El Amanecer De Los Caminantes

CAPÍTULO 3

Me mantuve tendida en la mesa un par de minutos más hasta que decidí ponerme en pie. Lo más probable era que siguieran en el gimnasio; solo esperaba que Reggie no se enterara.

Caminé por el pasillo, dejando atrás la sala silenciosa y soltando un leve suspiro al pasar frente a la puerta del gimnasio. Tenía que matar el tiempo mientras terminaban la sesión, así que me dirigí a mi lugar seguro.

Avancé hacia las últimas habitaciones del pasillo. Cerca de ellas había una puerta de emergencia que casi nadie utilizaba, ya que daba al exterior. Lo que pocos sabían era que antes de salir había una pequeña zona de desintoxicación. Tardé apenas un par de minutos en atravesarla y, al pisar el exterior, respiré hondo mientras contemplaba el paisaje desolado. La brisa suave refrescaba el ambiente, aunque no hacía falta chaqueta. Me senté en el suelo, dejando que la vista se perdiera en el horizonte.

— ¿Qué hago...? —susurré, cubriéndome la cara con frustración—. Solo... tengo que disculparme. Solo eso.

Cerré los ojos unos segundos y dejé que la brisa me acariciara. En mi mente regresaron los recuerdos de cuando paseaba con mi hermano por los alrededores de la casa de nuestros padres. Al volver, siempre nos recibían con sonrisas y abrazos. Solté un suspiro largo mientras me frotaba la cara.

De repente, un ruido en la zona de desintoxicación me puso en alerta. Me levanté de golpe y, procurando no hacer ruido, me pegué a la pared, lejos de la puerta para que no me viera al instante. Me quedé inmóvil, escuchando cómo unas pisadas se detenían justo en el umbral.

— ¿Ashley...? —la voz dulce de la chica rompió el silencio—. Te vi entrar aquí.

Abandoné mi escondite y caminé hacia la puerta. Me apoyé en el marco con un hombro, cruzándome de brazos.

— Ahora me persigues —solté, alzando una ceja.

— Simplemente te vi pasar por el pasillo.

— ¿Y por eso me sigues, verdad?

— Necesitaba hablar...

— ¿Hablar? —me separé de la puerta— ¿Para seguir recrimi...? —me detuve en seco—. ¿De qué quieres hablar? —la miré de nuevo.

La chica tragó saliva antes de responder:

— Puede que mi comportamiento no haya sido el adecuado...

— ¿Cómo qué "puede"? —fruncí el ceño, confundida.

— A ver... La forma en la que te lo dije...

— Espera, espera —levanté la mano para que se detuviera—. ¿Me estás diciendo que solo estuvo mal cómo lo dijiste? O sea, ¿no te disculpas por lo que dijiste? —me pasé las manos por el pelo—. Flipo.

— Ash...

— Podrías mostrar un poco de empatía —la interrumpí—. Solo un poco, ¿sabes?

— Ya lo hago.

— ¡¿Que lo haces?! —alcé la voz—. Tu comportamiento fue asqueroso. No sabes nada de mí, ni de mi pasado ni de mi presente. No tienes derecho a juzgarme solo porque te salvé la vida —la señalé con el dedo—. Lo único que estás demostrando es un comportamiento propio de una cría de cinco años —mostré las palmas de las manos, harta—. Y ya está. Paso.

Me di la vuelta y caminé hacia la salida. No podía seguir viéndole la cara; me provocaba rechazo.

— Estoy intentando solucionar esto...

Me detuve en seco en el umbral de la puerta. Apreté los dientes antes de girarme. La miré fijamente, intentando entender qué pretendía.

— Si de verdad quisieras arreglar esto, te disculparías por lo que dijiste. Pero por tu boca solo sale que la culpa fue mía por reaccionar así —desvié la mirada hacia el paisaje desolado, intentando calmarme—. Así que yo por mi camino y tú por el tuyo.

Me encogí de hombros y me giré para marcharme, pero antes de cruzar la puerta sentí su mano rodeando mi muñeca.

— Me equivoqué —dijo con la voz más suave—. Reconozco que fue una metedura de pata hablar de cosas que ni siquiera sabía.

La miré, sorprendida. No esperaba escuchar aquello. Mi cuerpo se quedó completamente inmóvil mientras continuaba hablando.

— Cualquier cosa que diga te parecerá una excusa, pero... no sé cómo actuar después de perder a mi única familia.

Soltó mi muñeca. Sus manos temblaban ligeramente y la voz se le quebraba a ratos.

— Me centré en que todo era culpa tuya. Volqué en ti toda la rabia que llevaba dentro y te ataqué sin pensar. Lo hice mal. Al final, lo único que hiciste fue salvarme. Pero... —tragó saliva— ¿cómo sigo adelante? No tengo a nadie...

Las lágrimas comenzaron a resbalar por su rostro. Sin pensarlo demasiado, me acerqué y rodeé su cuello con los brazos en un abrazo.

— Entiendo tu rabia, y sé que esta situación es una mierda —dije en voz baja—. Las dos odiamos este virus. Nos arrebató a las personas que más queríamos. Pero hay algo que tengo claro: no va a quitarme las ganas de encontrar una cura y salvar a los que aún quedan.

— Pero...

— Vive por ellos —me separé un poco para mirarla a los ojos—. Estoy segura de que eso es lo que querrían.

Llevó las manos al rostro para secarse las lágrimas. A pesar de verla tan vulnerable, dentro de mí seguía habiendo frustración por lo que había hecho, pero estaba segura de que, con el tiempo, ambas aprenderíamos a llevarnos bien.

— Sé que no me vas a perdonar tan rápido —dijo con una sonrisa desanimada—. Así que dame tiempo.

— Que hayamos tenido esta conversación antes de saber nuestros nombres... es curioso, ¿verdad? —crucé los brazos.

— Es verdad —se rió—. No paro de cagarla —se cubrió la cara con las manos, avergonzada—. Me llamo Leah.

— Hola, Leah —le di un leve golpe en el hombro con el puño—. Si quieres quedarte un rato aquí, puedes —me di la vuelta para cruzar la puerta—. Pero una cosa... —me detuve y la miré por encima del hombro—. No le cuentes a nadie este sitio.

Asintió con la cabeza y desvió la mirada hacia el paisaje. Retomé mi camino de regreso, respirando profundamente al entrar en el área de desintoxicación. Nunca imaginé tener un encuentro así con ella.

Sujeté el pomo para salir, pero me sobresalté al ver a Reggie apoyado en la pared, con los brazos cruzados. al verme, clavó su mirada en mí.




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