Milenios antes de que la primera hoja verde brotara en el mundo, la tierra era un lienzo mudo de roca, lava y tormentas. De la presión tectónica y la energía pura del núcleo emergió ella: Brynhild, la Primigenia. Sus alas no eran de plumas, sino de filamentos de cristal y aurora boreal.
Al nacer, la misma corteza terrestre rugió. El Espíritu del Mundo, conocido como El Latido, le reclamó su presencia:
—¿Qué es esto que camina sobre mis costillas de piedra? Estás sola, criatura de cristal. No hay reinos que gobernar ni guerras que pelear.
Brynhild, desenvainando una espada de hierro negro extraída de la misma grieta de su nacimiento, respondió con una voz que vibró como un trueno limpio:
—Las alas son para elevarme por encima de tu silencio. Yo huelo el futuro en el viento. Bajo tu corteza, las semillas del caos ya se agitan. Los elfos soñarán con la arrogancia, los humanos suplicarán por su fragilidad y los demonios arderán en envidia. Alguien debe estar lista para juzgarlos. De mi propia sangre y de tu piedra más pura, moldearé a mis hermanas. Seremos las Valquirias. Las primeras en caminar, las últimas en caer.
Brynhild ascendió y talló en los picos más altos Asgardia-sobre-el-Abismo, una megaciudadela celestial. De su propio linaje mágico creó a la primera generación de valquirias, estableciendo que ellas serían las pastoras de la vida y las juezas de la muerte, controlando el flujo de las almas.