El Alfa Que Me Odiaba

Capítulo 1: La Orden del Alfa

"Los omegas tienen prohibido acercarse al sector norte después del atardecer. Por orden del Alfa Damián."

Leí el cartel pegado en la farola mientras el viento helado me cortaba la cara. Otro decreto. Otra regla. Otra forma de decirnos que no éramos bienvenidas.

Lo gracioso era que yo vivía en el sector norte. En el último piso de un edificio ruinoso, pero vivía.

Y ya había anochecido.

Apreté el paso, encogida en mi chaqueta gastada. Las calles estaban vacías, como siempre después del toque de queda no oficial que los alfaz imponían con su sola presencia. Las farolas parpadeaban, creando sombras que bailaban en las paredes de ladrillo.

Esquina noroeste, cruzar rápido, meterte por el callejón de las rosas secas, salir por la trasera del mercado...

Mi ruta de siempre. La que me había mantenido viva durante cinco años en esta ciudad.

Pero esa noche, algo era diferente.

El aire estaba más denso. Mi piel hormigueaba. Una calidez incómoda comenzó a extenderse desde mi vientre, lenta, traicionera.

No. No hoy. Por favor, no hoy.

Llevaba dos años sin un celo. Creía que mi cuerpo había aprendido a controlarlos, o que la poción que tomé de niña seguía funcionando. Pero el calor seguía creciendo, y con él, un miedo que me helaba la sangre.

No podía tener un celo ahora. No aquí. No en la calle.

Apreté los dientes y seguí caminando, pero mis piernas temblaban. El olor... mi olor... empezaba a desprenderse de mí, rompiendo años de silencio.

—Solo un poco más —susurré—. Solo llegar a casa.

El callejón de las rosas secas estaba a veinte metros. Si conseguía llegar, si podía encerrarme en mi apartamento antes de que el celo explotara...

Diez metros.

Cinco.

Mi mano tocó la esquina del callejón cuando el olor lo golpeó primero.

No mi olor. El suyo.

A bosque después de la lluvia. A tormenta eléctrica. A algo oscuro y peligroso que me despertaba un deseo animal y aterrador.

No. No él. Cualquiera menos él.

Me pegué a la pared, conteniendo la respiración, intentando hacerme invisible. Pero ya era tarde.

—¿Qué hace una omega en mi territorio después del anochecer?

La voz llegó desde las sombras. Grave. Cortante como una cuchilla. Y terriblemente cerca.

No podía verlo bien, solo una silueta alta, hombros anchos, y unos ojos que brillaban en la oscuridad con un destello dorado.

—Yo... yo vivo aquí —tartamudeé, dando un paso atrás.

—Mientes.

—¡No! En el edificio de la esquina. Pago mi alquiler. Tengo un trabajo. No estoy violando ninguna...

Pero él ya estaba frente a mí.

Damián Blackwood. El Alfa más joven y cruel de la ciudad. El que había jurado odiar a los omegas. El que gobernaba con puño de hierro y una frialdad que helaba el alma.

Y yo, una omega invisible, estaba a un metro de él.

Me miró de arriba abajo con desprecio. Se inclinó, aspiró el aire a mi lado y frunció el ceño.

—Hueles raro. Casi no hueles. ¿Qué clase de omega eres?

Contuve el aliento. Mi olor neutro siempre me había protegido. Pero ahora, con el celo acercándose, sabía que era cuestión de minutos.

—No lo sé. No importa. Solo déjeme ir, por favor.

—Las omegas que desobedecen mis reglas pagan una multa. ¿Tienes dinero?

—No... no tengo.

Él sonrió. Una sonrisa cruel que no llegaba a sus ojos dorados.

—Entonces pagarás de otra forma.

Su mano se cerró en mi brazo. Un agarre de hierro, imposible de soltar.

—Vamos. Trabajarás en las cocinas de la mansión hasta que pagues tu deuda.

—¡No! —Forcejeé—. ¡Suélteme!

Pero en el momento en que su piel tocó la mía, en que su calor se filtró a través de mi chaqueta...

El calor explotó dentro de mí como un sol.

Mi cuerpo se dobló. Un gemido escapó de mis labios sin que pudiera controlarlo. El celo había llegado. Y era el peor que había tenido en mi vida.

—¿Qué...?

Damián retrocedió, pero su mano seguía en mi brazo. Y entonces lo vi.

Sus ojos dorados se dilataron. Sus pupilas se hicieron verticales. Aspiró el aire, y esta vez, cuando me olió...

—M**rd* —susurró.

Mi olor había cambiado. Ya no era neutro. Ahora era... todo. Dulce, cálido, adictivo. El olor de una omega en celo.

—Suélteme —imploré, con la voz rota—. Por favor, antes de que...

—No puedo.

Su voz ya no era la misma. Había perdido toda la frialdad. Ahora era ronca, animal, desesperada.

—Mi lobo... mi lobo no me deja.

Intenté liberarme, pero él me atrajo hacia sí. No con violencia, sino con una fuerza irresistible, como si un imán nos uniera. Su pecho contra el mío. Su aliento en mi cuello.

—Dijiste que odias a los omegas —susurré, con lágrimas en los ojos—. Dijiste que somos...

—Lo sé —me interrumpió, con la frente apoyada contra la mía—. Lo sé. Pero ahora mismo, no me importa.

Sus labios estaban a centímetros. El aliento de ambos se mezclaba. Su olor me envolvía, me volvía loca. Y el mío... Dios, el mío lo estaba destruyendo.

—Esto no puede pasar —dije, la última chispa de razón.

—Lo sé.

Pero cuando inclinó la cabeza y su boca encontró mi cuello, el mundo se desvaneció.

Sentí sus labios en mi piel. El calor de su lengua. Y luego...

El mordisco.

Fue dulce y brutal al mismo tiempo. Una punzada de dolor que se convirtió en oleadas de algo que no sabía nombrar. Sus dientes perforaron mi piel, y cuando la marca del vínculo se grabó en mi carne...

Algo dentro de mí se rompió.

Y algo nuevo nació.

En algún lugar de mi mente, escuché el rugido triunfante de un lobo. Y luego, solo oscuridad.

Cuando desperté, estaba en una cama que no era la mía.

Las sábanas eran de seda negra. La habitación era enorme, lujosa, fría. Unas paredes de cristal mostraban el bosque nocturno bañado por la luna.




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