El Amanecer De Los Caminantes

CAPÍTULO 2

Entreabrí los ojos. Un dolor punzante me recorrió el brazo, justo en el lugar donde el krul me había atacado. Hice una mueca mientras intentaba acomodarme en la cama.

Mis ojos se fijaron en Reggie. Estaba apoyado en la puerta, con los brazos cruzados y una expresión impenetrable.

— Reggie...me he desmaya...

— ¿Qué habría pasado si hubieras muerto? —me interrumpió de golpe.

Dejó de apoyarse en la puerta y se acercó lentamente hacia mí.

— ¿Crees que tus padres estarían felices? —abrí la boca para responder, pero volvió a cortarme—. Te lo respondo yo: no —me señaló con el dedo—. ¿Cómo se te ocurre disfrazarte de un miembro del equipo para salir al exterior? Te lo he dicho mil veces: lo tienes prohibido. ¡Deja de ser tan egoísta y piensa en la gente que te quiere!

— ¿En la gente que me quiere...? —murmuré en voz baja mientras me frotaba los párpados—. En este lugar nadie me quiere.

— ¿Cómo puedes decir eso...?

— ¡Dime alguien que me quiera tal y como soy!

— Yo. Y mucha más gente.

— Reggie, no nos mintamos. Tú solo te preocupas por mí porque me parezco a tu hija —mi mirada se endureció—. Solo sacas tu lado paterno conmigo.

— Ash...

— ¡No quieres que salga porque tienes miedo de perderme como la perdiste a ella! —mi voz se alzó, cargada de frustración—. Pero no puedes retenerme así. No soy tu hija. Y tú no eres mi padre.

Se quedó paralizado. De reojo, vi cómo sus manos empezaban a temblar y su respiración se volvía irregular.

— Si no hubiera ido con el equipo, la chica que trajimos estaría muerta. Y lo peor es que la habríamos visto morir, devorada por ese krul.

— ¿Estás dispuesta a sacrificar tu vida por salvar otra?

— Sí —dije sin dudar—. Cuando me salvaste, me diste otra oportunidad para seguir viviendo. Arriesgaste tu vida por mí... y yo quiero hacer lo mismo.

Se quedó en silencio unos segundos antes de girarse hacia la salida. Me levanté rápidamente de la cama. Sabía que sus emociones estaban a flor de piel.

— No me pasará lo mismo que a tu hija —dije con firmeza—. No moriré fuera.

Reggie sujetó el pomo de la puerta. Su respiración se aceleró.

— No afirmes cosas que no sabes si podrás cumplir —dijo al fin, abriendo la puerta y saliendo sin mirar atrás.

Suspiré en aquella habitación solitaria y, en cuestión de segundos, me dejé caer sobre la cama. Me tapé los ojos con la palma de la mano.

¿Por qué todo tenía que ser tan difícil?

— Puede que me haya pasado... —susurré—. Solo quiero salvar a la gente... ¿Es tan difícil de entender? —volví a dejar el brazo sobre la cama y fijé la vista en el techo—. Solo hago lo mismo que él hizo en su momento.

Solté un suspiro cansado.

— Ni siquiera sé dónde está esa chica... —bufé mientras me acomodaba.

Acto seguido, me levanté de la cama.

Caminé hacia la puerta. Mi brazo estaba envuelto en vendas. No sentía dolor, pero sí un hormigueo desagradable. Sujeté el pomo y lo abrí, sobresaltándome al ver al capitán justo delante de mí.

— Capi...

— Hola —me interrumpió, levantando la mano a modo de saludo—. Veo que ya estás despierta —me dedicó una breve sonrisa.

— S-sí.

— Vi a Reggie salir de tu habitación bastante mosqueado —cruzó los brazos—. Fue por lo de salir al exterior, ¿verdad?

— No te voy a contar nada —respondí, observándole con desinterés.

— No hace falta. Ya me echó la bronca a mí también —se frotó la nuca—. Solo quería saber si estabas bien del brazo —desvió la mirada hacia el vendaje.

— Estoy bien —levanté el brazo y lo moví con cuidado—. ¿Lo ves?

— De acuerdo —sonrió levemente—. Entonces ya no pinto nada aquí.

Me miró unos segundos antes de darse la vuelta para marcharse. Apreté el puño. Necesito su ayuda. Necesito su ayuda. Me asomé al pasillo y lo vi caminando hacia el final. Tenía que detenerlo.

— Espe... —mi voz tembló—. ¡Espera!

Se detuvo en seco y giró la cabeza hacia mí con una media sonrisa.

— Quieres saber dónde está ella, ¿verdad? —dijo, colocándose las manos en la cintura.

— Martín... ese era el motivo —respondí, desviando la mirada hacia la derecha antes de volver a mirarlo.

— Sabes que cuando alguien miente... —se acercó un poco más— suele mirar hacia la derecha —señaló con la mano—. Martín ya no está.

— ¿Cómo? —pregunté, alarmada—. ¿Qué quieres decir con que no está?

— Se infectó —su voz se quebró ligeramente—. Al día siguiente de haber estado expuesto al virus empezó a comportarse de forma errática. Tuvimos que encerrarlo...

— Entonces todavía podemos curarlo —respondí, con un hilo de optimismo.

— Ya no está, Ashley —se colocó justo frente a mí—. Fue uno de los primeros a los que entrené. Y ambos nos hicimos una promesa...

— ¿Os... prometisteis algo? —murmuré casi sin voz.

— Que, si él se infectaba... yo tendría que matarlo.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Un nudo se me formó en la garganta.

— ¡¿Por qué no lo retuviste en esa celda?! —grité, sintiendo cómo la frustración me quemaba por dentro—. ¡Podríamos haberlo salvado!

— Está prohibido tener infectados en la base —bajó la cabeza—. Este virus es muy cruel, Ashley... y a veces te obliga a tomar decisiones que jamás querrías tomar.

Tragó saliva antes de continuar.

— ¿Quién no ha pensado alguna vez que, si hubiera un apocalipsis, preferiría morir antes que sobrevivir? —su voz se volvió más grave—. Martín fue valiente hasta el final. Y aunque ya no esté... aunque me duela su pérdida... eso es lo que él habría querido.

Se apartó y comenzó a caminar por el pasillo. Lo observé con el corazón encogido. Me costaba respirar.

— Te acompañaré a la habitación de la chica —dijo, deteniéndose para mirarme.

— ¿C-cómo puedes hablar así...? —mis ojos se llenaron de lágrimas—. ¿Por qué no lloras mientras dices todo esto...?

Me limpié las lágrimas con las mangas de la camisa.




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