El Alfa Que Me Odiaba

Capítulo 3: La Pared de Cristal

La mansión Blackwood era una prisión de lujo.

Esa fue mi primera pensión cuando el coche atravesó las verjas de hierro y el bosque dio paso a un jardín inmaculado. Césped perfecto, fuentes de piedra, y al fondo, la mole oscura de la casa.

—No pienso quedarme aquí —dije, con la voz más firme de lo que me sentía.

Damián ni siquiera me miró.

—No me digas lo que piensas hacer, omega. Me importa menos que el barro de mis botas.

Aparcó el coche frente a la entrada principal y salió sin esperarme. Tuve que correr para alcanzarlo, maldiciendo en silencio mis piernas más cortas y su maldita zancada de Alfa.

—Oye —jadeé, agarrándolo del brazo justo cuando ponía el pie en el primer escalón—. No soy tu mascota. No soy tu prisionera. Y no me quedo.

Damián se detuvo.

Bajó la mirada hacia mi mano, todavía en su antebrazo. Luego, muy despacio, alzó los ojos hacia los míos.

—¿Sabes lo que le pasa a una omega sola en esta ciudad? —preguntó, con una calma que helaba—. ¿Sabes lo que los alfaz sin manada les hacen a las que no tienen protección?

—Sé sobrevivir.

—¿Ah, sí? —Se inclinó hacia mí, tan cerca que pude ver las motas doradas en sus iris—. ¿Sobrevivirías a Kael Shadowfang? Porque te olió anoche. Y cuando un Alfa como él huele a una omega en celo recién vinculada, no descansa hasta probarla.

El nombre me golpeó como un puñetazo.

Kael. El Alfa rival. El dueño del sector oeste. El hombre del que todas las omegas huían.

—Eso no es justo —susurré.

—La vida no es justa, omega. Y yo no tengo por qué serlo contigo.

Me soltó y entró en la mansión.

Me quedé paralizada en el escalón, con el viento helado desordenando mi cabello, con su amenaza resonando en mi cabeza. Y lo peor de todo era que, a través del vínculo, podía sentirlo.

No era odio lo que había en sus palabras.

Era advertencia.

Y debajo de eso, algo que no quería reconocer: miedo por mí.

La misma beta de esa mañana me condujo a una habitación.

No era la de Damián. Era otra, en el ala opuesta de la mansión. Más pequeña, pero igual de lujosa: cama enorme, baño privado, un ventanal que daba al bosque.

—El Alfa dice que esta será su habitación —anunció la mujer, sin mirarme—. Hay ropa en el armario. La cena es a las ocho en el comedor principal. Si necesita algo, tire de la cuerda junto a la cama.

—Espera —la detuve cuando iba a salir—. ¿Cómo te llamas?

Ella dudó.

—Sofía.

—Gracias, Sofía. Por la ropa. Por el desayuno. Por...

—Señorita —me interrumpió, bajando la voz—. No me dé las gracias. No me mire a los ojos. No intente ser mi amiga. Aquí las omegas no tienen amigas. Solo problemas.

Salió y cerró la puerta.

Me quedé sola en mi celda de seda y madera tallada, con una cama demasiado grande y un silencio que pesaba como una losa.

No pienso quedarme, me repetí.

Pero en algún lugar de mi pecho, el vínculo latía, recordándome que si huía, moría.

No bajé a cenar.

No por rebeldía, sino porque cada vez que intentaba levantarme de la cama, una oleada de debilidad me devolvía a las almohadas. El celo me había dejado sin fuerzas. El intento de romper el vínculo me había vaciado.

Así que me quedé allí, mirando el techo, escuchando los sonidos de una casa que no era mía.

Y sintiéndolo a él.

Damián estaba en algún lugar de la mansión. Lo sentía caminar, detenerse, caminar de nuevo. Su inquietud era la mía. Su furia, la mía.

Esto es insoportable, pensé.

Pero no podía hacer nada para cambiarlo.

Alrededor de las diez, alguien golpeó la puerta.

—¿Sí?

La puerta se abrió. Y apareció Damián con una bandeja en las manos.

—No bajaste —dijo, con el mismo tono acusador de siempre.

—No tenía hambre.

—Mientes.

Entró sin pedir permiso y dejó la bandeja sobre la mesilla. Sopa humeante, pan, una manzana. Comida de verdad, no las sobras que esperaba.

—Cena —ordenó.

—Ya te dije que no...

—Cena, Lola. No pregunté.

El uso de mi nombre me golpeó más fuerte que cualquier grito. Hasta ahora solo me había llamado "omega". Escuchar mi nombre en su boca...

—¿Por qué te importa si como o no? —pregunté, sentándome en la cama.

Damián me miró desde la puerta. Su rostro era impasible, pero el vínculo... el vínculo me gritaba otra cosa.

—Porque si te desmayas de hambre, tendré que cargarte otra vez. Y no pienso hacerlo.

La misma excusa. La misma mentira.

—Puedes irte —dije, tomando la sopa—. Ya estoy comiendo.

Pero él no se fue.

Se quedó allí, apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándome como si yo fuera un experimento y él un científico confundido.

—¿Qué? —pregunté, incómoda.

—No lo sé —respondió, y por primera vez, su voz perdió algo de filo—. Intento no sentirte. Intento bloquear el vínculo. Pero...

—¿Pero?

—Pero cada vez que lo intento, duele.

Sus palabras flotaron en el aire. Y yo, a pesar de todo, a pesar del miedo y la rabia, entendí perfectamente lo que decía.

Porque yo también lo intentaba. Y yo también fracasaba.

—¿Y qué hacemos? —pregunté en voz baja.

Damián me sostuvo la mirada. Sus ojos dorados, ahora sin el brillo feroz de otras veces, me miraban como si yo fuera un enigma que necesitaba resolver.

—No lo sé —admitió—. Pero mientras tanto, te quedas aquí. Comes. Descansas. Y no te mueres.

Salió antes de que pudiera responder.

Y yo me quedé allí, con la sopa humeante en las manos, sintiendo su corazón latir al otro lado del pasillo.

A la mañana siguiente, desperté con la certeza de que alguien me observaba.

Abrí los ojos lentamente. La habitación estaba bañada por la luz gris del amanecer. Y junto a la puerta, recostado contra la pared, había un hombre que no conocía.

Me incorporé de golpe, el corazón desbocado.




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