El Amanecer De Los Caminantes

CAPÍTULO 10

Observaba el suelo en completo silencio mientras Levi repartía indicaciones. La imagen de la silueta en el horizonte seguía clavada en mi cabeza; la veía una y otra vez, como un eco persistente. No presté atención a nada hasta que escuché mi nombre.

— Ashley.

Levanté la vista. Levi me miraba con expresión seria.

— Dylan te acompañará a buscar provisiones —señaló en su dirección.

Suspiré y aparté la mirada. Dylan me observaba con una frustración evidente. Ajusté el arma entre las manos y examiné los grupos que Levi había formado. No era difícil adivinar que se había emparejado con Leah para vigilarla: Luke, Noah y Henry se ocuparían de los supermercados; Leah y Levi, de las farmacias; y a mí me había tocado recorrer las casas con Dylan.

El ambiente entre nosotros era incómodo. No habíamos empezado bien y no parecía que fuera a mejorar. Caminamos en silencio por la carretera hasta llegar a la primera viviendo.

— Tenemos una sola misión: buscar comida y medicamentos —lo miré de reojo—. No robaremos nada.

— ¿Y por qué? —preguntó con indiferencia.

— Porque no somos ladrones y no vamos a convertirnos en ello.

— Eso lo serás tú.

Le apoyé una mano en el pecho para detenerlo.

— ¿Por qué coño actúas así? —fruncí el ceño—. ¿Qué te pasa?

— ¿Y cómo quieres que actúe? —se encogió de hombros—. No llevamos una vida normal. Estamos rodeados de monstruos y vienes tú a decirme que me comporte como si aquí siguiera viviendo gente —se inclinó hacia mí—. Tú haz lo que te dé la gana y yo haré lo mismo.

— Por eso nadie te soporta. Ni siquiera tu propio equipo —le señalé con el dedo—. El día que necesites ayuda, no tendrás a nadie que te tienda la mano.

— Ya lo veremos, enana —Dylan sonrió con burla.

Llegamos al porche. Antes de que pudiera pensar cómo entrar sin forzar nada, Dylan le dio una patada a la puerta principal.

— Listo —me miró—. Abierta.

Con el arma en alto, él apuntó hacia el interior y yo entré detrás. La casa estaba sorprendentemente iluminada. Miré a mi alrededor: los muebles estaban impolutos. Pasé un dedo por una de las superficies. Era como si el tiempo no hubiese pasado por allí.

— Esta casa está demasiado limpia, ¿no crees? —pregunté.

— ¿Crees que sigue viviendo alguien aquí?

— Puede ser. O quizás está tan bien cerrada que ni siquiera ha entrado el polvo —le di un leve golpe en el hombro—. Quédate aquí; yo revisaré el comedor.

Me alejé hacia la estancia de la izquierda. La distribución era la típica: en la planta baja, comedor y cocina; arriba, las habitaciones y los baños.

Recorrí la sala con atención. Todo estaba impecable, como si alguien hubiese vivido allí hasta ayer. Resultaba inquietante. Regresé junto a Dylan; me miró arqueando una ceja.

— No hay nada.

— Revisamos arriba —indicó, señalando las escaleras con el arma.

— De acuerdo —me coloqué detrás de él, vigilando las habitaciones de la izquierda—. Yo me encargo de estas; tú revisa las de la derecha —volví a darle un leve golpe en el hombro antes de separarnos.

El silencio lo llenaba todo. Me recordó a la primera vez que entré en una casa con Martín: esa mezcla de quietud y oscuridad que amplificaba mi respiración y los latidos de mi corazón.

Me acerqué a la habitación más alejada y empujé la puerta despacio con el cañón del arma. Un chirrido rompió la calma. Dentro, todo estaba en orden; carteles de grupos musicales colgaban de las paredes.

— ¿Quién viviría aquí...? —murmuré.

Pasé a la siguiente habitación. El tono pastel de las paredes y una cuna con detalles rosados lo dejaban claro: era de una niña pequeña.

— ¡Vacía! —avisé.

— Aquí también —Dylan apareció en el pasillo—. Todo está demasiado limp...

Al girarse y abrir la puerta del baño, un estruendo nos hizo correr hacia él.

— ¡Joder! —exclamó, retrocediendo hasta chocar contra la pared.

Apunté al interior con el arma. Un krul estaba atado con una cuerda a la barandilla de la bañera. Gruñía con furia, intentando liberarse.

Miré a Dylan y arqueé las cejas, sorprendida, antes de darle un leve golpe en el pecho.

— Estás hecho un machote —dije en tono burlón mientras bajaba el arma y sacaba el puñal del cinturón.

— Se habría asustado cualquiera —resopló Dylan, todavía con la respiración agitada—. Apareció de repente...

— Solo escucho excusas.

Me acerqué con cautela, el puñal firme en la mano. Sujeté al krul por el cuello, evitando que pudiera lanzarse hacia mí, y con un movimiento rápido y certero lo apuñalé en la sien. El cuerpo se desplomó con un golpe seco. El silencio volvió a apoderarse del lugar.

— ¿Crees que se ató antes de convertirse? —pregunté mientras limpiaba la hoja en el pantalón antes de guardarla—. ¿O alguien más lo ató?

— Lo ataron —su tono firme no dejaba lugar a dudas—. Mira sus manos: están amarradas por detrás. Es casi imposible hacerse esos nudos sin verlos.

— Esta casa ya no es segura —me abrí paso en el baño y revisé el mueble del espejo, donde suelen guardarse los medicamentos. Nada. Suspiré, cerrando la puerta del armario con más fuerza de la necesaria.

— Vamos a por la siguiente.

Salimos al exterior. La inquietud me calaba los huesos. ¿Cómo había acabado ese hombre maniatado en el baño? Nos acercamos a la casa de al lado. Al cruzar el umbral, la sensación volvió: orden perfecto, muebles intactos, ninguna señal de polvo ni de abandono.

— Dylan, esto me da muy mala espina —avancé hacia el comedor, pero tampoco había rastro de nadie—. Todo está exactamente igual... como si... —me detuve un instante, buscando las palabras—. Como si fuera un refugio, un lugar donde cada familia tiene asignada una casa.

— ¿Crees que usan esta ciudad como alojamientos? —Dylan frunció el ceño.

— Déjame comprobar algo...

Subimos a la planta superior. Fui directa hacia las habitaciones de la izquierda, recordando los detalles de la casa anterior.




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