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La noche ya había caído por completo. Daniel estaba sentado en el sofá del salón principal, su postura rígida, el rostro surcado por la seriedad, el ceño fruncido en un gesto de profunda concentración.
Sus dedos jugueteaban con el teléfono, no por distracción, sino con una tensión palpable: estaba sopesando cómo decir lo que tenía que decir, el peso de una decisión inminente. En cuanto vio a sus padres, y a los padre de Milagro, entrar en la sala, se levantó de golpe, la urgencia dominando su voz.
—Nos llegó un mensaje —soltó, sin rodeos, el tono grave.
—¿Qué clase de mensaje? —preguntó su padre, el Alfa Héctor, cruzando los brazos sobre el pecho, su propia expresión endureciéndose.
Daniel les mostró la pantalla del móvil, la luz del aparato iluminando sus rostros tensos.
—A mí... y a varios alfas más. Lo extraño es que yo aún no soy alfa oficialmente, no tengo el título completo. ¿Por qué incluirme en esto?
Todos se acercaron al móvil, sus cabezas apiñadas, los ojos fijos en la pantalla. El número era privado, sin rastro de origen.
El mensaje, breve pero escalofriante, se leía con una claridad gélida: “Juren lealtad al Alfa de la Luna Oscura y no serán atacados. Esta es su única advertencia. La siguiente será una demostración de poder que no podrán ignorar.”
Federico apretó los puños, la rabia encendiéndole los ojos.
—¿Quién se cree ese alfa? ¿Pretende que lo respetemos sin siquiera mostrarse, sin darnos la cara? ¿Qué es esto, un reinado impuesto por el miedo, una tiranía? ¿Se cree un Dios omnipotente?
—No es un dios… pero tiene un poder que nunca habíamos visto antes. Puede arrasar una manada entera con solo desearlo, con una facilidad aterradora. Lo mejor sería no desafiarlo, no provocar su ira. —Murmuró María, su voz apenas un hilo, con el rostro pálido pero los ojos cargados de una verdad amarga, una sabiduría dolorosa.
Héctor asintió con firmeza, el peso de su rol de Alfa cayéndole encima, la responsabilidad aplastante.
—Tiene razón. No debemos desafiarlo… pero tampoco podemos cederle nuestra libertad, nuestra soberanía, sin siquiera conocerlo, sin entender sus verdaderas intenciones. Daniel, escríbele. Dile que necesitamos una reunión, un compromiso, una alianza cara a cara. Es nuestra única opción para negociar.
Daniel asintió, su mandíbula tensa, y comenzó a redactar un mensaje, las palabras fluyendo con dificultad. Pero al momento de enviarlo… el sistema marcó error, la pantalla parpadeó con una negación.
—El número fue bloqueado —dijo con frialdad, la frustración tiñendo su voz—. No quiere que respondamos. Solo quiere que obedezcamos. Que nos rindamos.
—Este hombre… este alfa —gruñó Federico, su voz cargada de ira e impotencia—, ¿quién se cree para obligarnos a adorarlo? ¿A respetarlo sin saber quién es, sin conocer su rostro? ¡Esto es una humillación!
—Lo mejor es mantener la paz —repitió Héctor con voz baja, el cansancio pesando en cada sílaba—. No sabemos quién es, ni qué tan vasto es su poder. Si nos ve como una amenaza, como un desafío directo, podría ser el fin de nuestra manada, el fin de todo.
—Sí. Todos los guerreros deben descansar. Si este Alfa Oscuro descubre que estamos armando una defensa, que nos preparamos para la guerra… lo verá como un motivo, como una declaración de guerra, y el ataque será inminente. —Intervino Ángela, serena como siempre, su calma un bálsamo en la tormenta.
—Está bien —resopló Federico, visiblemente molesto, la frustración retorciéndole el gesto—. Aunque por mí, lo enfrentaría. Siempre lo he hecho. Pero ya no tengo la fuerza de antes. Sería una locura, un suicidio, enfrentarme a un poder como ese.
Mientras la conversación se cerraba con un silencio tenso, cargado de decisiones y resignación, María subió las escaleras y fue a buscar a su hija.
Tocó suavemente la puerta y, al no recibir respuesta, la abrió despacio, encontrando a Milagro vestida y fingiendo estar dormida, un libro aún en sus manos. Al oír la voz de su madre, se incorporó con calma y bajó junto a ella.
Al llegar al salón, Daniel la vio… y desvió la mirada con una frialdad cortante, una distancia calculada. Le volteó los ojos con desprecio y apretó la mandíbula, un gesto de rabia contenida.
Milagro, por su parte, fingió que no lo notaba, con una maestría sorprendente, una capa de indiferencia. Lo ignoró por completo, fijó su atención en la conversación que se reanudaba.
Sus padres, Federico y María, notaron el intercambio gélido y se miraron entre sí con desconcierto, percibiendo la fractura. Ángela también captó la tensión, una arruga de preocupación apareciendo en su frente.
Ya en el auto de regreso a casa, Federico y María guardaban silencio, un mutismo pesado. No era solo la amenaza del Alfa de la Luna Oscura lo que pesaba sobre ellos, la incertidumbre del futuro… algo más estaba ocurriendo, algo personal y doloroso.
Mientras tanto, Héctor y Ángela se quedaron a solas con su hijo en la sala, la atmósfera cargada de expectación. Héctor lo miró de frente, sus ojos buscando una explicación.
—¿Qué pasa entre tú y Milagro? ¿Estás molesto con ella? ¿Peleaste? ¿Hay algo que debamos saber?
Daniel soltó una risa amarga, sin humor, un sonido áspero.
—¿Molesto? No. Bueno… tal vez sí. La verdad me duele. Pero más que eso… —suspiró profundamente, el aire escapando de sus pulmones, y miró a ambos a los ojos, una determinación feroz en su mirada—. Tal vez es hora de que sepan la decisión que he tomado.
Ángela se sentó junto a él con preocupación, su mano posándose suavemente sobre la suya.
—¿Qué quieres decir, hijo? ¿Qué es tan grave?
—Quiero hablar. Y esta vez en serio —dijo Daniel con un tono más firme, más decidido, dejando ver que algo importante estaba a punto de ser revelado, cambiando los planes de sus padres.
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