El segundero del reloj de pared parecía avanzar más lento que el cerebro de Mia Thor. Para ella, el mundo no se dividía en días y noches, sino en ecuaciones y probabilidades. Desde la universidad, donde la apodaron "La Calculadora Humana", Mia había visto la belleza en la lógica pura de los números. Pero ahora, frente al escritorio de caoba de Elias Thorne, esa lógica parecía fallarle.
Elias era el CEO de Thorne Industries y el hombre que había congelado el infierno. Era alto, de una belleza afilada y despiadada, y poseía una arrogancia que asfixiaba la habitación. Mia era su mano derecha, su asistente personal, su estratega... y la única persona en el planeta que podía descifrar sus silencios. Ella era dulce, amigable y siempre tenía una sonrisa, incluso cuando él le lanzaba miradas que habrían congelado a cualquiera.
— Los informes de la fusión con Kyro Corp están listos, Elias. El algoritmo de riesgo que diseñé muestra una probabilidad de éxito del 98.4% si cerramos el trato antes del viernes —dijo Mia, dejando una carpeta sobre la mesa con suavidad.
Elias ni siquiera levantó la vista de su Tablet. Su expresión era ilegible, un muro de indiferencia que Mia conocía demasiado bien.
— El 1.6% restante es inaceptable, Mia. Vuelve a calcular. No pago por "probabilidades de éxito", pago por certezas.
— Pero Elías, un 1.6% es un margen de error insignificante en este tipo de operaciones... —intentó explicar ella, su tono dulce pero firme.
— Insignificante para ti. Para mí, es una debilidad —cortó él, su voz fría como el acero—. Y odio la debilidad. Retírate.
Mia suspiró imperceptiblemente. Había estado a su lado desde que ambos se graduaron. Él era el chico brillante, arrogantemente frío y emocionalmente analfabeto que ella siempre había admirado en secreto. Ella le había aguantado todo: las noches en vela, los plazos imposibles, las órdenes ladradas sin un "por favor". Estaba ahí para todo lo que él necesitaba, desde reestructurar una deuda millonaria hasta recordarle que tenía que comer. Pero él... él era simplemente indiferente. Como si ella fuera una parte eficiente de su oficina, no una persona.
Lo que Mia no sabía, lo que *nadie* sabía, era que la frialdad de Elías era una armadura. Y que esa armadura se había forjado años atrás, en la universidad, por culpa de un diario.
**Diez años antes...**
Elias había estado obsesionado con la chica que podía resolver una ecuación cuadrática en su cabeza más rápido que una computadora. Mia era todo lo que él no era: amigable, llena de vida, querida por todos. Él quería entender qué la hacía funcionar. Quería saber por qué su sonrisa le aceleraba el pulso de una forma que la lógica no podía explicar.
Así que, en un acto de posesión desesperada, le robó su diario de la biblioteca.
Fue un tesoro de secretos. Allí, Mia no era la "Calculadora humana". Era una chica que amaba el té de jazmín con dos terrones de azúcar, que prefería las películas de terror antiguas a las comedias románticas, y que odiaba el color amarillo porque le recordaba al polen. Y lo más impactante: había una entrada, escrita con letra temblorosa, donde confesaba que el arrogante y frío Elias Thorne le parecía "terriblemente fascinante".
Elias se había sentido dueño de ella. Pero el diario se perdió durante la mudanza de la universidad a su primer apartamento. Al no tener el "manual de instrucciones" de Mia, y siendo incapaz de expresar sus sentimientos sin parecer débil, Elías hizo lo único que sabía hacer para tener control: la contrató. La hizo su mano derecha para asegurarse de que ella siempre estuviera a su lado, bajo su órbita. Pero con el paso de los años, olvidó cómo hablarle a la chica dulce y se acostumbró a darle órdenes a la asistente eficiente. Su arrogancia se convirtió en su única defensa contra la posibilidad de que ella descubriera que él estaba, literalmente, aterrorizado de que ella se fuera.
**Volviendo al presente...**
Mia salió de la oficina, cerrando la puerta con suavidad. Su sonrisa se desvaneció un poco. Estaba acostumbrada a la indiferencia de Elías, pero hoy, el "Cero Absoluto" de su voz se sentía especialmente frío.
Mientras ella se sentaba en su escritorio para rehacer el informe, la puerta de la oficina se abrió de nuevo. Esta vez no fue Elías, sino Leo, su hermano menor de 18 años. Leo era la antítesis de Elías: impulsivo, divertido y un desastre total en matemáticas.
— ¡Mia! ¡Mi salvadora! —exclamó Leo, entrando como un torbellino—. Necesito tu ayuda. Tengo un examen final de Cálculo III mañana y estoy a punto de suspender. Si no apruebo, Elías me va a desheredar o algo peor.
Elias apareció en la puerta de su oficina, con los brazos cruzados y una mirada asesina.
— Leo, ¿qué haces aquí? Mia está trabajando.
— Estoy pidiendo asesoramiento a la única persona en esta familia que tiene cerebro para los números, Elías. Además, sé que a Mia no le importa. Ella siempre es dulce, a diferencia de cierto bloque de hielo.
Elias tensó la mandíbula. No le gustaba que Leo se acercara a Mia. No le gustaba la facilidad con la que Leo hablaba con ella.
— Por supuesto que te ayudo, Leo —dijo Mia, sonriendo de nuevo, su dulzura natural brillando—. Ven, siéntate un momento.
Leo se sentó al lado de Mia, y mientras ella empezaba a explicarle un problema de integrales, Elias observó la escena desde la puerta. Vio cómo Leo se reía de algo que Mia dijo. Vio cómo Mia le tocaba el brazo a Leo de forma amistosa para animarlo.
Y por primera vez en diez años, el control de Elías empezó a agrietarse. No porque Leo fuera su hermano, sino porque Elías sabía, con una certeza matemática, que Leo estaba a punto de descubrir secretos que él había perdido en la mudanza... y no tenía idea de cómo reaccionaría.