Sábado, 20 de abril de 2030
Abrí los párpados de golpe, sobresaltada. El mismo sueño. Otra vez. Después de dos años, seguía reviviendo la muerte de todos en la base. Mis ojos ardían de puro cansancio, como si no hubiera descansado en meses.
— Sigo sin poder dormir bien... —susurré, frotándome los párpados.
Cada músculo de mi cuerpo estaba agotado. Cada movimiento era lento, como si el tiempo avanzara en cámara lenta solo para mí. Solté un suspiro profundo antes de acercarme al borde de la cama y ponerme en pie.
Dos años en el Oasis... y ni una sola pista nueva. Era desesperante.
Me pasé una mano por el pelo mientras bajaba las escaleras de la pequeña casa. Era sencilla: dos plantas, tres habitaciones arriba y una más en la planta baja, junto al comedor y la cocina.
Mi mirada se centró en el grupo. Todos estaban reunidos alrededor de la mesa del salón, cubierta de papeles y post-its.
— ¿Habéis encontrado algo? —pregunté, acercándome.
Dylan y Luke lucían la barba más larga; Levi, en cambio, se la había recortado bastante. Las únicas que seguíamos casi iguales éramos Leah y yo. Me coloqué junto a Dylan y fijé la mirada en Levi.
— Acabamos de volver de investigar los alrededores de la ciudad de Elko —explicó—. Antes de adentrarnos del todo, queríamos evaluar la situación.
— Iré con vosotros —lo solté sin pensarlo.
— Ashle...
— No —Leah lo interrumpió antes de que terminara—. No vas a venir.
— ¿Desde cuándo mandas tú aquí? —pregunté, incapaz de disimular el disgusto. Sentí cómo la mandíbula se me tensaba.
En los últimos meses, Leah y yo habíamos chocado demasiado. Hasta el punto de pasar días sin dirigirnos la palabra. El cansancio me volvía irritable, la falta de avance me frustraba y, últimamente, tenía la sensación constante de que todos iban en mi contra.
— Desde que apenas duermes —Leah frunció el ceño—. Lo único que harías es estorbar.
— Ahí le doy la razón —intervino Levi—. Solo tienes que mirarte en un espejo. Estás hecha polvo —me señaló—. Necesitas descansar.
— Estoy bien —insistí.
— Oye, Ashley... —Luke apoyó una mano en mi hombro—. Sé que quieres salir y ser útil, pero ahora mismo no tienes ni la fuerza ni la agilidad necesarias. Salir así sería un suicidio.
— Dylan —Leah desvió la mirada hacia él—. Nos adentraremos un poco en la ciudad e intentaremos volver antes de que anochezca.
— De acuerdo.
Vi cómo Leah se acercaba a Dylan y le susurraba algo al oído. Mi cuerpo se tensó al instante. ¿Por qué me molestaba tanto?
— ¿A qué juegas...? —murmuré, apenas audible.
Levi y Leah se dieron la vuelta para salir de la casa. Sentí cómo las manos se me cerraban en puños. La impotencia me carcomía por dentro. El temor al abandono se filtró en mi pecho como veneno lento.
— ¿Cómo puedes ser tan hijo de puta? —estallé, clavando la mirada en Dylan.
— Ashley... —Luke intentó calmarme.
— Ahora se hace el niño bueno, cuando todos sabemos que lo único que quiere es llevársela a la cama —me planté frente a él, sosteniéndole la mirada sin pestañear.
— Qué forma tan curiosa de decirlo —Dylan se frotó la barba con una sonrisa burlona—. Lo que me sorprende es que estés actuando así —su sonrisa se ensanchó—. Si Leah quiere probar a un buen moreno, te vas a tener que aguantar.
— Oye, Dylan —Luke se acercó y le dio un golpe en el brazo, a modo de advertencia.
— Tú ya tienes al tuyo para desfogarte —Dylan inclinó la cabeza y soltó una risa corta, lanzándole una mirada de soslayo a Luke—. No intentes acaparar... o, ¿acaso quieres un trío con Leah?
El ambiente se volvió tan tenso que se podía cortar con un cuchillo. El odio creció dentro de mí, ardiendo sin control. No lo pensé. No lo planeé. Simplemente reaccioné.
Con un movimiento rápido, levanté la rodilla y le golpeé en la entrepierna.
— Joder... —se quejó Dylan, doblándose hacia adelante.
Di un paso atrás. Una presión sofocante se instaló en mi pecho. El mundo empezó a volverse borroso y mi respiración se volvió errática.
No.
Aquello ya lo había vivido antes.
Y no quería volver a sentirlo.
— ¡Niñata! —la voz de Dylan rebotó en mis oídos justo antes de que todo se desvaneciera.
Mentiría si dijera que nunca había sentido ansiedad. Pero, en los últimos años, se había convertido en una sombra constante, una presencia asfixiante de la que no podía escapar. Y lo peor... ya no tenía fuerzas para seguir peleando contra ella. Me estaba quedando atrás. Y eso me llenaba de frustración, miedo... y un odio profundo hacia mí misma.
Entreabrí los ojos en la oscuridad. Estaba tumbada en algo cómodo... ¿una cama? Me froté los párpados y suspiré. El peso de la ansiedad parecía haberse calmado. Por primera vez en mucho tiempo, sentí un atisbo de alivio.
— Me siento bien... —susurré, llevándome ambas manos al pecho—. No estaré muerta... ¿verdad? —añadí con un hilo de ironía.
Justo entonces, la puerta se abrió. Leah entró con el ceño fruncido; su rostro mostraba preocupación. Encendí la lámpara de la mesita para iluminar la habitación.
— ¿Estás bien? —preguntó, cerrando la puerta tras de sí—. Me han dicho que te desmayaste —se acercó con un vaso de agua.
— Apenas recuerdo lo que pasó —mentí—. Igual me desmayé por el cansancio —bufé—. Tú no estabas en...
— Pero ya estás mejor, ¿no? —me interrumpió mientras se sentaba en el borde de la cama.
— Creo que sí...
— ¿Por qué sigues preocupándonos? —Leah dejó el vaso en la mesita y soltó un suspiro.
— No lo sé... —me encogí de hombros—. Quizá solo quiero atención.
— ¿Atención? —su voz sonó incrédula.
— Tengo la sensación de que te has distanciado —respiré hondo—. Ya no me prestas la misma atención de antes... —negué con la cabeza—. Es como si hubiéramos aceptado la verdad sin luchar...