El amante del pantano de Nil (libro 1)

ESTIGMA.

CAPÍTULO 13

Ginebra está muy nerviosa, su corazón palpita incontrolablemente, se encuentra recostada junto al  
flamante vampiro, es la primera vez que experimenta tanto nerviosismo. 
—Ya dime, ¿Qué fue lo que me hiciste? 
—Te mire, eso es todo, tienes 13 lunares de la cara a tu cuello, son pequeños, pero el lunar que tienes en tu ceno derecho es mi favorito. 
—¿Contaste todos mis lunares? ¿Y viste mí pecho? ¡Eres un pervertido! 
—Solo me gusto el lunar, tu pecho es demasiado plano. 
—Ay, ya lo sé, no tienes que recordármelo. 
—Yo no tengo lunares, estoy celoso. 
—Debes tener alguno, talvez esta escondido por ahí, todos tenemos al menos uno. 
—¿Quieres ayudarme a buscar? —Alejandro intenta quitarse la camisa, pero Ginebra lo detiene. 
—¿Qué crees que haces? 
—Hace mucho que no tenía una visita, ¿Qué se supone que hagamos? ¿debería torturarte?  
¿comerte? ¿Qué sería mejor? 
—Deja de verme así, me erizas la piel, además prometiste no asesinarme... 
—Yo no dije eso, dije que te mataría cuando se me diera la gana. 
—Oye detente… 
Alejandro se acerca a Ginebra como un león, poco a poco sin quitarle la mirada de encima,  
sus ojos cambian de miel a un rojo vivo y sus colmillos se asoman. 
—¿Qué quieres? 
—¿Qué es lo que vez en mí? —Alejandro esta encima de Ginebra. 
—Veo a una fiera sedienta, tenebrosa y temible y a pesar de que tengo miedo no puedo dejar de mirarte, mi cuerpo quiere correr, pero yo sigo aquí mirándote a los ojos. 
—Es inútil —Alejandro se acuesta en el pecho de Ginebra — Por más que trato de  
fulminarte con la mirada no mueres, estas tan asustada que puedo escuchar tu corazón a  
punto de salirse de tu pecho, eres tan extraña, pequeña y frágil huma. 
—¿Cuánto tiempo vas a dejarme con vida? 
—Hasta que me aburras o muera de hambre. 
—Eres muy hiriente… 
—Lo sé —Alejandro suspira profundamente. 
—¿Alguna vez tuviste otra humana?

—Tuve tantas mujeres que ni siquiera podría contarlas, pero ninguna que pudiera ver mis  
verdaderos ojos, cuando lo hacían caían muertas al instante, por eso temo obsesionarme  
contigo, porque me aburro rápido. 
—Solo soy un capricho para ti ¿no es así? 
—¿Quieres ser algo más chica ambiciosa? ¿quieres ser mi vida? ¿mi esposa? ¿quieres que  
yo sea tuyo? — Alejandro se acerca a su boca, pero ella se aparta. 
—¡No quiero ser tu juguete! —Ginebra lo avienta y sale de la cama enojada. 
—¡Estoy harta de que la gente me use! —¿Qué demonios creen que soy? 
—Tú eres mía, completamente mía y no te comparto con nadie. 
—¿Y luego qué? ¿Te enfadaras de mí y me mataras? 
—Eso a ti no te concierne, pórtate bien y no me provoques —Alejandro se prepara para  
salir. 
—¿Adónde vas? 
—Iré de casería, a partir de ahora vivirás conmigo. 
—¿De verdad? 
—Sí, no necesitas recoger tus cosas, conmigo tendrás todo lo que necesites. 
—Al menos deja que me despida de mi padre, agradezco que me dejes vivir aquí, realmente  
no quiero volver a esa casa, pero mi padre debe saber por qué me voy. 
—Ve a despedirte de él y no me causes mas problemas.  
—¿No tienes miedo a que no regrese? 
—Sé que volverás, soy todo lo que tienes. 
—Eres un egocéntrico y narcisista. 
—Y tú una suicida escandalosa. 
—Pues talvez no regrese. 
—Entonces iré por ti. 
Alejandro se va y Ginebra se dirige a la casa de su padre. 
—Espero que mi padre entienda que no volveré a esa casa, desde ese día no tengo más familia que él, Debe creer que lo deshonre al irme a vivir con Alejandro así de repente, pero mi reputación es lo que menos me importa, no volveré a enamorarme de nadie, aun que mi verdugo sea un vampiro, no me entregare a él. 
—¡Hija! —Ginebra se sorprende al encontrarse a su padre a mitad del camino. 
—Papá ¿Qué tienes? ¿Por qué estas tan agitado? 
—Es David, ¡esta inconsciente!

—¿Pero qué le pasó? —su corazón se encoge al escuchar a su padre. 
—Tuvo un accidente terrible, al parecer una sirvienta lo empujo de las escaleras provocándole una contusión en la cabeza y varios golpes en el cuerpo. 
—¡No puede ser! ¿Qué dice victoria? ¿Ella ya lo sabe? 
—No se ha parado en la mansión, la vieron comprando ropa en la plaza. 
—Es una egoísta, ni siquiera en estos momentos puede dejar de pensar en ella. 
—¿Y tú que harás? — le pregunta Víctor angustiado. 
—¿Esperas que vaya a verlo? ¿no entiendes lo que me hizo? 
—Hija, yo sé que aun lo amas y sé que el a ti también, no sabes lo infeliz que es al lado de Victoria. 
—Ese no es mi problema, él la escogió a ella y me hizo aun lado, se dejó llevar por sus  deseos ¡que su esposa lo cuide! 
—¿Cómo puedes hablar así? Tu corazón se ha endurecido, te desconozco. 
—¿Enserio padre? ¡Pues acostúmbrate! por que la idiota de tu hija se murió el día en el que  
ustedes me traicionaron, esto que vez es lo único que queda. 
—¡Has dejado que el odio te consuma! —exclama Víctor entre lágrimas. 
—He dejado que abusen de mi por años y ya me canse. 
—Ginebra... 
—Solo vine avisarte que me voy de esta casa, iré a vivir con Alejandro. 
—¿Qué? Pero esta es tu casa, ¡acabas de conocer a ese hombre! 
—Exactamente padre y me ha demostrado más lealtad que mi propia familia. 
—No digas eso, ¡te amo más que a mi propia vida! 
—No es verdad, amaste más la reputación de Victoria. 
—¡Ginebra perdóname! —Víctor trata de abrazarla, pero ella se lo impide. 
—¡Suéltame! No harás que me quede. 
—¡Espera hija no te vayas por favor!  
—No volverán a verme... 
—¡Ginebra! 




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