El Amanecer De Los Caminantes

CAPÍTULO 6

Me senté en el borde de la cama, con los brazos apoyados sobre las rodillas, observando al niño, que seguía acurrucado dentro del armario. Se abrazaba con fuerza a las piernas, como si intentara hacerse desaparecer. Leah, a mi lado, trataba de ganarse su confianza.

— Hola, pequeñín —se inclinó con suavidad y se agachó frente a él—. ¿Cómo te llamas?

— Ten cuidado —le advertí en voz baja.

— No pasa nada —me lanzó una mirada de reojo—. No parece que le hayan arañado.

Volví a fijarme en él. Su ropa estaba sorprendentemente limpia para haber estado tan cerca de los kruls.

— ¿Cómo has llegado hasta aquí? —pregunté.

— No tienes mucho tacto con los críos —murmuró Leah con un toque de ironía antes de volver a sonreírle al pequeño—. ¿Te gustan los superhéroes?

La pregunta pareció despertar algo en él. Nos miró de reojo, apenas un instante, pero fue suficiente para entender que íbamos por el buen camino.

— Seguro que te encanta Spiderman, ¿verdad?

— Sí... —respondió en un hilo de voz.

— A mí me flipa una parte de la peli en la que salva a todos los pasajeros de un barco. ¡Cómo lanza las telarañas! Fsssssh —hizo el sonido, imitando el gesto del superhéroe.

La observé con cierta admiración. Se le daban bien los niños; no me habría sorprendido que tuviera algún hermano pequeño.

— A mí también me gusta... —murmuró él, todavía tímido.

— Entonces tenemos buen gusto —Leah le sonrió con complicidad, dándole espacio para que se sintiera cómodo.

— Me llamo Alex... —desvió la mirada un instante hacia mí—. ¿Y el tuyo?

— ¿El mío? —me aclaré la garganta—. Yo prefiero a Iron man.

— También mola —dijo, esbozando una pequeña sonrisa.

— Yo me llamo Leah —añadió ella—, y necesitamos que nos contestes a unas preguntas, Alex.

El niño dejó de abrazarse a las piernas y asintió levemente.

— ¿Qué haces escondido aquí?

— U-un hombre me dijo que me quedara aquí —su voz temblaba de miedo—. Me dijo que volvería a por mí...

— ¿Era un hombre con vaqueros y una camiseta beige? —pregunté, frunciendo el ceño.

— Sí...

Me quedé paralizada. El krul que habíamos encontrado en la planta baja, el que parecía hipnotizado por la luz, era el mismo hombre que había protegido a Alex. Me levanté de la cama de inmediato y, con un leve gesto, indiqué a Leah que me siguiera. Caminamos juntas hasta la otra esquina de la habitación.

— ¿Qué pasa...? —susurró.

— El krul de la planta baja era el hombre que ayudó a Alex... —me pasé una mano por el pelo, inquieta.

— Su ropa está limpia; no creo que esté infectado... —acercó la mano a mi brazo con suavidad—. Confiemos. Puede que sea inmune, como nosotras.

— ¿Y si no lo es?

— Ash... —pronunció mi nombre en tono de advertencia.

Un sonido me hizo girar la cabeza hacia el niño. Se había puesto de pie junto a la cama y sostenía una de las máscaras que nos habíamos quitado antes de hablar con él.

— ¡Qué guay! —exclamó—. ¿Puedo probármela?

— Claro... póntela —le animó Leah con una sonrisa, pero enseguida volvió a mirarme y susurró—. ¿Entonces qué hacemos?

Caminé lentamente hacia el niño.

— Déjame ponértela.

Alex me observó con curiosidad.

— El hombre no tenía una de estas... —comentó.

— Porque esto solo lo tenemos los jóvenes —me agaché hasta quedar a su altura—. Y porque molamos más.

Sonrió antes de entregarme la máscara. Se la coloqué con cuidado sobre el rostro.

— ¿Puedo preguntarte algo? —dije mientras lo observaba con atención, buscando cualquier herida, mordedura o arañazo.

— Grrr... —hizo un ruido, como si fuera un astronauta comunicándose con la base—. Dime. Grrr...

— ¿Tienes alguna herida?

— No... —negó con la cabeza.

— ¿Y cómo llegaste hasta aquí? —le sujeté el brazo con suavidad, palpándolo por si tenía algún dolor o moratón.

— Vine con mis padres, pero tuvieron que irse un momento al edificio grande —señaló hacia la ventana—. Está cerca de aquí.

— Y te dejaron al cuidado del hombre... —le lancé una mirada rápida a Leah.

— Sí —asintió con total naturalidad y, acto seguido, bostezó.

— Seguro que tienes sueño, ¿verdad?

Volvió a asentir y se quitó la máscara, dejándola sobre la cama.

— Puedes dormir un rato.

— ¿De verdad? —nos miró sorprendido.

Aparté las sábanas para que pudiera meterse y lo arropé con cuidado. Alex se acomodó enseguida, como si estuviera en su propia cama. Cuando terminé, me giré hacia Leah, que estaba a los pies de la cama.

— Se nota que tenías un hermano —me miró con ternura—. Tienes dotes de hermana mayor —sonrió.

— No te creas... nunca fui una hermana ejemplar.

— ¿Acaso te emborrachabas y salías de fiesta todos los fines de semana? —alzó las cejas, divertida.

— No... nunca he probado el alcohol y tampoco me gustan las fiestas —me apoyé en el mueble frente a la cama.

— Entonces, ¿qué fue? —se sentó en el borde de la cama.

— Fui una hermana intermitente en su vida... hasta el último año antes de la pandemia —crucé los brazos—. Me culpo por haberme distanciado de él.

— Te culpas demasiado... —murmuró—. Yo no tuve hermanos, pero, desde mi punto de vista, nadie lo hace todo bien. Como te dije antes, somos humanos —me miró con dulzura—. Pero al final aprendiste a valorarlo.

— ¿Y de qué me sirvió? —me pasé una mano por la nuca.

— Te sirvió para aprender de tu error —se inclinó sobre la cama— y le regalaste un año de momentos increíbles.

— Todo esto es un asco... —solté un largo suspiro.

— Lo es. Pero tú no eres de las que tiran la toalla.

— Podría hacerlo... —me encogí ligeramente de hombros.

— ¿La superheroína de Idaho rindiéndose?

— No me llames así —bajé la mirada, intentando contener la risa—. ¿Por qué se te ocurrió eso?

— Si no lo hubiera hecho, no te estarías riendo —inclinó la cabeza, divertida.




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