El Alfa supremo y la Omega

Capítulo 1: Invisible

El eco de los latidos de mi corazón siempre ha sido más fuerte que el rugido de la manada. Siento que estoy condenada a ser invisible, a pasar desapercibida, porque me he convertido en la sombra de mi propia vida.

Veo a mis padres como hilos invisibles que manejan mi destino; han tejido una jaula de obediencia a mi alrededor. Desde muy pequeña, mi padre me ha inculcado que debo ver a Daniel como alguien especial, y eso he hecho: lo he convertido en el centro de mi mundo. Mis ojos siempre están puestos en él, aunque para él yo soy invisible e insignificante.

Cada vez que Daniel aparece en mi campo de visión, mi corazón palpita con fuerza y un calor extraño me sube por el cuerpo. No sé si lo que siento por él es obsesión, y tampoco sé cómo manejar estos sentimientos. Así que lo único que puedo hacer es observar cada uno de sus pasos, incapaz de actuar sin saber si soy correspondida.

—Se va a dar cuenta de que estás babeando por él, disimula un poco, por favor —me dice mi mejor amiga, Adela.

Niego con la cabeza y continúo mirándolo de vez en cuando, disimuladamente.

Daniel está sentado junto a sus amigos del equipo de fútbol; sus camisetas deportivas se mezclan con los uniformes escolares, creando un mosaico de colores y styles. El aire está impregnado de una mezcla de olores: el aroma dulce de los bollos recién horneados, el olor salado de las frituras y el aroma fuerte del café recién hecho. Todos desayunamos deprisa para llegar a tiempo a la primera clase del día.

Nuestro comedor está lleno de estudiantes de todas las edades, desde los novatos de primer año hasta los veteranos de último curso. Todos se reúnen con sus grupos de amigos, cada uno con su propia dinámica y conversaciones. Los estudiantes se mueven con una energía contagiosa, llenando el comedor de vitalidad.

Daniel es el futuro Alfa de la manada Estrella, y yo soy Milagro, una omega común y corriente. Por ese motivo, todos en la escuela, excluyendo a Adela, me consideran débil y un fracaso. A causa de eso, soy incapaz de sostenerle la mirada a nadie y siempre trato de pasar desapercibida entre la multitud.

Estamos sentadas en el comedor del instituto universitario Nordeto Moncada, donde estudiamos Administración de Empresas. Aunque mi amiga y yo estamos en salones diferentes, aprovechamos la hora del receso para ponernos al día.

—Yo estaba… —suspiro mientras giro la cabeza hacia donde está Adela.

—Ahora seguro me vas a decir que estabas mirando a tu alrededor y de repente tus ojos se posaron en él, ¿cierto? —dice Adela entre risas.

Ruedo los ojos con fastidio. Ella me conoce más que yo misma, y eso me molesta un poco.

—Tú eres la hija del Beta de esta manada, no entiendo por qué no se lo dices a todos. Así nadie te menospreciaría por ser una omega común —me dice Adela, mientras mis manos empiezan a temblar ligeramente al sostener mi sándwich de jamón y queso.

—No quiero que nadie me tema o me respe te por ser hija de mi padre. Quiero seguir siendo una chica normal y pasar desapercibida.

—Niña tonta, si todos supieran quién eres, las cosas para ti serían más fáciles. Podrías estar en su grupito, sentada junto a él, y así tendrías la oportunidad de enamorarlo fácilmente.

—Baja la voz, todos te van a escuchar si sigues hablando así.

La joven frente a mí es rubia, de ojos miel y sonrisa maliciosa. Presiono mi mano sobre su boca para que se calle de una vez.

La hora de empezar la primera clase ha llegado; es la materia de Gestión Financiera. Varios estudiantes de los semestres más avanzados también participan en esta clase, así que todas las chicas del segundo semestre —donde estamos Adela y yo— están muy emocionadas.

Observo cómo Daniel entra al salón de clases y mi corazón empieza a palpitar por la emoción de tener la oportunidad de sentarme a su lado. Entro detrás de él.

Mientras avanzo, un empujón me hace tropezar. Caigo sin querer sobre Daniel, quien está a punto de sentarse. Él reacciona rápidamente: toma mi cintura con una mano y jala mi brazo con la otra para enderezar mi cuerpo. Su brazo musculoso me rodea. Siento que no puedo respirar, mis piernas tiemblan y mis manos sudan. La falta de aire y la taquicardia aumentan; estoy segura de que ya se ha dado cuenta de todo lo que me provoca su contacto.

El calor de Daniel me envuelve por completo. Estoy perdida en mis pensamientos, mi cuerpo se eriza y una corriente eléctrica lo recorre todo, haciéndome sentir vulnerable y expuesta. Me fijo en su rostro pálido y en ese lunar que tiene debajo del labio. Con mis ojos delineo su nariz perfilada y observo con devoción esos ojos verdes que me miran sin expresión alguna.

—¿Estás bien? —me pregunta con voz ronca.

—¡Eh!, bu… —tartamudeo un poco al ver que se queda mirándome fijamente.

Daniel está en su cuarto año de carrera, a punto de graduarse, mientras yo apenas curso el segundo semestre.

—Sí, sí, gracias —respondo tratando de aclarar mi garganta.

Doy un paso hacia atrás al notar que todos en el salón me miran con odio, en especial las chicas, todas locamente enamoradas de él por ser el más guapo, el más popular y el futuro Alfa.

A mí no me gusta Daniel por su atractivo físico, sino porque una vez, cuando estuve en peligro, me salvó la vida. Por estar tan agradecida terminé enamorándome de mi salvador; siempre lo he visto como un superhéroe sin capa.

—¿Ey, qué fue eso? —oigo el susurro de Adela. Volteo y golpeo el brazo de mi amiga.

—¡Qué grosera eres! Yo esperaba por lo menos un beso en la mejilla o un abrazo, pero me pagas el favor que te hice golpeándome —susurra mi amiga con una chispa traviesa en los ojos.

Adela intenta siempre que me acerque más a Daniel; por eso es que acaba de meter el pie para que me cayera.

—No vuelvas a hacer eso nunca más. Sabes que él es muy reservado, y si se enfada, la que va a pagar soy yo.

Mi única amiga supera y pone los ojos en blanco.




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