El Amanecer De Los Caminantes

CAPÍTULO 4

Entreabrí lentamente los párpados, guiada por un leve aroma a vainilla. Sentía una ligera presión en el costado, como si algo me envolviera. Leah estaba abrazada a mí, y su respiración cálida chocaba suavemente contra mi espalda. Bajé la mano para sujetar su muñeca y apartarla con cuidado; en cuanto lo hice, se giró y me dio la espalda.

— Por esto no suelo dormir en la misma cama con nadie... —susurré mientras me incorporaba en un extremo del colchón.

Lancé una mirada al reloj: casi las seis de la mañana. Me levanté despacio, frotándome los párpados. Tenía que cambiarme antes de que despertara. Mientras me ponía la camiseta de entrenamiento, volví a observarla. No entendía por qué me había derrumbado frente a ella ni por qué le había contado cosas que nadie más sabía.

Me acerqué de nuevo a la cama y aparté un par de mechones de su pelo antes de susurrar:

— Leah... toca levantarse.

Escuché sus quejidos ahogados mientras se desperezaba. Se frotó los ojos y bostezó.

— ¿Qu-qué hora es? —preguntó con voz somnolienta, sentándose con el pelo completamente revuelto.

— Las seis y cuarto —me enderecé antes de que pudiera mirarme—. No quería irme sin avisarte.

— Gracias —dibujó una leve sonrisa.

— Bueno... —miré hacia la puerta—. Será mejor que vaya al gimnasio —retrocedí un par de pasos—. Si quieres, ponte algo de mi armario para no cruzar el pasillo en pijama.

— Gracias, de verdad —se acomodó en el borde de la cama—. Ahora iré.

Asentí mientras abría la puerta. En cuanto salí, apoyé la espalda contra ella y bajé la vista hacia el suelo.

— ¿Por qué siento... como si me hubiera quitado un peso de encima? —murmuré para mí misma.

— Hey.

El sobresalto fue inmediato al escuchar la voz de Luke tan cerca. Giré la cabeza bruscamente hacia la derecha, notando cómo el pulso se me aceleraba.

— Parece que hubieras visto un fantasma —me observó con una ceja arqueada—. ¿Estás bien?

— ¡Sí! —respondí demasiado rápido—. Estoy bien.

Sin pensarlo demasiado, me aferré a su brazo y empecé a caminar hacia el gimnasio.

— Vaya, te has levantado con mucha energía hoy —rió Luke.

— ¿Eso crees? —me separé de él con una media sonrisa.

— Nunca te había visto tan... cariñosa. ¿Ha pasado algo?

— ¡No! —me detuve en seco, alzando una ceja—. No tengo el corazón tan helado como piensas —lo dije en tono burlón.

Ambos reímos, pero nos quedamos inmóviles al ver a Reggie esperando junto a la puerta del gimnasio. Su mirada estaba fija en nosotros.

— ¿Qué querrá ahora? —murmuré en voz baja mientras nos acercábamos.

— Venid conmigo —nos señaló, apartándonos de la entrada—. Hay un tema que quiero tratar con vosotros.

Luke y yo nos cruzamos una mirada intrigada.

— Primero de todo, ¿cómo está la chica? —preguntó Reggie, fijando los ojos en mí.

— Leah está mejor. Aunque anoche le costó dormir.

— Es normal después de un intento de violación... —suspiró, llevándose la mano a la cintura.

— Dime que Andrew ha recibido el castigo que merecía —crucé los brazos.

— Lo ha recibido, tranquila —asintió con firmeza.

— Entonces, ¿para qué nos has parado? —intervino Luke.

— Quería informaros antes que a los demás —nos miró con seriedad—. He decidido daros luz verde para salir al exterior.

— Espera... ¿qué? —abrí los ojos de par en par—. ¿Por qué este cambio tan repentino?

— Porque, si seguimos como hasta ahora, nunca saldremos de este bucle —levantó la mano para detener cualquier réplica—. Pero hay una condición: tendréis que entrenar a la chica durante un breve periodo.

Luke y yo volvimos a intercambiar miradas. Finalmente, asentimos.

— Déjalo en nuestras manos —respondí con confianza.

— Dicho esto... —comenzó a caminar, pasando a mi izquierda—, si tienes tantas ganas de salir, demuéstramelo.

— ¡Sí, señor! —respondí con firmeza.

Escuché cómo se alejaban sus pasos y, sin darme cuenta, una sonrisa se dibujó en mi rostro.

— ¿Manos a la obra, compañera? —Luke me miró con complicidad.

— Por supuesto — le devolví la sonrisa con seguridad.

Nos dirigimos juntos al gimnasio, a la espera de Leah. Mientras tanto, empezamos a entrenar con el saco de boxeo. Pasados unos minutos, Leah apareció con una sonrisa tímida, aunque su expresión se ensombreció en cuanto estuvo frente a nosotros.

— Perdón por la espera —inclinó la cabeza en señal de disculpa.

— Agarra las vendas de la mesa y cúbrete los nudillos. Vas a entrenar con Luke —observé de reojo su ropa.

Ella asintió y se apartó. Fue entonces cuando noté la mirada de Luke fija en mí; frunció el ceño.

— Una duda... —se apoyó en el saco y susurró—. ¿Esa camiseta que lleva Leah no es tuya?

— ¿Y por qué susurras? —arqueé una ceja—. Las cámaras no graban sonido.

— Porque me sorprende. Nunca te he visto tener tanta relación con las mujeres de aquí.

— Luke... —le sonreí con falsa dulzura—. Cariño mío... —dejé caer la sonrisa de golpe—. Apenas me relaciono con la gente de aquí.

— ¿Entonces por qué lleva una de tus camisetas?

— ¿Me podéis ayudar con esto, por favor? —nos interrumpió Leah.

Ambos giramos la cabeza hacia ella. Estaba intentando vendarse la mano sin éxito. Me acerqué, sujeté la venda y la ajusté rápidamente.

— Listo — me aparté.

— Gracias... —murmuró en voz baja.

— De acuerdo, Leah —di un par de palmadas—. Nos han informado de que, si queremos salir al exterior, tendremos que entrenar a fondo —levanté el dedo meñique—. Además, hay que mejorar nuestra comunicación y nuestra confianza —acto seguido, levanté el anular.

— ¿Vamos a salir al exterior? —preguntó Leah con entusiasmo.

— Entrena con Luke. Él sabrá darte buenas lecciones —lo señalé con la mano.

— ¡De acuerdo! —respondió emocionada.

Caminó hacia él con determinación, mientras yo me dirigía a la mesa para sentarme y observar. Sabía que este entrenamiento no iba a ser fácil. Después de lo ocurrido con Andrew, su desconfianza hacia los hombres podía convertirse en un problema. Pero si Leah quería sobrevivir ahí fuera, tendría que aprender a confiar... al menos en nosotros.




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