El Amanecer De Los Caminantes

CAPÍTULO 8

Ashley

Viernes, 13 de noviembre de 2028

Abrí los ojos con cuidado y me quedé mirando el techo blanco. El dolor en el cuello había desaparecido. Elevé la mano derecha; la calma me envolvía. Entonces desvié la mirada hacia la izquierda y noté algo: alguien sujetaba mi mano. Leah se había metido de nuevo en mi cama. No podía apartar los ojos de ella.

Me había salvado en Jackpot y me había cuidado como nadie cuando peor lo estaba pasando. Es tan raro encontrar gente así hoy en día que no sabía ni cómo reaccionar.

— Gracias... — susurré, acercando la mano a su rostro.

Aparté con delicadeza varios mechones de su cara, sin querer despertarla ni asustarla. Entonces, un par de golpes resonaron en la puerta. Retiré la mano rápidamente y cerré los ojos. Seguía escuchando los golpes. ¿Por qué me escondo?

Mantuve los párpados cerrados mientras notaba cómo Leah se apartaba de mí y salía de la cama. Sus gruñidos mañaneros me arrancaron una breve sonrisa.

— Hola, Leah —reconocí la voz de Reggie.

— Hola.

— ¿Se encuentra mejor?

— De momento sí. No se ha vuelto a quejar de dolor. Ahora está durmiendo.

— No la dejes demasiado tiempo. Cuando duerme mucho, se levanta bastante enfadada.

— De acuerdo.

— Espero veros pronto, curadas y con vuestras increíbles actitudes —dijo Reggie riéndose—. Nos vemos.

En segundos, la puerta se cerró y escuché las pisadas de Leah acercándose. Sentí un movimiento a mi derecha hasta notar la suavidad de sus dedos sobre mi rostro. Me acariciaba con ternura.

— Sé que estás despierta... —susurró—. Antes noté cómo me apartabas algunos mechones de la cara.

— ¿Tanto se me ha notado? —abrí los párpados para mirarla.

— No se te da bien disimular —sonrió mientras se apartaba.

— Ya me lo decía mi madre: que no sabía mentir bien —negué con la cabeza mientras me acomodaba en la cama.

— No te fuerces. Solo faltaría que la herida se te abriera otra vez.

— ¿Y tú? —pregunté—. Mi herida es la más visible, pero no he sido la única con lesiones.

— Si te refieres a la del costado, está mejor —levantó brevemente la camiseta para enseñarme la gasa que la cubría—. ¿Ves?

Fijé la mirada en su herida, aliviada de que no hubiera sido tan grave. Zarandeé brevemente la cabeza. ¿Por qué me preocupo tanto por ella?

— ¿Estás bien? —me miró, preocupada—. Si te estás volviendo a marear...

— ¡No! —alcé la voz, sorprendida—. Solo me vino algo a la cabeza, nada más.

— ¿Puedo preguntarte algo?

— Claro —asentí.

— Cuando te muerden, ¿siempre es así? —se frotó las manos, nerviosa.

— Normalmente sí. La herida arde y duele mucho, pero suele durar casi un día. A ti te han tenido que morder alguna vez; eres inmune.

Guardó silencio un instante.

— Sí... me mordieron en el brazo cuando los infectados llegaron a mi ciudad —lo dijo con inquietud.

— Aunque sabemos que eres inmune porque no necesitas la máscara en el exterior.

— Eso era algo que quería comentar —se aclaró la garganta—. Sabéis que la máscara no es necesaria, ¿verdad?

— ¿Cómo? —fruncí el ceño—. El virus se transmite por el aire, mordiscos y arañazos —me incorporé en la cama—. Si no llevamos la máscara, nos infectamos.

— Estuve dos años encerrada en casa de mis abuelos en Burley y nunca usamos máscaras —se frotó la nuca—. Salí muchas veces al exterior, me encontré con gente, incluso con infectados... No sé de dónde habéis sacado esa información.

— ¿Pondrías la vida de los que están aquí en tus manos? —dije, señalando la puerta—. ¿Irías uno por uno diciéndoles que no usen la máscara porque tú crees que no les pasará nada?

— Es una bacteria, y según investigué...

— ¿Cómo que bacteria? —le interrumpí—. Es un hongo.

— ¿Qué? —negó con la cabeza—. Estás equivocada. Es una bacteria muy letal.

Me incorporé en la cama. Era hora de mostrarle todo lo que sabíamos sobre el virus y, lo más importante, presentarle a mi hermano.

— Sígueme —dije con determinación—. Vamos a un sitio, pero debes prometer que no se lo dirás a nadie.

— Con eso me asustas.

— Puede que te asuste.

— Eso no ayuda... —sonrió con nerviosismo—. Pero he vivido mucho tiempo fuera; esto no será nada — se acercó y me guiñó un ojo—. Te sigo.

Le hice un gesto para que saliera de la habitación antes que yo y empezamos a caminar por el pasillo. No sabía cómo reaccionaría al ver a un krul en la base; además, era algo totalmente prohibido.

— Te noto nerviosa —dijo, mirándome de reojo—. No será nada obsceno, ¿verdad?

— ¡Por Dios, no! —respondí sin pensarlo.

— Oye... —me sujetó del brazo—. No te preocupes —sonrió—. ¿Qué podría salir mal? ¿Que haya un infectado en la base? —añadió con ironía—. Lo dudo; aquí estáis muy bien protegidos.

Cuando nos detuvimos frente a la sala donde estaba mi hermano, lancé una última mirada a Leah. Acerqué la tarjeta que siempre llevaba al lector y la puerta se abrió. Ambas entramos en la habitación en penumbra.

— Me ha dado escalofríos —rió.

En segundos, las luces se encendieron y revelaron la figura de mi hermano tras el cristal. Miré a Leah y la vi quedarse completamente paralizada.

— Hay que matarlo... —apretó los puños—. ¡Ash, hay que matarlo! —alzó la voz.

— ¡No! —repliqué, tajante—. No vamos a matarlo.

— ¿¡Qué!? —me miró incrédula—. ¿¡Vas a proteger a un infectado!?

— Voy a proteger a mi hermano, cueste lo que cueste.

— ¿Tu hermano? —susurró, sorprendida.

— Si me escuchases y dejaras de gritar, entenderías muchas cosas —señalé hacia él—. Cuando se infectó hace dos años, lo encerraron aquí para investigar el virus. Tenía solo quince años... y, a pesar de todo, me alegré de verlo con vida.

— ¿Y han encontrado algo para revertirlo?

— Todavía no. Es complicado...




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