El Alfa supremo y la Omega

Capítulo 27: Susurros del destino.

—Milagro… no confíes en mí —susurró Ángel con voz quebrada, los ojos enrojecidos aún clavados en los de ella.

Aquellas palabras fueron como un balde de agua helada. La sacudieron por dentro, arrastrando consigo toda la confusión que había intentado silenciar. ¿Cómo había llegado a ese punto? ¿Cómo había permitido que Ángel, el hermano del hombre que más había amado —y que más la había herido—, estuviera a punto de besarla?

Retrocedió de inmediato, separando sus rostros. El pecho le subía y bajaba con violencia, la respiración entrecortada. Se puso de pie de golpe, incapaz de sostenerle la mirada. Una lágrima rebelde escapó de sus ojos y rodó por su mejilla.

¿Qué pensará de mí?

¿Soy tan débil? ¿Tan voluble? ¿Una mujer que se deja llevar por cualquier gesto de ternura?

—¿Qué te sucede...? ¿Por qué te vas? —preguntó Ángel desde el suelo, con el ceño fruncido.

—Adiós... nos vemos luego —murmuró ella en voz baja, aunque con firmeza—. Por favor, descansa. Y no olvides comer algo.

Ángel la siguió con la mirada, el corazón latiéndole con fuerza, casi con desesperación. Esas palabras, tan simples, lo atravesaron con una ternura que no esperaba.

¿Está empezando a sentir algo por mí...?

No se atrevía a responderse.

Milagro bajó las escaleras con el alma hecha trizas, cada paso una lucha entre el deseo de huir y el impulso de quedarse. Cuando llegó al tercer piso, levantó la mirada… y allí estaba Daniel. Hablaba con unos chicos, pero apenas la vio, su cuerpo se tensó. Estaba claro que la buscaba.

Otra vez tú… pensó ella, sintiendo que el aire se volvía más pesado. No dijo nada. No lo miró. Solo siguió su camino.

—¡Milagro, espera! —la llamó Daniel al reconocerla—. ¡Necesito hablar contigo!

Pero ella no se detuvo. Cerró los puños, contuvo la respiración… y siguió bajando. Lo ignoró por completo, como si su voz no le doliera, como si no la conociera.

Salió por la puerta del colegio sin mirar atrás.

Los presentes quedaron paralizados.

El futuro Alfa… corriendo detrás de una chica.

Eso nunca había ocurrido.

Siempre eran ellas quienes lo buscaban, lo seguían, lo adoraban.

Pero esta vez, era él quien iba detrás.

Y ella, quien lo dejaba atrás sin una sola palabra.

Los rumores comenzaron a formarse incluso antes de que desapareciera por completo de la vista.

Milagro se alejó con la cabeza en alto, pero con el corazón tambaleante, sacudida por emociones que no podía entender. Por rabia, sí. Por dolor, también. Pero, sobre todo, por un torbellino de sentimientos que empezaban a nacer… sin su permiso.

Y mientras el viento acariciaba su rostro, solo una pregunta la acompañaba en silencio:

¿Por qué me duele más mirarlos a ellos… que todo lo que me han hecho?

Milagro continuó caminando, decidida a no mirar atrás. Pero Daniel no se daba por vencido. Sus pasos la seguían de cerca, su voz insistente perforaba el silencio que ella intentaba mantener.

—¡Milagro, por favor! ¡Solo escúchame un segundo!

Ella apretó el paso. No quería discutir, no quería enfrentamientos… pero él no entendía.

Cuando llegó al paradero, sintió de pronto una mano aferrándose a la suya. Daniel la había alcanzado. Tiró de ella para detenerla, intentando forzarla a girarse hacia él.

Pero en lugar de obtener una mirada, recibió un golpe seco en el brazo.

—¡¿Cómo se te ocurre tocarme?! —exclamó Milagro, liberándose de su agarre y empujándolo con fuerza.

Daniel quedó paralizado; el golpe más fuerte no había sido el físico, sino el rechazo absoluto que encontró en sus ojos.

—Por favor, Milagro… —balbuceó él—. Déjame hablar contigo, aunque sea un minuto…

—¡No! —gritó ella, con los ojos llenos de rabia y dolor—. ¡Aléjate de mí! ¡No quiero verte! ¡No quiero escucharte! ¡Nunca más!

Y sin darle oportunidad de responder, subió al bus que justo en ese momento abría sus puertas. Ni siquiera volteó a mirarlo. El conductor cerró las puertas y arrancó, dejando a Daniel solo en la acera, con la expresión deshecha.

Milagro se hundió en el asiento, aún agitada. Las palabras se repetían en su mente como un eco imposible de silenciar. No por Daniel... sino por lo que había sentido antes... por Ángel.

¿Qué me pasa...?

Con Daniel, todo es dolor, rabia... un pasado que deseó enterrar.

Pero con Ángel... era distinto.

No era amor. Todavía no.

Pero su corazón saltaba con solo recordar su voz, su tacto, sus ojos. No era dulzura ni paz... era otra cosa. Algo desconocido que despertaba un rincón dormido en su interior. Como si su alma se estremeciera, como si una fuerza la agitara desde lo más profundo.

No lo entiendo... jamás me pasó esto, ni siquiera con Daniel, pensó, moviendo los pies suavemente de un lado a otro, perdida en sus pensamientos.

Fue entonces cuando una mujer se sentó a su lado. De unos cuarenta años, con el cabello recogido y una mirada cálida, le sonrió.

—Hola, niña linda. ¿Te sientes bien?

Milagro parpadeó, sorprendida, volviendo un poco a la realidad.

—Sí... gracias —murmuró, sin saber exactamente por qué, pero sintiendo que quizá… hablar con esa extraña no le haría daño.

Milagro se sobresaltó al sentir la mirada de la mujer a su lado. Cuando sus ojos verdes se cruzaron con los suyos, un escalofrío le recorrió la espalda. Había algo diferente en ella... algo que no era humano.

Lo comprendió de inmediato: era una bruja.

Pero no una de aspecto amenazante ni terrorífico. Su rostro era el de una anciana muy mayor, con arrugas profundas como raíces de sabiduría. Su presencia irradiaba una paz tan intensa que desarmó a Milagro por dentro.

Y sin embargo, por instinto, apartó la mirada. Con las brujas hay que tener cuidado.

—¿Te molesta algo, niña? —preguntó la mujer con voz serena, como si la conociera de toda la vida—. ¿Por qué estás tan inquieta?

—No es nada… —respondió Milagro, fingiendo una sonrisa—. Problemas normales de una estudiante.




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