El Amanecer De Los Caminantes

CAPÍTULO 12

Mi mirada permanecía fija en un punto de la habitación oscura. Las persianas estaban bajadas para evitar que la luz atrajera a los kruls.

Sentada en el frío suelo, abrazaba mis rodillas, con la barbilla apoyada en ellas. Desde la planta baja llegaba el débil murmullo de los demás, pero sonaba distante, casi irreal.

— Si no hubiera estado aquí... —susurré—. Ahora mismo estaría entrenando con Luke... Ben... y Adler... —oculté el rostro entre las piernas—. Intentó quitarse la vida... —negué con la cabeza—. ¿Por qué dijiste eso, Ashley? —me llevé una mano al cabello, enredando un mechón entre los dedos—. Es tan... perfecta que a veces da rabia.

De repente, golpeé el suelo con los puños.

— ¡Perfecta! —alcé la voz—. ¡Joder!

En ese momento, tres golpes suaves resonaron en la puerta. Luego, la voz de Luke:

— Te dejo la bandeja con la comida en el suelo —hizo una pausa—. Por favor, come algo.

Levanté la mirada hacia la puerta. Solo tenía que incorporarme, abrirla y hablar con él. ¿Por qué se me hacía tan difícil? Mi cuerpo seguía paralizado. Quizás por vergüenza.

— Leah... está dispuesta a hablar —continuó Luke—. Tenéis que comunicaros como gente civilizada.

Me acerqué a la puerta con sigilo, procurando no hacer ruido. No iba a engañarme: tenía hambre. Llevaba horas sin comer nada, aunque después de ver todos esos cuerpos en la base, a cualquiera se le quitarían las ganas de probar bocado.

Apoyé la oreja contra la madera, escuchando sus pisadas alejarse, el crujido de las escaleras, el eco disipándose hasta desaparecer por completo.

— No quiero ver a nadie... —bufé.

Abrí la puerta con cautela. Como era de esperar, no había nadie. Recogí la bandeja y la llevé dentro.

Me acerqué a la mesita frente a la cama. La tenue luz que se filtraba por las persianas me permitió ver mi reflejo en el espejo colgado en la pared. Observé con desánimo la lata de ensalada de verduras que Luke me había dejado. Ya empezaba a echar de menos la comida casera de la señora Emma.

Dejé la bandeja sobre la mesa y, sin pensarlo, alcé la vista hacia el espejo. Me examiné con detenimiento. Recorrí cada rincón de mi cuerpo con la mirada. Las heridas del rostro seguían visibles. Y en las costillas... el dolor continuaba ahí, punzante, constante.

— Tengo que curármelo... — murmuré, palpando la zona con cuidado.

— ¿Curarte tú?

Mi respiración se detuvo. Alcé la mirada de golpe. Mi reflejo... me estaba hablando. Sacudí la cabeza. No. No era real. No podía serlo.

— Siempre necesitarás a otros —mi reflejo sonrió con malicia—. Te crees capaz de hacerlo todo sola, pero cuando un solo monstruo te ataca, ni siquiera sabes defenderte.

— Cállate... —susurré, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda.

— No eres capaz de dar ejemplo. Ni siquiera pudiste hacerlo con tu hermano. Tal vez... la que debería desaparecer eres tú.

— Que te calles... —mis manos se crisparon sobre la mesa.

— Noah murió por tu culpa... —la voz de mi reflejo se volvió más grave, más cruel—. Henry murió por tu culpa.

— No... —negué, con el pecho oprimiéndoseme.

— ¡Tú mataste a tu hermano! —el grito retumbó en toda la habitación.

— ¡Cállate! —estallé, arrojando al suelo todo lo que había sobre la mesa. Los objetos cayeron con estrépito—. ¡Mientes! —golpeé el espejo con el puño—. ¡Mientes!

El cristal se resquebrajó. Algunas esquirlas cayeron sobre la mesa; otras, al suelo. Retrocedí con la respiración entrecortada, notando los latidos vibrar en la mano dolorida. Las lágrimas resbalaron por mi rostro mientras me dejaba caer hasta el suelo y volvía a abrazar mis rodillas.

— Fui yo... fui yo... —me repetía una y otra vez, con la voz rota, apenas un murmullo—. Fui yo...

La puerta de la habitación se abrió de golpe. No alcé la mirada. Seguía escondida entre mis piernas, los sollozos llenando la estancia. Las manos me temblaban sin control.

Lo maté yo. Lo maté yo.

— Maté a mi hermano... —susurré, casi inaudible—. Fui yo... yo lo hice... fue por mí... todo fue por mí... —lo repetí una y otra vez, como si decirlo pudiera darle algún sentido.

— Ash... —la voz de alguien se acercó.

— ¡No me toques! —grité, retrocediendo con brusquedad. Me hice un ovillo, más pequeño, más insignificante—. Fui yo... fui yo... —la ansiedad me devoraba desde dentro.

Pero la persona que estaba en la habitación no se fue. Se sentó a mi lado, en silencio. No dijo nada; simplemente permaneció allí. Su presencia no me incomodó. Al contrario, sentí un extraño alivio.

— Lo maté... —susurré—. Tiene razón...

— ¿Quién tiene razón? —preguntó una voz suave, femenina.

— La mujer del espejo... —murmuré—. Soy yo la que debería desaparecer... —me abracé con más fuerza a las piernas, clavándome las uñas en los brazos—. Soy la culpable de todo...

— Ash... —noté una mano cálida posarse sobre mi brazo—. No es verdad...

— ¡Mientes! —alcé la vista por primera vez—. Mientes, Leah... —negué con la cabeza y desvié la mirada hacia los cristales rotos esparcidos por el suelo.

No aguantaba más. Me lancé hacia los fragmentos y agarré uno. Pero antes de que pudiera hacer nada, unos brazos me rodearon y ambas caímos al suelo.

— ¡Déjame! —forcejeé con todas mis fuerzas.

— ¡Suelta el cristal! —Leah luchaba por alcanzarlo, intentando arrancármelo de la mano—. ¡Ash, suéltalo! —sus piernas se entrelazaron con las mías, inmovilizándome—. Por favor... —su voz se quebró en una súplica.

— No quiero...

Mis dedos se aflojaron. Leah aprovechó ese instante para arrebatármelo y lo lanzó lejos, fuera de mi alcance. Yo solo quería volver con mi familia. Quería escuchar sus voces. Sus risas.




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