y sumisa, como siempre, opté por desentenderme del asunto. Menos mal que nadie se dio cuenta y que el hechizo me duró lo mismo que un suspiro. Como siempre, resignada y apaciblemente, dejé que fuesen los días quienes me curaran ese cruel rasguño que me había quedado en el corazón.

En serio me hice ilusiones, pero quedé como una misma boba.




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