Sábado, 23 de septiembre de 2028
Entreabrí los ojos y me quedé mirando el techo blanco de mi pequeña habitación. Otra vez la misma pesadilla de siempre. Las cosas ya no eran como antes; todo había cambiado de un día para otro. La gente había colapsado a causa del virus que se propagaba sin control por todo Estados Unidos.
Me incorporé en la cama, pensando en lo que haría ese día. Solté un par de suspiros antes de vestirme y salir de la habitación.
No recordaba mucho de lo que ocurrió aquella noche en casa de mis padres. Según me contaron, cuando perdí el conocimiento, unos hombres irrumpieron en la casa y mataron al monstruo que intentaba acabar con nuestras vidas.
— Qué calor... —susurré mientras me ponía la camiseta— ¿Cuándo pondrán aire acondicionado en las habitaciones? —bufé.
Salí al pasillo y miré a ambos lados. El día en que nos recogieron para ayudarnos a escapar, nos llevaron a un edificio subterráneo donde todo estaba fuertemente protegido. Las paredes y las puertas estaban completamente recubiertas de hierro.
— Aaah... —suspiré mientras comenzaba a caminar.
Todas las personas con las que me cruzaba me saludaban como si fuéramos amigos de toda la vida, y eso me irritaba.
— ¡Ashley!
Al escuchar mi nombre, me detuve y giré la cabeza. Un hombre de mediana edad se acercaba a paso rápido, levantando la mano en señal de saludo. Reginald. Él fue quien ayudó a mi hermano y a mí cuando fuimos atacados en casa. Yo lo llamaba Reggie, aunque a él no le hacía ninguna gracia.
— ¿Vas a ver a tu hermano? —preguntó al colocarse a mi lado.
— ¿Acaso tengo que darte explicaciones? —le miré con seriedad.
— Nunca pierdes tu esencia, ¿eh? — apoyó una mano en mi hombro —. Te acompaño —añadió, dándome un pequeño empujón para que siguiera andando.
— No hace falta que me acompañes, no soy una cría.
— Sí, sí... —respondió con tono burlón.
Caminamos por el largo pasillo hasta llegar a una de las salas aisladas del resto.
— Sabes que, viniendo todos los días, te estás haciendo polvo —dijo mientras abría la puerta para que pudiera entrar—. Y no lo digo para que no visites a tu hermano, pero sabes cómo está... y también que, por ahora, no podemos hacer nada.
— Me da igual si él está...
Un fuerte golpe sacudió el cristal blindado. Giré la cabeza hacia la sala acristalada donde se encontraba. Su cuerpo estaba cubierto de manchas oscuras y heridas supurantes. Los ojos, completamente blancos; la ropa, hecha jirones; y su actitud, desesperada, como si buscara huir de allí.
— Parece... un zombi —murmuré en voz baja.
— Lo parece, pero no lo es —respondió, alejándose unos pasos para coger unos papeles de la mesa situada a mi izquierda —. Ya es hora de que sepas todo. Por lo que sabemos, se trata de un virus que apareció hace un par de años en la ciudad de Nashville y, desde allí, se fue extendiendo por todo el país.
— ¿Cómo es posible que haya recorrido tantos lugares en tan poco tiempo? —me acerqué a la celda y me detuve frente a la puerta de cristal—. Nosotros vivíamos al otro lado del país.
— La gente lo llamó Lombux. Lo más importante que sabemos de este virus es que es extremadamente contagioso. Se transmite por el aire, por arañazos o por heridas —sus pasos resonaron hasta colocarse a mi lado—. Tú eres una de las personas inmunes.
— Preferiría ser yo quien estuviera ahí dentro y no mi hermano —dije, apoyando la mano sobre el cristal—. Somos hermanos, tenemos los mismos genes, el mismo ADN... ¿por qué él se ha contagiado y yo no?
— Son preguntas que todavía no tienen respuesta —me observó unos segundos antes de volver la vista hacia mi hermano—. Ya sabes que estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos para que vuelva a ser él mismo.
— ¿Y si no vuelve? —le miré con rabia—. ¿Y si no hay cura? —apreté los puños—. ¡Es mi única familia! ¡No tengo a nadie más!
— Ahora mismo, nos tienes a nosotros. Seremos tu familia.
— Nunca seréis mi verdadera familia —afirmé con frialdad antes de darme la vuelta y alejarme de la sala, llena de ira.
Salí a paso ligero hacia la amplia sala de entrenamiento. Allí, la gente practicaba todo tipo de ejercicios con armas: pistolas, fusiles, subfusiles. Otros entrenaban con hachas o en combate cuerpo a cuerpo. Para salir a la superficie, siempre había que estar preparado.
El murmullo de las conversaciones resonó en mis oídos al entrar. Varias miradas se posaron en mí, aunque solo durante un instante. En ese momento, la única persona que quería encontrar era Luke. Avancé entre la gente hasta acercarme a un grupo que practicaba defensa personal.
— Oye, Luke, ahí viene tu novia —comentó uno de ellos, dándole un codazo para que se girara.
— Hey —saludó, levantando la mano—. ¿Entrenas con nosotros?
Me detuve frente a él.
— Ven —le agarré de la muñeca derecha y tiré de él sin darle tiempo a reaccionar.
— Va... vale...
Lo conduje a toda prisa hacia su habitación. Necesitaba distraerme. Necesitaba dejar de pensar.
Luke era un chico al que conocí pocos días después de despertar del coma que me había mantenido dos años postrada en una cama. Ambos cargábamos con demasiado peso, y sin darnos cuenta habíamos encontrado en el otro una forma de alivio.
— Oye... —su voz sonó insegura—. ¿Te pasa algo?
— No hables —dije en voz baja, empujándolo suavemente hacia el interior de la habitación.
— Ashley, es que verte así me...
No le dejé terminar. Me acerqué a él y lo besé con urgencia, como si aquel gesto pudiera acallar todo el ruido que llevaba dentro. Luke reaccionó enseguida, cerrando la puerta tras nosotros.
El resto quedó envuelto en silencio compartidos, en miradas que decían más de lo que ninguno se atrevía a verbalizar. No era amor. Nunca lo fue. Era una tregua momentánea contra el dolor.
Al cabo de un rato, me senté al borde de la cama y empecé a vestirme sin decir nada.