La cena había terminado, pero el ambiente seguía cargado de tensión. El silencio que dejó Ángel al marcharse colgaba como una sombra entre los presentes. Milagro bebió un último sorbo de agua, sintiendo cómo cada segundo estiraba el malestar en la sala.
—Bueno… —dijo finalmente, rompiendo el silencio con una voz suave—. Creo que ya es hora de irme. Mañana tengo clases y necesito descansar.
—Claro, claro —asintió el Alfa Héctor, forzando una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Nos vemos dentro de dos días, como acordamos.
—Descansa, Milagro —añadió Ángela con dulzura, aunque su mirada parecía ir más allá.
—Gracias por todo —respondió Milagro, poniéndose de pie con cortesía.
Daniel también se levantó, siguiéndola en silencio. Milagro frunció el ceño y se giró hacia él.
—¿Y tú para dónde vas?
—Voy a llevarte —respondió con firmeza.
—No, gracias. Alfa, Luna… de verdad, puedo irme sola —insistió Milagro, con voz cortés pero decidida.
—¿Cómo vas a irte sola? —intervino Daniel, con un tono más seco de lo necesario—. ¿Y si alguien te ataca en el camino? No pienso dejarte ir así.
El Alfa Héctor cruzó una mirada rápida con Ángela y soltó una breve carcajada, buscando disipar la tensión.
—Déjalo que te lleve —dijo con una chispa en la voz—. Es un buen conductor, y pronto liderará la manada. Puedes confiarle tu vida.
¿Confiarle mi vida? Apenas puedo confiarle una palabra, pensó Milagro, tragándose la respuesta sarcástica.
—Voy a sacar el carro —anunció Daniel, ya saliendo al estacionamiento—. Te espero afuera.
Milagro se inclinó con respeto ante el Alfa y la Luna, luego caminó con paso lento hacia la salida. Una vez afuera, se detuvo frente a la casa, sintiendo la incomodidad treparle por la espalda como una sombra que no podía sacudirse.
Desde su habitación, Ángel observaba todo desde la ventana. Su pecho ardía, oprimido por emociones que no podía controlar. Le había rogado a la diosa Selene una oportunidad con Milagro, pero el cielo guardaba silencio. Solo sentía ese vacío ardiente en el pecho, ese dolor que lo devoraba.
Entonces la vio.
Allí estaba, de pie bajo la tenue luz del portal, con los brazos cruzados, esperando a Daniel. Algo se rompió dentro de él. Sin pensarlo, abrió la ventana y se dejó caer al jardín. Sus pies tocaron tierra con la agilidad de su linaje, y caminó hacia ella, decidido… aunque por dentro se deshacía.
—Así que tu amante te va a entrenar —soltó con voz rasposa, deteniéndose a unos pasos.
Milagro se giró, sobresaltada. Al ver su rostro, sintió un vuelco en el estómago: ojos enrojecidos, mejillas marcadas... Ángel había llorado.
Asintió con lentitud, sin saber cómo reaccionar.
—Tengo curiosidad —prosiguió él, la voz quebrándose—. ¿Cómo puedes ser tan descarada?
—¿Perdón? —preguntó ella, alzando una ceja, confundida y molesta.
—¿No te rechazó tu amante? Entonces, ¿por qué pierdes el tiempo con él? ¿Por qué estás aquí, en mi casa, con él?
Milagro lo miró sin pestañear. Luego, respondió con voz helada:
—Escúchame bien, Ángel Sullivan. Primero, tú no eres mi padre, así que no me digas qué hacer. Segundo, que sepas del rechazo no te da derecho a juzgarme. Y tercero, tengo un motivo de peso para estar cerca de Daniel… así que, mejor no te metas.
El rostro de Ángel se tensó, dolorido.
—Milagro… —susurró, dándole la vuelta para interponerse en su camino—. No tienes amor propio. ¿No puedes pensar en ti, al menos una vez?
Sus palabras la paralizaron. Nunca había escuchado algo así de él. Ángel siempre había sido su refugio. Su protector. ¿Por qué ahora la atacaba?
No sabe nada, pensó ella, no sabe que todo esto lo hago para recuperar a mi loba… no por amor.
Ninguno se percató del auto que se detuvo frente a ellos. La tensión entre ambos era tan espesa que lo demás dejó de existir.
En el interior de Milagro, su loba rugía. Aullaba con desesperación, rasgando su alma, inquieta, como si algo estuviera a punto de estallar. No decía nada… solo se agitaba, como si su esencia respondiera a una verdad más profunda.
¿Qué te pasa?, pensó Milagro. ¿Por qué reaccionas así… justo ahora?
Milagro abrió la boca para decirle la verdad, pero entonces una voz familiar la interrumpió.
—¿Está todo bien aquí? —preguntó Daniel, bajando del auto, alerta.
—No te metas, hermano —gruñó Ángel, con los ojos encendidos—. Esta es una conversación entre Milagro y yo. Métete en tu auto y cállate la boca.
Daniel frunció el ceño, sorprendido por el tono de su hermano, pero no retrocedió. Caminó hacia ellos, se detuvo junto a Milagro y le tomó la muñeca con firmeza.
Dentro de la casa, Ángela los miraba desde la ventana, el corazón encogido. Mis dos hijos… pensó con un nudo en la garganta. ¿Van a pelear a muerte por el liderazgo? Pero en lo más profundo de su ser, supo la verdad. No es por poder… es por Milagro.
—Me meto porque ella me importa. Ya basta, Ángel. Aléjate de ella —dijo Daniel con seriedad.
Harta, Milagro se soltó con un tirón y echó a correr, dejando a ambos atrás. No soportaba verlos pelear. No quería escuchar más discusiones. Estaba agotada de esa guerra silenciosa que la rodeaba.
Daniel, al verla correr, se subió rápidamente al auto y fue tras ella. Ángel los vio alejarse, con el pecho quemando de rabia, dolor y una impotencia que lo asfixiaba.
Milagro escuchaba el claxon del auto tras ella, pero no se detenía. Sus pensamientos eran un torbellino, y la voz de Ángel aún resonaba en su cabeza.
"¿Cómo se atreve? ¿Solo porque sabe una parte de la historia? Me llamó desvergonzada…"
Daniel detuvo el coche a su lado.
—Milagro, móntate —ordenó.
—¡No! —gritó ella, sin mirarlo.
—No seas terca. Te llevaré a casa.
—¡No quiero tu ayuda! —espetó, respirando agitadamente.
—Ibas a irte conmigo hasta que hablaste con mi hermano. No le creas. Solo quiere confundirte.