El bosque al amanecer era hermoso y aterrador.
Damián conducía su coche negro por un camino de tierra que serpenteaba entre árboles centenarios. Yo iba a su lado, con las manos apretadas en el regazo, tratando de ignorar lo cerca que estábamos.
En el asiento trasero, Marcus iba en silencio, con sus ojos grises fijos en mí como si esperara que hiciera algo en cualquier momento.
—¿Siempre llevas guardaespaldas? —pregunté, incómoda.
Damián no respondió.
—No es un guardaespaldas —dijo Marcus—. Es un seguro de vida. El tuyo.
—¿Mi vida está en peligro?
—Tu vida es un peligro —corrigió Marcus—. Para mi Alfa.
Antes de que pudiera responder, el coche se detuvo frente a una pequeña cabaña de madera. Humo salía de la chimenea. El olor a hierbas y a algo antiguo flotaba en el aire.
—Espera aquí —ordenó Damián.
—Pensé que Selene quería verme a mí.
—Quiere verte a ti. Pero yo entro primero.
Bajó del coche y desapareció en la cabaña. Me quedé con Marcus, que me observaba en el espejo retrovisor.
—¿Siempre eres tan desagradable? —pregunté.
—Siempre.
—¿Y duermes con los ojos abiertos?
—Cuando hay amenazas cerca.
—No soy una amenaza.
Marcus se inclinó hacia adelante, acercando su rostro al mío.
—Todavía no lo sabes. Pero cuando despiertes... cuando tu lobo despierte... quizá lo seas.
Antes de que pudiera preguntarle qué demonios significaba eso, Damián salió de la cabaña y abrió mi puerta.
—Ven.
Selene era pequeña.
Tan pequeña que parecía que el viento podía llevársela. Arrugada, con el cabello blanco trenzado y unos ojos azules tan pálidos que casi parecían transparentes. Pero cuando me miraron, sentí que me atravesaban.
—Siéntate, niña —dijo con voz cascada, señalando un cojín frente a la chimenea.
Obedecí. Damián se quedó de pie junto a la puerta, como un perro guardián.
—Tú también, Alfa —dijo Selene sin mirarlo—. Esto te concierne.
Damián dudó, pero finalmente se sentó a mi lado. Tan cerca que su rodilla casi rozaba la mía.
Selene nos observó en silencio durante un largo minuto. Luego cerró los ojos.
—El vínculo es fuerte —murmuró—. Más fuerte de lo que debería. Pero algo está... bloqueado.
—Mi lobo —dije—. El curandero dijo que mi lobo está dormido.
Selene abrió los ojos y me miró fijamente.
—No está dormido, niña. Está encerrado.
Sentí un escalofrío.
—¿Encerrado? ¿Por qué?
—Eso tendrías que preguntárselo a quien te dio la poción.
El aire se congeló en mis pulmones.
—¿Cómo sabe lo de la poción?
Selene sonrió, mostrando dientes amarillentos.
—Porque huelo las mentiras, niña. Y tú hueles a hierbas viejas. A magia antigua. Alguien te silenció el lobo cuando eras pequeña. Para protegerte. O para esconderte.
Damián se tensó a mi lado.
—¿Quién fue? —preguntó.
—No lo sé —respondí—. Era una curandera. Mi madre me llevó con ella cuando yo tenía... ¿seis años? Siete? No recuerdo bien.
—¿Y tu madre?
—Desapareció.
El silencio se instaló en la cabaña.
Selene asintió lentamente.
—Tu lobo no está muerto, niña. Solo espera. Espera a que sea seguro despertar. Y cuando lo haga...
—¿Cuando lo haga, qué? —pregunté.
—Cuando lo haga, todos lo sabrán. Porque un lobo como el tuyo no pasa desapercibido.
Damián se inclinó hacia adelante.
—¿Qué clase de lobo es?
Selene lo miró con sus ojos pálidos.
—El tuyo ya lo sabe, Alfa. Por eso no puede alejarse de ella. Por eso su lobo la reclama con tanta desesperación. Porque ella no es una omega cualquiera.
—Entonces, ¿qué es? —insistí yo.
Selene sonrió.
—Eso, niña, tendrás que descubrirlo tú misma. Cuando tu lobo despierte.
Salí de la cabaña con más preguntas que respuestas.
Mi lobo no estaba dormido. Estaba encerrado. Y cuando despertara, algo cambiaría. Pero ¿el qué?
Caminaba hacia el coche, perdida en mis pensamientos, cuando un rugido de motor rompió el silencio del bosque.
Un deportivo rojo apareció por el camino de tierra, levantando polvo a su paso. Se detuvo junto a nosotros y de él bajó un hombre alto, de cabello castaño y ojos verdes, vestido con una chaqueta de cuero y una sonrisa fácil que iluminaba todo a su alrededor.
—¡Hermano! —exclamó, abriendo los brazos—. Hace un mes que no vienes a verme y ¿resulta que estás de visita en la cabaña de Selene? ¿Y con compañía?
Damián se puso rígido. Literalmente sentí su cuerpo tensarse a través del vínculo.
—León. ¿Qué haces aquí?
—Selene es mi curandera también, ¿recuerdas? Vengo por mis hierbas para... —Sus ojos verdes se posaron en mí y se detuvieron.
Se detuvieron por completo.
Su sonrisa se congeló. Parpadeó una, dos, tres veces. Y entonces, algo cambió en su expresión. Algo que no supe interpretar.
—Hola —dijo, y su voz había perdido toda la ligereza de antes—. Tú debes ser...
—Lola —respondí, incómoda por la intensidad de su mirada.
—Lola —repitió, como saboreando el nombre.
Y entonces, por un instante infinitesimal, sus ojos se desviaron hacia Damián.
Fue solo un destello. Una fracción de segundo. Pero lo vi.
Y a través del vínculo, sentí algo extraño en Damián. Alarma. Alerta. Como un animal que sabe que está a punto de ser descubierto.
—León —la voz de Damián fue un látigo—. Ven, necesito hablar contigo.
—Pero...
—Ahora.
Damián lo agarró del brazo y lo apartó de mí con una violencia que no entendí. Se alejaron unos metros, hacia el lateral de la cabaña, fuera de mi vista.
Pero no fuera de mi oído.
—... ¿estás loco? —susurró Damián, pero en el silencio del bosque, los susurros viajan—. Ella no puede...
—¡Yo no voy a decir nada! —respondió León, también en voz baja—. Pero, Damián, es ella. Es la misma. Después de cinco meses, aparece aquí, vinculada a ti, y ¿esperas que me quede callado como si nada?