¿ El Amor Apesta?

11 | La estabilidad emocional solo me la quitan los libros, no una persona "x".

Alexander Gil.

Me coloco la capucha de mi sudadera y meto las manos en la bolsa delantera de esta, arrastro los pies por el pavimento de la calle para ir a la casa de Hugo, me ha llamado diciendo que necesita hablar con alguien, pero llevo media hora tarde, como siempre.

Chasqueo los dedos al ritmo de la canción de "Amanda", la misma canción que Sofía me había enseñado aquella noche, no había tenido la oportunidad para poder hablar con ella, en primera, ella lo evitaba y en segunda, yo lo respetaba.

La había herido, la había lastimado y sé que necesita entender todo, por qué yo también lo necesito.

Toco la puerta de la casa de Hugo, Dasha no tarda en abrir, me observa y suspira, me deja pasar y yo observo por toda su casa tratando de visualizar a Hugo. Suspiro.

Tomo asiento en uno de los sofás y coloco mis codos en mis rodillas y mi cara entre mis manos, escucho música mientras espero a que el idiota de Hugo aparezca, pero no lo hace. Mierda, odiaba esperar a la gente. Bostezo. No sé cuánto tiempo pasa y tampoco sé en qué momento Hugo entra a la sala con dos bandejas de comida.

Me saluda y yo emito un sonido con mi garganta en forma de contestación, él coloca una bandeja la mesa de centro y se sienta delante de mí. Observo la comida y hago una mueca, dando a entender que no quiero. Hugo me observa con el ceño fruncido.

— Alexander, tienes que tragar, pendejo, no por nada hice la batalla de traerte la comida— me regaña, alzo la cara y lo veo con los ojos rojos y los labios secos, él baja la suya y con el tenedor pica su comida.

— ¿Está todo bien? —cuestiono con preocupación. Él traga grueso y vuelve alzar la mirada, sus ojos se encuentran cristalizados y muerde su labio inferior—, ¿Qué pasa? — niega con la cabeza—. Hugo, puedes contar conmigo.

— Le he...— tartamudea—, he, he, he hablado con Pau acerca... de tú, tú, ya sabes de qué— se desespera, llevando sus manos a su cabello y despeinándolo.

— ¿Qué ha pasado? —ríe con ironía y niega con la cabeza.

— ¿Tú que crees que me ha dicho, Alexander? ¡Me ha dicho que soy un puto maricon! — su voz se quiebra.

— Hugo, mira...

Mierda, ¿Qué podía decirle? ¿Qué no se preocupará que todo estaría bien?

Eso sería mentirle y nuestra amistad siempre se basaba en decir la verdad doliera o no.

— Mierda, lo sé— se desespera de nuevo.

— Mira, todo esto del amor es complicado, lo estoy viviendo con Alicia y con Sofía— toco su hombro derecho y le doy un leve apretón en forma de apoyo—, pero no es imposible...

— ¿Sabes por qué para ti no es imposible? — niego con la cabeza —, porque eres normal, la gente nunca te juzgará por tus gustos. Porque a lado tuyo, yo, yo soy raro, solamente por ser homosexual — suspira —. Porque así es la sociedad. Solamente se la pasa juzgando y criticando, viendo hasta que momento caerás, ¿sabes que es lo peor de todo esto? Que al final nadie se ira de este mundo con algo, todos terminaremos en un maldito ataúd, con los ojos cerrados y dejando una huella en este mundo, una huella que poco a poco desaparecerá, porque de una u otra manera nos olvidaran.

— No tengas miedo, Hugo, tampoco te atormentes con lo que dirá la gente. Sé feliz, a tu manera, pero sé feliz.

— ¿Sabes que es raro? — pregunta con una sonrisa, enarco una ceja—, que yo esté perdidamente enamorado de Pau, Pau esté enamorado de Sofía, Sofía está enamorada de ti— siento como mi estómago se revuelve cuando dice la última frase—, y tú— me señala—. Estás enamorado de Alicia, que crazy.

— Deja de decir pendejadas— me quejo.

El resto de la tarde me la paso con Hugo, hablando de media babosada, él contándome anécdotas de cuando éramos unos críos y yo contándole mis metas, mis sueños.

Sentados en el porche de su casa, viendo como los niños jugaban con sus pelotas, algunas madres jugaban con ellos y otras solo los observaban, verlos era recordar mi infancia, cuando nada me importaba y por lo único que lloraba era cuando mamá o papá no me dejaban salir para hacer los muñecos de nieve, era grandioso observar como todos mis planes se estaban yendo por un carajo.

Mierda, me estaba haciendo viejo.

Los planes a futuro con Sofía.

Esos eran los que más me dolían, porque hasta cierto punto, estaba sintiendo algo por ella, había hecho cosas por ella, cosas que jamás había hecho por alguien más, cosas en las que ella fue la primera.

La primera y quizás la última.

Una pelota golpea en mi cara y yo tengo que parpadear rápidamente, observo mal a la persona que me la ha aventado y él solo ríe a carcajadas, he sido la burla de todos en los últimos días, mientras que un niño pequeño, de unos seis o siete años, lo observa mal, pero él lo ignora.

— Deja de llorar y vamos a ver fotos indebidas— sube y baja sus cejas de manera coqueta y se sienta en medio de Hugo y de mí, apretando mi teléfono con su culo.

— He, idiota— lo empujo—, tu culo apestoso esta encima de mi teléfono.

Lewis suelta una carcajada y saca mi teléfono. Me lo da y yo lo recibo.

— ¿Estás pensando en todas las idioteces que has hecho? — me pregunta, Hugo suelta una carcajada y yo lo miro mal.

— ¿Idioteces? Han sido pendejadas, Lewis— exclamo.

— Pendejada le queda corto— reflexiona.

— Confirmo— dice Hugo a lado suyo.

Ambos observan hacia mi derecha, Hugo hace una mueca y Lewis solo toca el puente de su nariz con fastidio, frunzo mi ceño y giro mi rostro para observar los que ellos están viendo y cuando la veo, solo me pongo de pie para caminar hacia ella, ella gira su cabeza y cuando me ve caminando hacia ella solo apresura el paso.

Esta evitándome. Mierda, una chica me esta evitando.

Lewis me habla al igual que Hugo, pero yo solo me enfoco en la chica que tengo casi delante de mí.

— ¡Eh, Sofía! — la llamo, viene sola, no veo a Iker por ningún lado ni mucho menos a Pau—. ¡Sofía! — la vuelvo a llamar, pero no se detiene, solo camina más rápido y yo tengo que trotar para alcanzarla y tomarla del brazo—. Te estoy hablando.




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