Como todos los días.
Su automóvil se detuvo frente al enorme edificio de la empresa familiar y, apenas bajó, varios empleados lo saludaron con respeto.
—Buenos días, señor Ferrer.
—Buenos días.
—Buenos días, señor.
Adrián respondió con brevedad mientras caminaba hacia las puertas de cristal.
Su traje estaba perfectamente acomodado, su cabello oscuro cuidadosamente peinado y su expresión era la misma de siempre: seria y concentrada.
Para muchos empleados, Adrián Ferrer era un hombre imposible de conocer realmente.
Nunca hablaba de su vida privada.
Nunca participaba en conversaciones innecesarias.
Y prácticamente nunca sonreía.
En cuanto entró al ascensor, revisó algunos documentos en su teléfono.
—Otra reunión —murmuró.
Cuando las puertas se abrieron en el último piso, su asistente ya lo estaba esperando.
—Buenos días, señor Ferrer.
—¿Qué tenemos hoy?
—Reunión con el consejo a las nueve, después una videollamada con los socios de la sucursal del norte y a las cuatro tiene una cena familiar.
Adrián levantó la mirada.
—Cancela la cena.
—Su madre dijo que es importante.
Adrián suspiró.
—Entonces no puedo cancelarla.
Su asistente sonrió ligeramente.
—Eso pensé.
Adrián entró en su despacho.
Desde los grandes ventanales podía observar toda la ciudad.
Aquella era la vida que había construido.
Trabajo.
Responsabilidades.
Reuniones.
Decisiones.
Nada más.
No necesitaba complicaciones.
Mucho menos una relación.
Durante años había visto a personas de su entorno enamorarse, cometer errores y terminar lastimadas.
Él había decidido que aquello no le ocurriría.
El amor no estaba dentro de sus planes.
Y estaba perfectamente de acuerdo con eso.
A varios kilómetros de allí, Mateo Salazar acomodaba libros en una pequeña librería.
—¡Mateo!
El Omega levantó la cabeza.
—¿Sí?
—El pedido nuevo llegó.
—¡Voy!
Mateo dejó el libro que tenía en las manos y caminó rápidamente hacia la entrada.
La librería era pequeña, pero acogedora.
Las paredes estaban llenas de estantes y había varias mesas con libros recién llegados.
Mateo llevaba trabajando allí casi dos años.
Le gustaba aquel lugar.
Era tranquilo.
Y, sobre todo, le permitía estar rodeado de historias.
—Otra caja —dijo Mateo mientras miraba el pedido—. Cada semana llegan más.
Su compañero se rio.
—Y tú sigues comprándolos.
—No es mi culpa que existan tantos libros buenos.
—Un día vas a quedarte sin espacio en tu casa.
Mateo sonrió.
—Ese será un problema para mi futuro yo.
Continuó trabajando hasta que escuchó el sonido de la puerta.
Una persona acababa de entrar.
Mateo levantó la mirada.
Era un Alfa.
Alto, vestido con ropa elegante y con una expresión bastante seria.
Mateo supuso inmediatamente que probablemente estaba buscando algún libro específico.
—Buenos días —saludó.
El desconocido simplemente asintió.
—Busco la sección de administración empresarial.
Mateo señaló uno de los pasillos.
—Al fondo, a la derecha.
—Gracias.
El Alfa comenzó a caminar.
Mateo volvió a sus tareas.
No le prestó demasiada atención.
Hasta que escuchó un ruido.
Un libro había caído al suelo.
Mateo se acercó.
—¿Está bien?
El Alfa estaba mirando el libro con una expresión de molestia.
—Sí.
Mateo recogió el libro.
—Se le cayó.
—Ya lo vi.
Mateo parpadeó.
Aquella respuesta le pareció innecesariamente fría.
—Solo estaba intentando ayudar.
—No necesitaba ayuda.
Mateo lo miró durante unos segundos.
—De acuerdo.
Se dio la vuelta y regresó al mostrador.
No sabía quién era aquel Alfa.
Pero ya había decidido algo.
Definitivamente no le agradaba.
Adrián salió de la librería nos veinte minutos después.
Había encontrado el libro que buscaba.
Sin embargo, mientras caminaba hacia su automóvil, no podía dejar de pensar en el Omega que trabajaba allí.
Había algo extraño en él.
No porque hubiera hecho algo malo.
Simplemente era diferente.
La mayoría de las personas cambiaban inmediatamente su actitud cuando descubrían quién era Adrián.
Mateo no.
Ni siquiera parecía impresionado.
Adrián abrió la puerta de su automóvil.
—Qué extraño.
No entendía por qué estaba pensando en alguien a quien acababa de conocer.
Decidió olvidarlo.
Aquella persona no volvería a aparecer en su vida.
O eso creía.
Al día siguiente, Mateo estaba colocando nuevos libros cuando escuchó nuevamente el sonido de la puerta.
No necesitó mirar para reconocer la voz.
—Buenos días.
Mateo levantó lentamente la cabeza.
Era el mismo Alfa.
El desconocido lo miró.
Mateo suspiró.
—¿Otra vez usted?
El Alfa arqueó ligeramente una ceja.
—¿Hay algún problema?
—No.
Mateo sonrió de manera educada.
—Bienvenido.
Adrián caminó hasta el mostrador.
—Necesito otro libro.
—¿Cuál?
Adrián mencionó el título.
Mateo buscó en el ordenador.
—Sí, lo tenemos.
Se levantó y caminó hacia uno de los estantes.
Adrián lo siguió con la mirada.
Mateo encontró el libro y regresó.
—Aquí está.
Adrián lo tomó.
—Gracias.
Mateo asintió.
—De nada.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Entonces Adrián preguntó:
—¿Siempre trabajas aquí?
Mateo lo miró sorprendido.
—Sí.
—Entiendo.
—¿Por qué?
—Por nada.
Mateo entrecerró los ojos.
—Usted hace muchas preguntas para alguien que ayer parecía no querer hablar conmigo.