El Amanecer De Los Caminantes

CAPÍTULO 7

Leah

Domingo, 14 de junio de 2026 (Burley)

Mi familia nunca fue perfecta, pero siempre supieron comprenderme, y eso los hacía únicos. Sin embargo, la vida no siempre es justa. Cuando tenía nueve años, perdí a mis padres en un accidente de tráfico. Eran los pilares fundamentales de mi vida y su ausencia me sumió en una burbuja de soledad de la que parecía imposible salir. Mi único refugio fueron la música y las películas románticas.

Con los años, aquella oscuridad empezó a disiparse. Apareció alguien que me devolvió la capacidad de soñar: una luz delicada en medio de mi tormenta. Su cabello rubio y sus ojos verdosos iluminaban mis días, dándome un motivo para seguir adelante y afrontar otro curso en el instituto.

— ¡Leah!

La voz de mi abuela, desde la planta baja, me sacó de mis pensamientos. Estaba frente al espejo del baño, terminando de arreglarme antes de salir hacia el instituto. Me apresuré a acomodarme el pelo negro, agarré mi chaqueta azul oscuro y la mochila, y salí corriendo por el pasillo.

— ¡Voy! —respondí en voz alta.

— Vas a llegar tarde.

Al bajar las escaleras, crucé la puerta de la izquierda que daba a la cocina. Mi abuela colocaba cosas sobre la mesa, mientras mi abuelo permanecía sentado en su silla de siempre.

— Aquí estoy —dije con una sonrisa.

— ¿Lo llevas todo? —mi abuela me miró de arriba abajo con el ceño fruncido—. ¿Los libros? —alzó las cejas—. ¿Los bolígrafos?

— Lo sé, yaya —respondí, rodando los ojos mientras me colgaba la mochila al hombro.

Me tendió un bocadillo recién hecho. Le di un par de mordisco antes de salir de casa. El día estaba despejado, sin una sola nube en el cielo. Caminé por la calle con una sonrisa, aunque pronto empecé a notar los murmullos a mi alrededor:

¿Has oído las noticias?

¿De verdad hay un nuevo virus?

¿Volveremos a pasar por lo de hace años?

La incertidumbre se había apoderado de todos, pero dejarse arrastrar por el pánico no ayudaría a nadie. Al fin y al cabo, si el virus fuese tan grave, no nos habrían dejado ir al instituto.

— ¡Eh, Leah!

Escuché mi nombre a mis espaldas y giré la cabeza. Corriendo hacia mí venía Daren, uno de mis mejores amigos. Nos conocimos al inicio de la universidad, hacía ya cuatro años, y desde entonces nos habíamos vuelto inseparables.

— ¡Hola! —saludé con una sonrisa mientras se colocaba a mi lado.

— ¿Has oído lo último? —preguntó, dándome un ligero golpe en el hombro—. Imposible que ya lo sepas.

— ¿Te refieres al virus? —arqueé una ceja.

— Vaya, no pensé que fuese tan fácil —alzó las manos, fingiendo rendirse—. ¿Sabes que podríamos estar a las puertas de una pandemia?

— Puede que sea solo un virus pasajero —me encogí de hombros—. No creo que tenga el mismo impacto que otros.

— Ah, ya entiendo —su tono se volvió burlón—. Si hubiera una pandemia, no podrías ver a tu persona favorita todos los días.

— ¡Cállate! —protesté, dándole un leve empujón—. Sabes que no es por eso.

— Claaaro... —rió antes de rodearme con un abrazo.

Las conversaciones con Daren siempre eran entretenidas; podíamos pasar horas hablando de misterios del mundo, teorías sobre extraterrestres y conspiraciones. Por eso nos llevábamos tan bien.

Caminamos juntos hasta el campus, pero al llegar cada uno se dirigió a su respectivo edificio. Desde pequeña había sentido curiosidad por la ciencia, influenciada por mi padre, que era investigador. Tal vez por eso había decidido estudiar biología.

Las horas pasaron rápido, aunque el ambiente en el aula se volvía cada vez más tenso. Muchos de mis compañeros no dejaban de mirar sus teléfonos, con el rostro marcado por la inquietud. Abrí el cajón de mi pupitre y saqué el móvil. En cuanto lo encendí, la primera notificación que apareció en la pantalla me heló la sangre:

«El virus Lombux se expande por todo el país».

«Decenas de muertos en Twin Falls».

Me quedé paralizada. Twin Falls estaba a solo unos kilómetros de aquí.

— Profesora... —una voz rompió el silencio del aula—. ¿Lo de las noticias es cierto? ¿El virus de verdad está fuera de control?

— ¡¿Vamos a morir?! —gritó una chica desde la última fila.

— ¡Calma, chicos! —intentó tranquilizarnos la profesora, pero el caos ya había comenzado.

La puerta del aula se abrió de golpe y un hombre de unos cincuenta años hizo un gesto urgente a la profesora. Algo grave estaba ocurriendo.

— Yo no pienso quedarme aquí —soltó uno de los chicos, levantándose con la mochila—. ¿¡Veinte mil muertos en Twin Falls y quieren que sigamos en clase como si no pasara nada!? ¡Yo me largo!

Salió apresurado y, poco a poco, el resto lo imitó. En cuestión de minutos, el aula quedó completamente vacía.

Agarré mi mochila y eché a correr hacia la salida. Los pasillos retumbaban con murmullos nerviosos y pasos apresurados. Ahora mismo, solo quería encontrarla.

— ¡Leah!

Levante la vista y vi a Alyn alzando la mano entre la multitud. Su expresión era de pura preocupación. Corrí hacia ella y, sin pensarlo, me agarró del brazo.

— ¿Estás bien?

Antes de que pudiera contestar, una de sus amigas se despidió a toda prisa.

— Yo me voy.

— De acuerdo, Bec —respondió Alyn, sin apartar la mirada de mí.

Eché un vistazo a mi alrededor buscando a Daren, pero no conseguí verlo por ninguna parte.

— Vamos a mi casa y miramos las últimas noticias. ¿Qué te parece? —sugirió Alyn con una leve sonrisa.

Asentí y nos pusimos a caminar. Su casa quedaba a solo una calle de la mía: paredes blancas, suelo de madera clara, un lugar cálido y familiar. Caminábamos de la mano, intentando no dejarnos arrastrar por el miedo que se respiraba en el ambiente.

— ¿Has visto la última noticia? —preguntó Alyn, arqueando una ceja.




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