El Alfa Que Me Odiaba

Capítulo 2: El Intento

Sus manos me sostenían.

Eso era todo. Solo me sujetaba por los brazos, impidiendo que me desplomara. Pero en su tacto, en la forma en que sus dedos presionaban mi piel, había algo más que la necesidad de mantenerme en pie.

Había miedo.

El Alfa que odiaba a los omegas me sostenía como si yo fuera a romperme. Y quizá tenía razón.

—No puedo... —susurré, y mi voz sonó lejana, como si no fuera mía—. El celo... duele...

—Lo sé.

Su respuesta fue un gruñido. Bajo, gutural. Y entonces lo sentí.

A través del vínculo, una oleada de calor llegó a mí. No era el mío. Era el suyo. Su lobo, respondiendo al mío, intentando calmar el fuego que me consumía.

—¿Qué... qué estás haciendo? —pregunté, confundida.

—Nada —mintió—. No estoy haciendo nada.

Pero sí lo hacía. Porque el dolor comenzó a calmarse. El fuego en mi vientre se atenuó, suficiente para que pudiera enderezarme, suficiente para que mis piernas dejaran de temblar.

Lo miré a los ojos.

Y vi algo que ningún omega había visto antes: Damián Blackwood, el Alfa implacable, con el rostro pálido y gotas de sudor en la frente.

—Duele —dijo, en un susurro—. Transferir el calor... duele como el infierno.

—¿Por qué lo haces?

Él desvió la mirada.

—Porque si te desmayas, tendré que cargarte. Y no pienso hacerlo.

Mentira. Otra mentira. Pero no tuve fuerzas para discutir.

—La cama —dije, señalando—. Necesito tumbarme.

Damián me llevó hasta la cama sin soltarme. Cuando mi espalda tocó la seda negra, un escalofrío me recorrió. Esta era su cama. Su olor estaba en cada fibra, en cada almohada.

—No te acostumbres —soltó, soltándome por fin y dando un paso atrás—. Mañana buscaré a alguien que pueda romper esto.

—¿Y si no se puede?

Él se detuvo.

—Todo tiene solución, omega. Incluso los errores.

Salió de la habitación sin mirar atrás. La puerta se cerró con un golpe seco. Y yo me quedé allí, en su cama, con su olor envolviéndome, con su marca ardiendo en mi cuello, y con una certeza que me aterraba:

Podía sentirlo.

Al otro lado de la puerta, Damián respiraba entrecortadamente. Su corazón latía desbocado. Y en algún lugar de mi pecho, una pequeña parte de mí sabía que no se había ido por desprecio.

Se había ido por miedo.

No dormí.

El celo fue remitiendo lentamente, como una marea que se retira, dejando tras de sí una sensación de vacío y debilidad. Pero incluso cuando el fuego se apagó, algo quedó: un hilo invisible que me conectaba con él.

Podía sentirlo despierto. Podía sentirlo dando vueltas por la mansión. Podía sentirlo furioso, confundido, y debajo de todo eso...

¿Miedo?

No. No podía ser miedo. Los alfaz no tienen miedo.

Cuando la luz del amanecer comenzó a colarse por los ventanales, alguien golpeó la puerta.

—¿Señorita? —Una voz femenina, amable—. El Alfa me envía. Traigo ropa limpia y algo de desayuno. ¿Puedo pasar?

—Sí —respondí, y mi voz sonó ronca.

La puerta se abrió y entró una mujer beta de unos cuarenta años, con uniforme de servicio y una bande humeante en las manos. Dejó la bandeja sobre una mesita y me tendió un montón de ropa doblada.

—El Alfa la espera en el despacho dentro de una hora —dijo, sin mirarme directamente a los ojos—. Hay un baño al final del pasillo. Puede usar lo que necesite.

—Gracias.

Ella asintió y salió rápidamente, como si yo fuera a contagiarle algo.

Me levanté con esfuerzo. Cada músculo dolía. El espejo del baño me devolvió una imagen que *p*n*s reconocí: ojeras profundas, labios partidos, y en el cuello...

La marca.

Era más grande de lo que recordaba. Dos pequeños agujeros, ya cerrados, rodeados de una piel enrojecida que comenzaba a amoratarse. Un moretón con forma de mordisco.

La marca de Damián Blackwood.

Me vestí con la ropa que me habían dejado: unos vaqueros negros, un jersey gris de lana, demasiado grande para mí. Todo olía a suavizante, no a él. Alguien había tenido el cuidado de eliminar su olor.

Pero yo aún lo sentía.

Desayuné sin hambre, solo por obligación. Y cuando pasó la hora, salí de la habitación.

La mansión era enorme. Pasillos interminables, cuadros oscuros, suelos de mármol. Un beta con uniforme de seguridad me guió en silencio hasta una puerta doble de madera tallada.

—Adelante.

Entré.

El despacho de Damián era tan imponente como él. Estanterías de roble que llegaban hasta el techo. Una chimenea encendida. Un ventanal que mostraba el bosque bañado por la luz del amanecer.

Y él, detrás de un escritorio de caoba, con el rostro tan impasible como la noche anterior.

—Siéntate.

No era una invitación. Era una orden.

Obedecí, sentándome en la silla frente a él. Mis manos encontraron el regazo, un gesto nervioso que odié.

—He localizado a alguien —dijo sin preámbulos—. Un curandero. Especialista en vínculos. Vive en las afueras. Iremos ahora.

—¿Y si dice que no se puede romper?

Damián me miró fijamente. Sus ojos dorados, ahora controlados, me evaluaban como si yo fuera un problema a resolver.

—Entonces buscaremos otro.

—¿Y si ninguno puede?

—Entonces encontraré la forma de ignorarte.

La frialdad de sus palabras me golpeó como un puñetazo. Pero antes de que pudiera responder, algo atravesó mi pecho.

Dolor.

Un dolor agudo, como una puñalada. Y supe, con una certeza absoluta, que no era mío.

—Damián...

—No me llames así —gruñó, pero su mano se llevó al pecho, justo donde a mí me dolía.

—No soy yo —susurré—. Es el vínculo. Siento lo que tú sientes.

Él palideció.

—¿Qué?

—Cuando dijiste eso... cuando dijiste que me ignorarías... te dolió. A ti. Y yo lo sentí.

Se levantó de golpe, derribando la silla.

—Mientes.

—¿Para qué iba a mentir? —Me levanté también, desafiante a pesar del miedo—. ¿Crees que quiero esto? ¿Crees que quiero sentir lo que siente un hombre que me odia?




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