El Alfa supremo y la Omega

Capítulo 40: Bajo el peso del silencio.

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Ángel, al ver a Daniel sujetando a Milagro por la cintura y al escuchar su desesperado “¡Suéltame!”, no dudó ni un segundo. La furia brotó desde lo más profundo de sus entrañas y, con un rugido ahogado por la rabia, se abalanzó sobre su hermano. Su puño impactó de lleno en el rostro de Daniel, haciéndolo tambalear hacia atrás mientras un hilo de sangre comenzaba a deslizarse por su labio partido.

—¡¿Qué demonios te pasa?! —gruñó Ángel, separándolo bruscamente de Milagro.

—¡Ángel, por favor, suéltalo! —exclamó Milagro, corriendo hacia ellos.

Ángel se quedó inmóvil, desconcertado. ¿No acababa de verla forcejear para soltarse? ¿No acababa de intervenir para defenderla?

—¿Qué… qué te pasa, Milagro? —preguntó entre jadeos—. ¿Primero le pides que te suelte, y ahora lo proteges?

Ella no respondió. Se agachó junto a Daniel, que se sostenía la boca, aturdido por el golpe. El rojo oscuro de la sangre manchaba su barbilla. Milagro sacó un pañuelo de su bolso y, con manos temblorosas, se lo presionó contra los labios, intentando detener la hemorragia.

—Tranquilo —susurró, casi en un hilo de voz.

Ángel los observó, con el pecho subiendo y bajando con violencia. Sus ojos reflejaban una mezcla punzante de dolor, decepción y rabia.

—No debí haber venido —murmuró al fin, con la voz rota—. Solo quería saber cómo estabas… Me dijeron que te habías desmayado. Pero veo que estás muy ocupada con tu alfa.

Dicho eso, dio un paso hacia la puerta. Pero Daniel, aún con el pañuelo en la boca, no dejó pasar la oportunidad.

—Espera, Ángel, déjame explicarte —intentó intervenir Milagro, tendiéndole una mano.

—Sí, claro… Quizás fue lo mejor. Y para la próxima… toca la puerta antes de entrar —espetó con sarcasmo.

Milagro se giró bruscamente hacia él, los ojos brillando de indignación.

—¿¡Qué te pasa!? —le gritó—. ¿No ves que Ángel malinterpretó todo? ¡Y ahora acabas de empeorarlo aún más!

Dio un paso atrás, dolida. No ayudó a Daniel a levantarse. Simplemente tomó su bolso, giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta.

—Adiós —murmuró con firmeza.

Salió sin mirar atrás, justo a tiempo para ver cómo Ángel cerraba la puerta de su habitación con un portazo que retumbó por todo el pasillo.

Dentro de la habitación, Daniel se dejó caer lentamente sobre la cama, con la sangre aún manchando el pañuelo. Inhaló profundamente el aroma que Milagro había dejado en las sábanas.

Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios heridos.

Porque si algo deseaba Daniel con toda el alma… era que Ángel y Milagro se separaran para siempre.

Y haría todo lo necesario para lograrlo.

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Ángel entró en su habitación como una tormenta desatada. De un manotazo, tiró la lámpara de su escritorio. Luego, empujó con fuerza la repisa donde reposaban sus libros y recuerdos, haciéndolos caer al suelo con estruendo. Respiraba agitado, con el pecho encendido de furia.

—Debí haberle cortado la cabeza a ese imbécil… —murmuró entre dientes, con los ojos ardiendo.

—Daniel no es tonto —continuó, hablando para sí mismo—. Sabe perfectamente que Milagro ha recuperado a su loba, y ahora, como el cobarde que es, intenta reconquistarla.

Ángel apretó los puños. No entendía por qué ella lo había defendido… no después de lo que él le hizo.

Se dejó caer pesadamente junto a la ventana, apoyando la frente contra el vidrio helado. Desde allí, la vio salir del edificio con el rostro serio, subir a un taxi y perderse en la distancia.

—Si es lo que deseas, Milagro… lo haré —pensó con amargura—. Me alejaré. Aunque me duela, aunque sienta que se me parte el corazón, me alejaré.

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Adela llegó puntual frente a la casa de Milagro. Ella ya la esperaba abajo, de pie en la acera, con el bolso colgado al hombro. Al verla, corrió hacia el coche con una sonrisa iluminándole el rostro.

—Gracias, Adela, por venir a buscarme.

—¡Por nada, amiga! Pero dime, ¿qué pasó? Me dejaste en shock con ese último mensaje —respondió Adela, con una mezcla de emoción y curiosidad.

Milagro sonrió con dulzura. Sus ojos brillaban con una paz nueva, serena.

—Por fin… he recuperado a mi loba.

—¿¡Qué!? ¡No puede ser! ¿En serio? ¡Eso me alegra muchísimo! —exclamó Adela, soltando el volante un segundo para abrazarla con fuerza. Ambas rieron y se fundieron en un abrazo efusivo antes de que Adela pusiera el coche en marcha y se alejara del lugar.

—¡Dame todos los detalles! —exigió Adela con entusiasmo.

—Bueno… ahora sí, déjame contarte todo —dijo Milagro mientras se acomodaba—. Ayer, en la casa de la manada, tuve una discusión muy fuerte con Daniel, y justo en medio de esa tensión… mi loba regresó a mí. El dolor fue terrible, Adela, como si mi alma ardiera desde adentro… pero lo importante es que volvió. Cuando desperté, la doctora ya me había puesto un analgésico, y Daniel estaba a mi lado.

—¿Y te pidió perdón? —preguntó Adela, alzando una ceja.

—Sí… y lo perdoné —respondió Milagro bajando la mirada—. Ya no quiero cargar con odio, ni con rencor. Quiero ser libre. Quiero vivir en paz.

Adela le sonrió con ternura. Mientras seguía conduciendo, le palmeó suavemente la cabeza.

—Así es, amiga. Lo mejor que puedes hacer es vaciar tu corazón de rencor, para que puedas llenarlo con felicidad y tranquilidad.

—Sí, pero lo peor es que ese estúpido me pidió una nueva oportunidad. Dice que se ha enamorado de mí… ¿puedes creerlo? —soltó Milagro, todavía con incredulidad.

—¡Ese imbécil cree que vas a caer otra vez! Ni se te ocurra prestarle atención. No merece ni una parte de tu corazón —respondió Adela con firmeza, frunciendo el ceño.

—Lo sé… —susurró Milagro—. Pero las cosas se complicaron. Justo cuando me pedía esa oportunidad, Ángel llegó y nos encontró. Daniel me sostenía por la cintura porque yo intentaba salir… pero Ángel lo malinterpretó. Lo golpeó con rabia, y yo, por instinto, lo defendí… Ahora no sé cómo explicarle que no significa nada, que solo quería liberarme.




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