¿ El Amor Apesta?

14 | Eres increíblemente fuerte.

Sofía Sanz.

Siempre había leído historias en donde la protagonista era fuerte, en donde ella vencía cualquier tipo de circunstancia que se enfrentará, siempre quise ser como ellas, vencer todo lo que me tocaba vivir, porque de una manera u otra quería sentirme fuerte.

Lo traté de ser muchas veces, pero simplemente no podía. No quería darme por vencida, pues tenía que ser fuerte por muchas personas, mamá era una de ellas, aunque ya no estuviera conmigo físicamente, la sentía espiritualmente y para mí era más que suficiente, entonces, tenía que ser fuerte por ella.

Por mí. Por mis metas, porque tenía muchas que cumplir, tenía sueños que hacer realidad y sé que solas no se van a resolver.

La mayor parte de mi juventud la pasé sometida a medicamentos y quimioterapias, llegué a cierto punto de todo eso en donde quería mandar a toda por la borda, quería darme por vencida. Estaba harta.

Me sentía débil, me sentía basura, me sentía un estorbo. Papá había pedido varios permisos en el trabajo para llevarme al hospital, Carmen dejó de prestarle atención a Alicia para atenderme, Alicia incumplía con sus tareas solo por cuidarme en casa e Iker viajaba de Portugal a España solo para visitarme para observar cómo estaba.

Los veía a todos cansados, yo sabía que nunca dormían, yo sabía que el dinero se acababa, yo sabía que Iker tenía que trabajar para pagar sus estudios y mandar dinero a papá solo para mi medicamento, yo sabía que Carmen tenía que agarrar dinero de la cuenta que era solo para la universidad de Alicia y yo sabía que Alicia lloraba todas las noches por se sentía inútil, ella era la única que no aportaba económicamente.

Aunque muchas veces le decía que no era su culpa no aportar nada, solo con que me cuidará y me llevará al parque era suficiente.

Ellos era los únicos que soportaban mis cosas, no las demás personas, no Alexander, no Hugo, no Noa, no Pau, no Lewis, solo ellos. No quería que más personas sufrieran conmigo.

Mi dolor solo lo tenía que cargar yo, no él, no ellos, nadie, solo yo.

Porque entre más personas entrarán a mi vida, más personas saldrían lastimadas y yo no quería eso. Lo único que yo quería es que todos fueran felices conmigo o sin mí.

Por eso dejé ir a Alexander cuando me di cuenta de que entre nosotros no había nada más que una amistad. Él era lindo, físicamente y en la manera de cómo te trataba. Él era el tipo de persona que todas buscan en su vida, pero no todas tienen.

Y por esa misma razón dejaba ir a Pau.

Había a amanecido en la cama de Alexander, él no se encontraba a lado mío como hubiera querido que se encontrará, él estaba abajo, en la segunda planta de su casa y discutiendo con alguien.

Pau.

La madre de Alexander también se encontraba ahí, con los brazos cruzados en su pecho y observando como ellos se peleaban a palabras, los observaba desde las escaleras, escondida para que no me observarán, pues sabía que hablaban de mí.

Noa también se encontraba a lado de su madre, con un plato de cereal entre sus manos, observando todo como si fuera una pelea de pin pon, de Alexander a Pau y viceversa. Las venas del cuello de Alexander se encontraban demasiado marcadas, al igual que las de sus manos. Estaba muy molesto, demasiado diría yo.

— ¡No puedo hacerlo, Alexander! —grita Pau, con desespero.

— ¡Eres un maldito cobarde, Evans! ¡ella nos necesita!

— Sí, pero yo no puedo...

Ese era el problema, que ellos sentían que tenían que estar para mí. Era una carga más a sus vidas.

— Me tengo que ir...— la voz de Pau salió en un hilo, pero lo escuché claramente. Toma su chaqueta y su casco, da la media vuelta y cuando toma el pomo de la puerta de le entrada, decido salir de mi escondite.

— ¿Te vas? — era un murmullo, pero sale más a una súplica.

Todos giran a mi dirección, el plato de cereal de Noa cae al suelo, Alexander se toca el puente de su nariz y suspira, su mamá solo niega con la cabeza. Pero la única reacción que me importa es la de él. Se queda paralizado, sin creerlo. Toma aire y con los ojos llorosos me observa.

— Me iré a Londres.

El nudo en la garganta se forma, las lágrimas nublan mi vista y con el corazón en mano, le respondo:

— Que te vaya bien, entonces.

Él suspira.

— ¿No quieres venir?

— No.

Observa a todos, a cada uno y vuelve a tomar el pomo de la puerta, suspira y me vuelve a observar, me sonríe con melancolía.

— Buen día— se despide.

Gira el pomo, abriendo la puerta y sale, sin mirar atrás. Entonces, él no se había llevado mi cuerpo, se había llevado mi corazón. Y eso era aún más doloroso.

Sabía que las personas venían y se iban, sabía que todos se irían en cierto punto, entonces, ¿Por qué dolía tanto si ya sabía todo lo que pasaba con el ciclo de la vida? Me aferré tanto a la idea de que él si se quedase conmigo a pesar de todo. Pero no fue así y lo entendía completamente.

No quería a nadie en mi vida que se sintiera forzada a estar, quería que todos fueran libres al momento de irse. Y quería que cuando yo me fuera, ellos lo entendieran completamente.

Los rayos del sol de verano llenaban toda la habitación de Alexander. El sonido del violín de Alexander siendo tocado era hermoso. La melodía llenaba toda la habitación, dándome calidez y paz.

Alexander, desde el día que empecé a vivir en su casa, había decidido tocar el violín cuando me sintiera mal, cuando no me sintiera con ganas de seguir, estaba para mí, él lo demostraba a cada momento.

Yellow de Coldplay, era la que él estaba tocando, aunque tenía un video que se producía en su teléfono, que estaba en la mesita de noche, que tocaba la parte que él no podía tocar, pero en guitarra. Se había aprendido todas las canciones de Coldplay y Harry Styles solo para mí, para poder calmarme y en poco tiempo.




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