El crujido suave de la puerta del pasillo al abrirse hizo que los tres giraran la cabeza. Maisy, con los ojos entrecerrados por el sueño, el cabello ligeramente alborotado y envuelta en la pijama holgada que dejaba ver a la perfección la hermosa y redondeada panza de sus cinco meses, apareció en el marco de la puerta frotándose un ojo con el puño, sin darse cuenta que tenía compañía aparte de su novio.
Los padres del pelinegro ya habían acabado de terminar la cena, y estaban sentados en el sofá descansando un poco mientras que Jayden dejó la bandeja sobre la barra y se apresuró de inmediato hacia ella para sostenerla de la cintura.
Maisy al despejar la vista y encontrarse de frente con la luz cálida de la cocina y la presencia de sus suegros, sintió un rubor violento encenderle las mejillas. La vergüenza de verse atrapada en pijama, despeinada y con la cara aún adormilada frente a Félix y Karine la hizo querer dar un paso atrás, casi quería zarandear a su novio y reclamarle por no despertarla, más aún después de levantarse un momento para ponerse una pijama que había dejado en el departamento para estar más cómoda.
No era como si lo señores Gardner nunca la hubieran visto en pijama, más que todo fue Karine quien le regalo ese conjunto cómodo y calientito, de todos modos, dormir con ropa de salida era un poquito incomodo, y solo quería salir para despejar su mente antes de arreglarse un poco, nunca espero que ellos ya estuvieran ahí, mirándola con unas sonrisas cálidas.
Sin embargo, antes de que Maisy pudiera articular una sola disculpa, Karine se adelantó a paso firme, apartó a su hijo de un leve empujón sin ceremonias y contempló a Maisy con una mezcla de devoción y franca preocupación maternal.
—¡Mi niña hermosa! —exclamó Karine en un murmullo lleno de ternura, tomándola delicadamente de las manos— Pero mírale esa carita... ¡y esa pancita preciosa! ¿Cómo te sientes, corazón? ¿Tienes náuseas? ¿Se te antoja algo fresco? ¿Necesitas que te acomode un cojín en la espalda?
Maisy se quedó completamente perpleja ante la marea de atención y cariño. La ansiedad que la había acompañado durante la tarde se evaporó de golpe, pero aun así se sintió apenada, no pensó que su descarado novio les haya contado la noticia sin ella presente.
—H-hola... buenas noches, Karine, Félix —saludó Maisy con una voz tímida y dulce, regalándoles una sonrisa cálida mientras el papá de Jayden le dedicaba un gesto afectuoso desde los fogones.
—Nada de estar de pie cansándote —sentenció Karine, guiándola con cuidado hacia la sala para acomodarla en el sofá más mullido— ¡Jayden Gardner! Mueve tu trasero y tráele de inmediato un vaso de agua tibia con unas gotas de limón a tu novia, ¡ahora mismo!
Jayden soltó una risa baja, obedeciendo en el acto, mientras Karine se sentaba al lado de Maisy y tomaba sus manos entre las suyas.
—A ver, mi vida, cuéntame todo —pidió la mujer, escaneándola con la mirada— ¿No has tenido complicaciones con el embarazo? ¿Tu mamita te está ayudando a cuidar la dieta y el descanso?
—Todo ha ido muy bien, de verdad —respondió Maisy con absoluta sinceridad, sintiendo cómo el pecho se le llenaba de alivio— Al principio las náuseas eran un poco pesadas, pero la doctora dice que el bebé está creciendo fuerte y sano. Mi mamá y mi papá me han estado cuidando muchísimo, al igual que Jayden.
Karine sonrió aliviada, apretándole las manos con afecto antes de bajar la mirada hacia la curvatura de su vientre.
—¿Y ya ha dado pataditas el bebé? ¿Lo has sentido moverse?
—Aún no siento patadas fuertes como tal —explicó Maisy con los ojos iluminados por la ilusión—Pero desde hace un par de semanas siento una sensación muy particular, como pequeñas cosquillas o aleteos muy suaves por dentro.
—¡Ay, qué belleza! —suspiró Karine con nostalgia— Es completamente normal, mi niña, especialmente al ser tu primer embarazo. Esas cosquillitas son los primeros movimientos. Ya verás que en unas cuantas semanas no te va a dejar dormir con las patadas de verdad, pero cualquier cosa que sientas extraño no dudes en acudir al médico, tu salud es la mayor prioridad.
Justo en ese momento, Félix saco la comida haciendo que el departamento se inundara con el delicioso aroma a guisado y a las galletas de jengibre recién horneadas, las coloco en la mesa y empezó a arreglarla para que todos fueran a cenar.
—Bueno, la cena está servida y esta futura mamá tiene que nutrirse bien —anunció Karine, poniéndose de pie para ayudar a Maisy a levantarse con total delicadeza— Vamos al comedor, hemos cocinado para ti.
—No era necesario enserio, no soy de cristal Karine.
—Que da, quiero consentirte Maisy.
Mientras la guiaban hacia la mesa, Maisy aprovechó un descuido de su suegra para girar la cabeza y clavarle a Jayden una mirada de fingida impotencia. Le frunció el ceño en un berrinche silencioso, reclamándole con los ojos el no haberla despertado como le había prometido y haber dejado que sus padres la vieran en semejante estado de trapo. Jayden solo le devolvió una sonrisa culpable y una guiñada de ojo llena de amor, ofreciéndole la silla de la mesa.
Cualquier amago de enfado o vergüenza desapareció en un segundo cuando el aroma de los platillos servidos llegó a su nariz. De pronto, un rugido estruendoso y profundo retumbó en la estancia desde el vientre de Maisy, haciendo que Karine y Félix soltaran una risita comprensiva, Maisy se llevó las manos a la boca, sonrojada hasta las orejas, sin saber a ciencia cierta si la protesta por comida había venido de ella o directamente del pequeño ser que crecía en su interior.
Aun así, disfruto la comida como si no hubiera comido en años, de todos modos, ha agarrado un gusto por comer más de lo normal, charlaron en medio de risas, contando como iba la universidad, el cómo describían los paisajes de sus vuelos, hasta que Karine se levantó de la mesa para traerle a la pelinegra un plato de galletas.
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Editado: 16.10.2026