¿ El Amor Apesta?

19 | El cielo está nublado porque hoy te vas de mi lado.

Alexander Gil.

— Sofía, vete— ordeno, pero sabía que ella no me haría caso—. Necesito que vayas a cenar ahora mismo.

Hace media hora ella se había recargado en la puerta de mi habitación, así como yo estaba, no había dicho nada, solo se mantenía callada. Sabía que estaba ahí porque su sombra se reflejaba.

La cara me dolía y sabía que tenía los ojos rojos, pues no había parado de llorar en todo este momento en el que había estado.

Nadie, hasta el momento que no fuera Sofí, se había acercado. Mamá me había mandado un mensaje de texto preguntando si quería algo de cenar o de beber, no se lo contesté, de hecho, hasta eso me daba cansancio.

Me puse de pie y delante de la puerta dudé un momento para abrirla o no. Ella no se merecía estar ahí sentada en medio de un pasillo, esperándome. Abrí la puerta y ella se tambaleo un poco. Me observo y se pone de pie.

— Ven.

Ella no duda en ningún momento, la tomo de la mano y la ayudo a levantarse.

Cierro la puerta detrás de nosotros, mientras que Sofía se quita los zapatos y se acuesta en mi cama. Su cuerpo se ve más delgado y puedo escuchar cómo es que se le dificulta respirar. Ella hace una señal para que vaya y me acueste a lado de ella. Lo hago.

Ella se coloca de lado y me coloca una pierna por encima de mi cintura, al igual que un brazo, abrazándome con fuerza. Me giro para observarla.

— ¿Tienes frío? —le pregunto con una sonrisa, ella niega con la cabeza.

— No, solo quiero abrazar a mi novio, ¿no puedo hacerlo? — hago más grande mi sonrisa.

— Que espectacular se escuchó: "mi novio" — ella suelta una carcajada con los ojos cerrados—. Sofía, no te duermas.

— Tengo sueño.

— Deja de tener sueño.

— ¿Eres estúpido, Alexander?

— Por ti, hasta sería un prostituto.

— Pero solo te quiero conmigo— su abrazo lo hace un poco más fuerte, como si le diera miedo que me fuera.

— Eres posesiva, ¿he? Me agradas.

Ella me suelta y se da la media vuelta, dándome la espalda. Pero la tomo del brazo haciendo que vuelva a darme la cara, ella se ríe y yo beso su frente.

— Abrázame— le pido.

— ¿Quieres que te abrace? —pregunta.

— Quiero que me llenes toda la maldita cara de besos y que me ames.

No sé en qué momento ella se coloca a horcajadas encima de mí, pero la tengo encima, dándome besos por toda la cara y repitiendo una y otra vez que me ama, que me ama mucho y yo le creo.

Hay personas que llegan a tu vida sin avisar y son las mismas que te llevan a la luna sin ni siquiera pedírselo y Sofía así es, así es conmigo. Me lleva a la luna y nunca me ha dejado caer.

— Para. Vamos, Sofí, voy a hacerme pipi— le digo en medio de risas, ella se detiene.

— ¿Te vas a hacer pipí en tu cama, Alexander? Eso no es muy rockstar de tu parte, he.

La tomo de la cintura y ella coloca sus manos en mi pecho, suelta una pequeña risa que me contagia. Y aunque su cabello ya no lo tenga, se sigue viendo hermosa. Es simplemente bella.

— ¿Quieres ir a mi lugar especial? — le pregunto. Ella asiente con la cabeza con una sonrisa.

Se baja de mí y baja de la cama, se coloca los zapatos y se acomoda su pantalón, me coloco de pie y la tomo de la mano para salir de mi habitación, afuera en el pasillo no hay nadie, está completamente vacío. Todos están abajo, hablando. Cuando Sofía y yo bajamos, mamá me sonríe, sonrisa la cual devuelvo.

— Iremos... allá, tú sabes dónde— le dijo, ella asiente con la cabeza y nadie dice nada.

Ambos salimos de la casa, aun tomados de la mano, pero la voz de mamá hace que nos detengamos y giremos para observarla:

— Luis, necesitaras las llaves de la camioneta— me las avienta.

— ¿Podemos ir en la motocicleta? —ella bufa, pero asiente—, gracias, mamá.

— Por favor, no lleguen tarde.

Le hago una señal de afirmación con la mano y vuelvo a tomar la mano de Sofía para llevarla hacia la cochera. Cuando abro la cochera me doy cuenta de que la motocicleta no está, Izan se la habrá llevado.

— A la camioneta— le digo a Sofí.

Ella se sube del lado del copiloto y yo del conductor, la prendo y no tardo en ponerla en marcha.

El lugar no está muy lejos, por lo cual no es un camino muy largo, Sofía saca la mano, sintiendo el aire y tararea la canción que está en la radio. No dice nada, solo se concentra en los coches.

Me adentro en el bosque, mientras la camioneta se mueve raro, haciendo que ella se ría. Cuando paro, nos detenemos en un acantilado. Apago los faroles y ambos nos quedamos observando hacia el frente.

— ¿Cómo encontraste esté lugar? —pregunta.

— No es un lugar tan escondido, pero cuando el abuelo falleció... tenía que escapar de casa, sentía que me asfixiaba de solo estar ahí. Me sentía culpable de la muerte del abuelo...

— ¿Por qué te sentías culpable de la muerte del abuelo?

Vale, esto no era lo que quería hacer cuando propuse salir.

Paso mis manos por mi cara y por mi cabello, desordenándolo. Sentía que me estaba ahogando, que el aire me faltaba. Tuve que salir de la camioneta para así tomar aire fresco y me siento en el césped. Escucho como es que ella abre la puerta y baja de la camioneta, no tarda en estar a mi lado. No dice nada.

— En realidad, Javier no es mi padre, es el marido de mamá, papá murió cuando yo tenía catorce años, el abuelo nos cuidaba— limpio las lágrimas con el dorso de mi mano—. Yo no estaba bien, lo sabía, mamá casi nunca estaba e Izan siempre estaba drogado. La casa era un desastre— alzo la manga de mi sudadera y le muestro las marcas que tengo en los brazos, ella no dice nada, solo las observa—. No sé qué fue lo que realmente me pasó aquel día, solo sabía que no estaba bien, le pedí ayuda a mamá, pero el trabajo era más importante.

Bajo rápidamente la manga cuando ella empieza a tocarlas. Esto era algo muy sensible para mí. Aun no me sentía muy listo para decirlo en voz alta, pero aquí estaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.