Salí del gimnasio junto a Luke y Leah, caminando a paso ligero hacia el comedor, donde debíamos reunirnos siempre que sonaba la alarma. Los distintos grupos ya estaban allí, y el ambiente estaba cargado de tensión ante la incertidumbre de lo que estaba ocurriendo.
— ¿Cuándo suena esta alarma, qué significa? —preguntó Leah. Desvié la mirada hacia ella, que caminaba a mi derecha.
— Esta alarma suele tener dos significados... —hice una breve pausa—. O hay un krul cerca...
— ¿O...?
— O han atacado a un equipo y están pidiendo ayuda.
— ¡Atención, equipos! —escuchamos una palmada detrás de nosotros.
Al girarnos, vimos a Reggie con el rostro serio. Se le notaba intranquilo, preocupado.
— Hemos recibido una llamada de socorro del equipo Tirius —miró a todos los presentes—. Para quienes no los conozcáis, es un grupo encargado de investigar otros estados.
— ¿Dónde se encuentran ahora mismo? —pregunté.
— Fueron enviados a investigar el estado de Nevada. La señal de alerta se sitúa, concretamente, en la zona de Jackpot.
— Estaban de regreso... —susurré. Leah fue la única que me escuchó.
— Necesito que dos equipos cualificados se presenten voluntarios.
Miré a mi alrededor. Nadie se atrevía a levantar la mano; todos sabían que podía tratarse de una misión suicida. Y era la primera vez que rogaba internamente que no nos tocara a nosotros, porque Leah aún no estaba completamente entrenada.
— Equipo Eco —pronunció Reggie.
Todas las miradas se dirigieron hacia ellos: Dylan, Henry y Noah. Sus expresiones hablaban por sí solas; no querían ir.
— El equipo de Ashley —continuó—. A partir de ahora, vuestro equipo se llamará Foxtrot.
— Señor, aún no está preparada —intervino Luke.
— ¿Eso es cierto, Ashley?
Elevé la vista lentamente hacia Reggie hasta que nuestras miradas se cruzaron. Tragué saliva antes de responder.
— Reggie... —pronuncié en voz baja.
— Estoy preparada —fue Leah quien alzó la voz.
La miré de inmediato, sorprendida. Intentaba aparentar seguridad, pero el temblor de sus manos la delataba.
— Entonces está decidido. Id al vestuario y cambiaos —señaló los vestuarios a su espalda—. En cinco minutos quiero veros en la camioneta y, en seis, saliendo por la puerta.
Luego se volvió hacia el resto.
— ¡Los demás, seguir entrenando! —ordenó.
El grupo se dispersó a paso ligero, dejando a los dos equipos paralizados. Sabíamos que el lugar al que nos dirigíamos debía de estar infestado de kruls.
Apreté la muñeca de Leah y tiré de ella con rapidez hasta el vestuario de mujeres. Cerré la puerta de un portazo y me giré para encararme con ella.
— ¿Por qué has dicho que estás preparada? —pregunté, llena de rabia—. No lo estás.
— Sé disparar. Es lo único que importa.
— No sabes dónde nos estamos metiendo, ¿verdad? —señalé el suelo, frustrada—. ¡Ese sitio tiene que estar lleno de kruls!
— Entonces los eliminamos a todos —apartó mi mano de un tirón—. Tenemos que cambiarnos.
— ¡Te estaban temblando las manos! —le agarré la muñeca y se la levanté—. ¡¿Por qué coño haces esto?! —alcé la voz.
Me sostuvo la mirada durante unos segundos, en silencio. Después, retiró la mano con un gesto brusco antes de responder:
— Tú querías salir, ¿no? —encogió ligeramente los hombros—. Yo solo te he abierto la puerta.
Negué con la cabeza y aparté la mirada. Me mordí el labio, frustrada. Ya era demasiado tarde para evitar la misión. Solté su muñeca y me dirigí a una de las taquillas de la izquierda.
— Cuando salgamos, no te separes de nosotros —abrí la taquilla de golpe.
Escuché sus pasos acerándose hasta detenerse en las taquillas justo detrás de mí.
— No sabemos con qué nos vamos a encontrar, así que mantente alerta —añadí mientras empezaba a prepararme.
Me quité la camiseta y me puse una de manga larga para protegerme mejor los brazos.
— ¿Para qué sirve esta camiseta? —preguntó ella.
— Supuestamente, para protegerte mejor del virus y para que el calor no te afecte tanto —me la acomodé con cuidado.
— Pero si te arañan o te muerden, da igual que lleves manga corta o larga, ¿no?
— Eso pienso yo también, pero Reggie está convencido de que este trozo de tela puede salvarnos.
Cuando terminé de vestirme, cogí la máscara y cerré la taquilla de un portazo. Miré a Leah: estaba en sujetador, sosteniendo la camiseta entre las manos. Al notar mi mirada, apartó la vista de inmediato.
— Me voy —intenté no fijarme en ella—. Te espero fuera —señalé la puerta—. No te olvides la máscara.
— S-sí... —respondió.
Salí del vestuario y apoyé la espalda contra la puerta durante un instante, apretando la máscara entre las manos. Cuando me decidí, caminé hacia donde estaban los equipos, en concreto hacia Luke.
— ¿Ya estás cambiada? —preguntó—. ¿Y Leah?
— Aún se está cambiando —me froté la frente, preocupada.
— No tiene ni idea de dónde se está metiendo, ¿verdad?
— Está convencida de que vamos a acabar con todos los kruls que haya allí —negué con la cabeza—. A veces me hace pensar que nunca se ha topado con uno.
— Si se mantiene cerca, las probabilidades de que le pase algo disminuyen. Pero tiene que permanecer cerca —insistió.
— Lo sé... — susurré.
— ¿Estamos todos? —preguntó un hombre junto a la camioneta, alzando la voz.
— Aún...
— ¡Estamos! —me interrumpió una voz.
Desvíe la mirada hacia la derecha. Leah había llegado exhausta; seguramente había corrido hasta aquí.
— Entonces, subid a la camioneta —ordenó el hombre, golpeando la compuerta.
Tragué saliva antes de empezar a caminar hacia el vehículo. No podía evitar que las manos me temblasen de los nervios.
Al sentarme, distinguí a algunos compañeros. Leah estaba frente a mí. Mantuvimos la mirada durante unos segundos antes de apartarla. Levanté la mano con la máscara para ponérmela, observando cómo todos hacían lo mismo.