El ambiente en las oficinas de Thorne Industries siempre había sido de un silencio pulcro y corporativo, pero al día siguiente, la presión barométrica parecía haber bajado a cero. El aire se cortaba con un cuchillo.
Mia estaba en su escritorio, tecleando con su habitual rapidez, cuando Leo entró sin anunciarse. Traía una mochila al hombro y una sonrisa de absoluta confianza.
— ¡Buenos días, calculadora favorita! —saludó Leo, apoyándose en el borde de su escritorio—. Hoy es el gran día. He venido a que me des el último repaso antes del examen de Cálculo. Y después, cumplo mi promesa: te llevo a comer esa lasaña casera que tanto te gusta en el rincón italiano del centro.
Mia se sonrojó levemente, halagada por la atención.
— Leo, de verdad que no es necesario. Además, Elias tiene una agenda muy apretada hoy y...
Antes de que pudiera terminar la frase, la puerta de la oficina presidencial se abrió de par en par. Elias estaba de pie en el umbral. No llevaba su habitual chaqueta de traje; solo la camisa blanca con las mangas arremangadas con una precisión milimétrica y una expresión que prometía consecuencias devastadoras.
**El Enfrentamiento**
— **Fuera de aquí, Leo** —dijo Elias. Su voz no fue un grito, sino un susurro gélido que hizo que dos secretarias del pasillo se encogieran en sus asientos.
— Vamos, hermano, no seas amargado —respondió Leo, sin perder la compostura, aunque dio un paso atrás—. Solo he venido a estudiar con Mia. No le quito más de veinte minutos.
Elias caminó hacia él. Sus pasos eran lentos, calculados, como los de un depredador acorralando a su presa en el paddock. Se detuvo a escasos centímetros de su hermano menor.
— No estás aquí por las matemáticas, Leo —siseó Elias, con los ojos inyectados en una mezcla de rabia y celos—. Estás aquí usando información que no te pertenece. Devuélveme lo que robaste de mi oficina. Ahora mismo.
Mia miraba a ambos, completamente perdida en la ecuación.
— ¿Elias? ¿De qué estás hablando? ¿Qué robó Leo?
— Dile, Elias —desafió Leo, cruzando los brazos—. Explíclale a Mia qué es exactamente lo que "robé" de tu caja de recuerdos de la universidad. Explíclale por qué lo tenías guardado en primer lugar si tanto te molesta que yo lo use.
**El Secreto en el Suelo**
La tensión física entre los dos hermanos estalló cuando Elias estiró la mano para agarrar la chaqueta de Leo, donde sabía que guardaba el cuaderno. Leo reaccionó esquivándolo, pero el forcejeo fue inevitable. Elias lo tomó del brazo con una fuerza posesiva que nunca antes había mostrado, y al jalarlo, la mochila de Leo se abrió.
Varios libros de texto y hojas sueltas volaron por el aire. Y justo en medio del pasillo de la oficina, aterrizó un cuaderno de tapas gastadas y bordes ajados.
El tiempo pareció detenerse.
Mia bajó la mirada hacia el suelo. Sus ojos se abrieron con una mezcla de shock e incredulidad absoluta. Reconoció al instante las tapas de tela gastada y el pequeño lazo que una vez usó para cerrarlo.
— Mi... mi diario —susurró Mia. Su voz era apenas un hilo de aire.
Se agachó despacio y lo recogió con manos temblorosas. Lo abrió en una página cualquiera, reconociendo su propia caligrafía de hace diez años, donde describía sus miedos, sus sueños más tontos y su amor secreto por el chico frío de la biblioteca.
Se levantó lentamente, mirando primero a Leo, que de repente se sentía muy culpable, y luego a Elias, cuyo rostro habitualmente inexpresivo se había teñido de una palidez mortal.
— Leo... ¿tú tenías esto? —preguntó Mia, con los ojos empañados.
— Mia, yo... lo encontré en las cosas de Elias —confesó Leo rápidamente, levantando las manos en señal de rendición—. Solo quería llamar tu atención. Quería demostrarte que alguien podía prestarte atención de verdad, no como él, que te trata como a una máquina. Pero el diario... el diario lo tenía él.
Mia giró la cabeza hacia su jefe. El hombre que la había contratado, el hombre al que le había dedicado sus últimos años de vida profesional y personal, soportando su indiferencia.
— ¿Elias? —su voz tembló—. ¿Tú tenías mi diario? ¿Desde la universidad?
**La Confesión del Bloque de Hielo**
Elias miró a Leo con una furia que prometía un destierro familiar inmediato, pero al volver la vista hacia Mia, la arrogancia del CEO se desmoronó por completo. Por primera vez en una década, Elias Thorne no tenía una respuesta analítica, ni un cálculo de riesgo, ni una orden que dar. Estaba completamente expuesto.
— Sí —admitió Elias, dando un paso hacia ella, aunque se detuvo cuando vio que ella retrocedía un milímetro—. Lo tomé de la biblioteca el último año de carrera.
— ¿Por qué? —preguntó Mia, y una lágrima rebelde rodó por su mejilla—. Me pasé meses buscándolo. Tenía toda mi vida ahí dentro. Mis miedos... mis sentimientos hacia ti. ¿Lo hiciste para burlarte de mí? ¿Para saber cómo controlarme?
— **¡No!** —exclamó Elias, y el tono de su voz, cargado de una desesperación cruda, hizo que hasta Leo se quedara helado—. Lo tomé porque era la única forma de entenderte, Mia. Tú eras... tú eras una variable que yo no podía calcular. Hablabas con todos, sonreías, eras luz. Y yo era este bloque de hielo que no sabía cómo decirte que me estabas volviendo loco.
Elias dio otro paso, ignorando por completo la presencia de su hermano y de cualquiera que pudiera estar mirando desde los pasillos de la empresa.
— Te robé el diario porque quería saber qué te gustaba, qué te asustaba... quería saber si tenía una oportunidad contigo. Pero cuando nos mudamos, lo perdí entre las cajas. Me aterroricé, Mia. No tenía el "manual" para hablarte sin parecer un idiota arrogante. Así que hice lo único que sé hacer para tenerte cerca: te contraté. Te di el mejor puesto, te mantuve a mi lado porque no podía soportar la idea de que trabajaras para alguien más, de que te fueras de mi vida.