Entreabrí los párpados de golpe y me incorporé con un jadeo. Me costaba respirar. Intenté moverme, pero un pinchazo en el costado me arrancó un gemido ahogado. Llevé la mano a la herida: la venda estaba húmeda. No reconocía aquel lugar.
Observé la habitación con atención: paredes de madera, muebles viejos y una decoración sencilla. Parecía una casa de campo.
— ¿Dónde estoy...? —susurré, mirando hacia la ventana.
Era de noche. Me deslicé con cuidado hasta el borde de la cama. No podía quedarme allí; no quería volver a ver a esas dos. Me puse en pie. Di apenas dos pasos hacia la puerta cuando el mundo se inclinó de golpe y tuve que apoyarme en la pared, que golpeé levemente con el hombro.
— Joder... —murmuré, fijándome en la mancha rojiza que se extendía por la venda—. Creo que se me ha abierto la herida.
Con la mano temblorosa, giré el pomo. Al salir, un silencio espeso me envolvió. El pasillo era estrecho y oscuro; solo una luz tenue provenía de la cocina. Avancé despacio, apoyándome en la pared para no perder el equilibrio. Tenía que asegurarme de que no había nadie.
Entonces, una figura apareció a pocos pasos de mí y me apuntó con un arma.
— Mia, enciende la luz.
La estancia se iluminó de golpe. Era Hannah. Me observaba con desdén.
— ¿Intentabas huir? —su dedo permanecía firme sobre el gatillo—. ¿Ibas a ponerte en contacto con Woody?
— Mi odio hacia él es igual o mayor que el tuyo.
— ¡Eso no lo sabes, joder! —su voz tembló un instante, pero no bajó el arma.
— ¿Cuántos años tienes? —pregunté sin apartar la mirada—. Porque pareces una cría.
Mi respiración era irregular; el dolor se volvía cada vez más punzante. Volví a llevar la mano a la venda y noté la sangre filtrarse entre mis dedos. Hannah dio un paso adelante.
— Respóndeme —frunció el ceño—. No tengo miedo de pegarte un tiro.
— Solo quieres protegerla, ¿verdad? —esbocé una leve sonrisa—. ¿Es tu madre? —un sudor frío me recorrió la espalda—. Entiendo esa necesidad... —mi cuerpo se inclinó, debilitado—. La necesidad de proteger...
— Cállate.
— Yo no pude... —Las fuerzas me abandonaron y caí de rodillas—. No pude proteger a mi madre...
Hannah no respondió.
— Hannah, baja el arma —sonó la voz de Mia; noté sus pasos acercarse—. Mierda... —murmuró—. Se te ha abierto la herida.
— ¡Ha intentado huir! —replicó Hannah—. ¿Y aun así vas a ayudarla?
— No tiene pinta de ser una súbdita de Woody —dijo Mia, inclinándose para sujetarme del brazo—. Ahora baja el arma y ven a ayudarme.
— Mia...
— ¡Que vengas!
Hubo un silencio tenso. Después, sentí dos pares de manos sosteniéndome. Todo se volvió borroso.
El frío en la frente me hizo abrir los ojos. La claridad del día entraba por la ventana. Mia estaba sentada a mi lado, con una toalla húmeda en la mano.
— ¿Cómo te encuentras? —preguntó.
— Mejor... —respondí.
— Se te abrió la herida y te dio fiebre.
Desvié la mirada. Hannah estaba en un rincón, con los brazos cruzados y la expresión endurecida.
— ¿Puedes dejar de mirarme así? —murmuré—. No iba a buscar a Woody.
— Si no ibas a buscarlo... —entrecerró los ojos—, ¿entonces adónde ibas?
— Vi una luz y quise comprobar si había alguien —me acomodé en la cama, aún débil.
— Esa mentira cuéntasela a otros; a mí no —bufó Hannah, señalándome con rabia—. No estabas sola... ¿verdad?
— Hannah —intervino Mia, mirándola con firmeza—. Fuera.
— ¿Qué? —Hannah alzó la voz, atónita.
— Déjame hablar con ella.
— Cuando los súbditos de Woody llamen a la puerta, no me eches la culpes —espetó antes de salir de la habitación, furiosa.
— Lo siento —suspiró Mia—. Es muy desconfiada.
— No pasa nada... es normal —me acomodé un poco más—. ¿Puedo preguntar quiénes sois?
— Ya lo estás haciendo —sonrió Mia, lanzándome una mirada divertida—. Soy Mia. Y la gruñona que acaba de salir es Hannah —se tocó el pecho—. Es buena chica... pero su temperamento a veces le juega malas pasadas.
— Es muy joven.
— Sí. Solo tiene diecisiete años —hizo una pausa—. No ha tenido una vida fácil.
La observé en silencio.
— ¿Estáis buscando a Woody?
— Más bien... estamos huyendo de él —Mia exhaló, apoyando los codos sobre las rodillas.
— ¿Huyendo? ¿Por qué?
— Si te lo cuento, me mata —rió sin humor—. Hace unos meses escapamos de su territorio. No podíamos seguir soportando su trato hacia las mujeres... y verlo pasear por las calles como si fuera un rey era... —se detuvo; su mirada se perdió en la nada. Había mucho más detrás de esa historia.
— ¿Lo viste? —le interrumpí—. ¿A Woody?
— Claro. Vivíamos con ellos —asintió, visiblemente incómoda.
— ¿Solo vosotras?
— No, no, no —se rascó el brazo, inquieta—. Éramos muchas más —su mirada se endureció por un instante—. En realidad... ella me salvó.
— ¿Es tu hija? —fruncí el ceño—. ¿Por qué siempre la llamas «ella»?
Mia sonrió con cierta amargura.
— Hannah no es mi hija. Ni siquiera compartimos la misma sangre —su expresión se suavizó—. Pero me ayudó a salir de ese infierno —se levantó y arrastró la silla hasta una esquina de la habitación—. Es la hija que nunca pude tener.
Su confesión me dejó en silencio unos segundos.
— Y ahora dime tú —cruzó los brazos—. ¿Cómo llegaste a ese hospital? ¿Por qué estabas allí?
— Fui sola. Quería reunir más pruebas sobre el virus.
— Eso no se lo cree nadie —resopló Mia, mirándome con desconfianza—. Llevabas un fusil de asalto y una pistola —se inclinó hacia mí—. Cuando el virus se extendió, la gente arrasó las comisarías para hacerse con armas —dio un paso más—. Una chica tan joven... imposible que haya sobrevivido sola todo este tiempo —su tono se volvió más grave—. Te lo preguntaré otra vez: ¿con quién fuiste a investigar ese hospital?
— Con un grupo. Dos personas —exhalé despacio.