—No pienso hacerlo, Daniel.
—Ni siquiera te he explicado de qué se trata.
—No necesito escucharte para saber que será una pérdida de tiempo.
Al otro lado de la línea, su hermano mayor soltó una carcajada.
—Buenos días para ti también, hermanito.
Adrián dejó su teléfono sobre el escritorio y continuó revisando los documentos que tenía frente a él.
—Tengo trabajo.
—Siempre tienes trabajo. ¿Alguna vez haces algo que no esté relacionado con la empresa?
—Sí.
—¿Qué cosa?
—Dormir.
Daniel volvió a reírse.
—Eres increíble. Mamá tiene razón cuando dice que necesitas salir más.
Adrián cerró la carpeta que estaba leyendo.
—No empieces con eso.
—Está bien, está bien. Solo quería preguntarte si puedes acompañarme a almorzar.
—No puedo.
—¿Reuniones?
—Trabajo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Daniel suspiró teatralmente.
—Algún día vas a enamorarte y entonces me voy a acordar de todas estas conversaciones.
Adrián soltó una risa seca.
—Eso no va a suceder.
—Nunca digas nunca.
—Daniel.
—Ya me voy. Nos vemos en la cena familiar del viernes. Y, por favor, intenta sonreír al menos una vez esta semana.
La llamada terminó antes de que Adrián pudiera contestar.
El Alfa miró su teléfono con evidente fastidio.
Su hermano disfrutaba demasiado molestándolo.
Lo que Daniel no entendía era que Adrián estaba perfectamente satisfecho con su vida. No necesitaba una pareja, no necesitaba que alguien interrumpiera su rutina y tampoco tenía intención de buscar un vínculo romántico solo porque su familia considerara que había llegado el momento.
Ser un Alfa no significaba que tuviera que pasar sus días buscando a un Omega.
Tenía otras prioridades.
Y pensaba mantenerlas.
Sin embargo, cuando su asistente entró al despacho para entregarle unos documentos, Adrián hizo una pregunta que no tenía absolutamente nada que ver con su trabajo.
—¿Conoces alguna librería cerca de aquí?
Su asistente se detuvo.
—¿Una librería, señor?
—Eso acabo de preguntar.
—Sí. Hay varias en el centro.
—Necesito una que tenga buenos libros de administración empresarial.
—Puedo buscar algunas opciones.
—No hace falta. Encontré una la semana pasada.
Su asistente asintió lentamente.
—Entiendo.
Adrián regresó a sus documentos.
—¿Qué esperas?
—Nada, señor.
La mujer salió del despacho con una expresión que él no alcanzó a ver.
Y Adrián, por supuesto, no se preguntó por qué su asistente parecía estar conteniendo una sonrisa.
A las diez de la mañana, Mateo Salazar descubrió que alguien había colocado los libros de poesía en la sección de economía.
Se quedó mirando los estantes con una expresión de absoluta incredulidad.
—¿Quién hizo esto?
Desde el pequeño almacén, su compañero respondió:
—¿Qué pasó?
—¡Alguien mezcló la poesía con los libros de economía!
—Tal vez los poemas hablan del dinero.
Mateo giró la cabeza.
—Tomás, no estoy de humor para tus bromas.
Tomás apareció en la puerta del almacén con una caja entre los brazos.
Era un Beta de veintiocho años, trabajaba en la librería desde hacía casi un año y parecía encontrar diversión en absolutamente cualquier situación.
—Está bien, jefe.
—No soy tu jefe.
—Pero te enojas como uno.
Mateo le quitó la caja de las manos.
—Ve a organizar los pedidos.
—Sí, señor.
Tomás desapareció antes de que Mateo pudiera responder.
El Omega negó con la cabeza, pero terminó sonriendo.
Aquella librería era su lugar favorito en el mundo. Le gustaba el olor del papel, la tranquilidad de los pasillos y la posibilidad de encontrar historias capaces de hacerle olvidar sus preocupaciones.
Su sueño era tener una librería propia algún día.
Un espacio pequeño, con sillones cómodos, una cafetería en la parte trasera y estantes llenos de libros que sus clientes pudieran descubrir sin prisas.
Todavía le faltaba mucho para conseguirlo.
Pero no pensaba renunciar.
—Mateo —lo llamó la encargada desde la oficina—. Cuando termines de acomodar eso, ¿puedes revisar el inventario?
—Claro.
—Y recuerda que hoy llega un pedido especial.
—¿De qué editorial?
La mujer le mencionó el nombre.
Mateo abrió los ojos.
—¡¿De verdad?!
La encargada se rio.
—Sabía que te gustaría.
El Omega se apresuró a terminar sus tareas. Había esperado meses por aquella colección y estaba convencido de que algunos ejemplares se agotarían rápidamente.
Por eso, cuando sonó la campanilla de la entrada, apenas levantó la vista.
—Buenos días. Enseguida le atiendo.
—Tómate tu tiempo.
Mateo se quedó inmóvil.
Conocía aquella voz.
Levantó lentamente la cabeza.
El Alfa del traje elegante estaba de pie junto a la entrada, sosteniendo su teléfono y mirando uno de los estantes.
Mateo parpadeó.
Otra vez.
No podía ser una coincidencia.
Bueno, técnicamente sí podía serlo.
Pero ¿cuántas veces necesitaba visitar la misma librería un hombre que parecía capaz de comprar todos los libros del mundo sin mirar el precio?
—Usted otra vez —dijo Mateo.
El desconocido guardó el teléfono.
—Buenos días para ti también.
Mateo se apoyó en el mostrador.
—¿Perdón?
—Te estoy saludando.
—Ayer no parecía muy interesado en conversar conmigo.
—Ayer no estaba conversando contigo. Estaba comprando un libro.
Mateo abrió la boca, indignado.
—¡Pues hoy está hablando conmigo!
El Alfa lo observó durante un momento.
Después ocurrió algo extraordinario.
Sonrió.
No fue una sonrisa enorme ni especialmente evidente, pero las comisuras de sus labios se levantaron lo suficiente para cambiar su expresión.